Es curioso que al sentarme a escribir esto no sepa qué hacer, he escrito tanto durante mi vida que a veces creo que no hay nada más que decir, nada más que denunciar, que anunciar, que gritar. Yo prefiero el silencio y es paradójico que esté acá, frente a la hoja en blanco, escribiendo letras para los pocos o muchos pares de ojos que las lean o que al menos les pasen por encima. Soy de las que prefiere intentar, también he aprendido a fracasar y a lamentarme una y otra vez sobre la tumba del pasado, pero abandono el cementerio al final del día, siempre. Vengo de un montón de de intentos y soy una coleccionista de sueños, prefiero recordar y sufrir que olvidar y dejar de sentir. No he hecho la mitad de la mitad de lo que voy a hacer y no sé si el futuro me va a alcanzar para hacerlo, siendo sincera, tampoco sé qué es lo que voy a hacer.

Esta soy yo, amante de todo lo que me hace feliz, prefiero caminar que correr y perdonar que ser perdonada. Prefiero creer en mí misma porque si no lo hago, nadie más lo va a hacer. Prefiero el blanco, la ciudad, el sol, el papel y pensar, pensar es lo que me ha salvado de la muerte y el desencantamiento, porque si bien, la vida es una desilusión constante, las metas son un impulso inacabable, ahí es donde radica el encanto. Soy artista, creo porque creo y escribo porque escribo. Ser humana, ser artista y pensar, me ha traído más lejos de lo que pensé llegar. Decidí entregarle mi vida a las letras, esperando la serendipia del éxito, no un éxito individual, porque no hay buen cuento que se escriba para uno solo, mis sueños son los sueños del que se atreva a meterse en mi universo de abecedarios cruzados, mis palabras no tienen dueño porque lo dicho está dicho, sé de corrección de estilo porque también me equivoco y de la misma manera sé prender hogueras y destruir cualquier fragmento de imaginación de cualquier poeta loco.
Ana María Suárez Santos.





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