Qué fácil es declararse inocente después de tener la valentía de ser culpable. Equivocarse a conciencia, tomar el camino de la izquierda, decidir escuchar a los demonios requiere ¡voluntad!, voluntad y fuerza. Acallo mi mente y le ordeno a mis pies moverse en dirección al lodo, quiero ensuciarme como un puerco, revolcarme en la tierra y besarla, con pasión, con deseo, como nunca he sido capaz de besarme a mí mismo. El cielo y la tierra saben de mis pecados, se cuentan mis secretos porque entre ellos no hay nada oculto, no existe pareja más fiel: ella sedienta y él que le llueve. Ojalá yo tuviera quién me lloviera, he echado raíces gracias a mis lágrimas y mis mierdas han sido mis abonos, me he hecho crecer, a pesar de no recibir mucho sol.

Si me preguntan de qué soy culpable, he de decir que la mayor de mis faltas es callar, callar cuando no debo hacerlo. Hay tantas cosas que me he guardado tan solo por el miedo al qué dirán, empezando por el qué diré yo. Me acostumbré a censurarme y eso me ha hecho cómplice de infinidad de delitos.

Callé cuando mis amigos me golpeaban, callé cuando lincharon a mi padre, callé cuando no invitaban a mi madre a las reuniones de la escuela, callé cuando nos echaron a la calle y también callé cuando me lincharon a mí, me excluyeron a mí y me echaron a mí. Tal vez también me voy a callar cuando me estén matando.

He vivido rodeado de inocentes, nadie tiene la culpa de mi desgracia. Ni los niños de ocho años con los que estudiaba ni la dueña de la casa que nos empacó en bolsas las cosas, tampoco tiene la culpa el presidente ni el viejo que escupe al suelo cada que pasa por mi lado. Nadie tiene la culpa, la culpa debe ser mía por callarme, por no defenderme porque si me defiendo me pegan un tiro. Aquí tirado, en medio del lodo, soy simplemente yo. El color de la tierra me recuerda de dónde vengo, mi historia la han contado los chamanes con sus ritos fértiles, mi historia no la cuentan las enciclopedias, porque es una más y yo solo soy otra víctima de nacimiento.

Entendí que callar también me hace culpable, pero también sé que estar hecho de arcilla no es culpa mía, me declaro inocente y juro testificar en contra de cualquier otro, hecho de nieve, que no alce su voz para defenderme. Ante la especie, todos somos benedictinos y solidarios, pero papá cielo y mamá tierra saben que tienen hijos culpables, serán ellos, papá y mamá, quienes envíen el diluvio redentor para enterrar a los malhechores. Entonces, para cuando el sol regrese, todos seremos un solo cúmulo de tierra negra.

Ana María Suárez Santos

Una respuesta a “Inocentes”

  1. Digamos que es mejor no callarse y por consiguiente, vomitarlo todo. Eso sí: buscar las palabras y el momento adecuado es lo difícil.

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