En lugar de un príncipe encantador fue un policía quien encontró la zapatilla, entre risas y burlas supuso que ella no llegaría a su castillo encantado, pero sí a algún caótico lugar de la ciudad donde trabajaría.
Aquí no hay príncipe azul que quiera encontrar a la damisela que perdió su zapatilla, sino, un policía bachiller, que sabe que una mujer en apuros pasará un muy mal día en la ciudad, resignada a nunca más volver a ver su zapato perdido.
El reloj marcaba las 6 am y ella no podía detenerse a mirar atrás, no perdería una fiesta de gala, pero sí su trabajo si llegaba tarde una vez más. Doña Ruth, como era conocida en Corabastos, quien era su jefe hace 3 meses, no le perdonaría un retraso más en el mes.
El ruido de los camiones cargados de provisiones era tan usual, que sonaba como si fuera cantar de pájaros en la mañana. La música celestial provenía de un viejo radio al lado de la cocina que estaba sintonizado en 88.9, la emisora favorita de todos en el lugar. ¿Cómo le explicaría a su jefa que a pesar de que se levantara a las tres de la mañana, no lograba llegar a tiempo? Debía correr de un lado para otro alistando el desayuno, organizando su uniforme y asegurándose de que todos en casa quedaran despiertos y preparados. Cada mañana era la misma rutina, se repetía el patrón, no requería que su cabeza se enfocara en algo nuevo, estaba tan acostumbrada que mientras realizaba cada una de estas labores, su mente vagaba libremente dentro de pensamientos muy lejanos a su realidad, se cuestionaba cómo sería su vida si no estuviera encerrada entre las mismas paredes todo el tiempo, cómo sería ser otra persona, una mujer con privilegios, una mujer que no tuviera que limpiar los desechos ajenos, una princesa.
Aunque, hoy había sido algo diferente, estaba 10 minutos tarde, 10 minutos que podrían significar un despido, y esto era algo que ella no se podía permitir. Había salido corriendo, dejando todo a medio hacer y con su uniforme a medio poner, vio el alimentador a lo lejos y por suerte lo alcanzó; su siguiente destino, el portal de Usme, caótico, lleno de gente, desordenado y frío, tan parecido a su vida. En la distancia vio el H75, corrió hacia él, y, entre empujones, jalones de pelo y madrazos logró entrar, pero no lo hizo su zapato. Así lo descubrió, se había convertido en una cenicienta moderna, estaba tarde y no tenía hada madrina ni príncipe que le solucionara su vida hecha un caos, solo le quedaba enfrentarla con una zapatilla rota menos.
Andrés Camilo Vargas




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