Amiga, dejaste un cigarrillo con la marca de tus labios en mi cenicero. Esa colilla, impregnada del aroma de tu aliento, da cuenta de la textura de cada uno de los rincones de tu boca. Esas líneas blancas que se entrevén en la mancha carmesí, esas cenizas de vicio depositadas en el recipiente de cristal, el humo en elevación leve, no hacen más que recordarme la fina delicadeza de cada uno de tus movimientos.

Como un cigarrillo que desaparece lentamente en medio de un par de dedos, como el reloj que no paro de mirar con su pasar de horas perezosas, como el pausado goteo de la lluvia sobre la cabecera de mi cama, así de tardos son los días antes de volver a verte, antes de volver a ofrecerte un cigarro, con tal de tener una excusa para sumarle otra colilla a la colección. Como un cigarrillo que nunca fue ni será encendido son tus gestos cordiales y, a propósito, distantes. Como un cigarrillo apagado que se tambalea en el borde de tu boca, con la única intención de jugársela al paro respiratorio, son cada una de las sonrisas que me diriges.

El estar uno al lado del otro sin siquiera mirarnos, amiga, es el acto de amor más puro que he experimentado. Caminar bajo la lluvia, compartiendo la sombrilla, sin agarrarnos de gancho, aunque a cada uno se nos esté empapando el hombro, es el acto de amor más ridículo que he experimentado. Que me digas que tengo un resto de comida enredado en la barba pero que no te atrevas a pasar tu mano por mi rostro para quitármelo, que te limites a señalarlo en tu cara, es el acto de amor más infantil que he experimentado. Que agradezcas muy cordialmente, sin sonreír mucho y evitando sonrojarte, los pequeños regalos que te doy como ofrendas de cariño, es el acto de amor más sutil que he experimentado.

La noche está esperando. El contundente sonido de tus tacos contra el suelo anuncia tu llegada: aquí viene una mujer. Una mujer, la mujer. Lo más cautivador que tienen tus tacos es que al final del día, cuando la noche deja de esperar y te los cambias por zapatos planos, persiste el sonido contundente contra el suelo. Qué no daría yo por ver tus pies descalzos.

No me olvidaré jamás de todo lo que vivimos, de todo lo que viví, contigo, ausente. Perdóname por no ser capaz de hallar el truco para tenerte presente, realmente presente, en cuerpo, alma, corazón y espíritu. Me pregunto, cada vez que cierro los ojos aunque sea de día, si serás feliz, si lograste percibir la angustia de mis sentimientos, desesperados a causa de la sensualidad de los tuyos.

Aquí estoy, en nuestro viejo lugar, escribiéndote esto sin tener una dirección a la cual enviarlo. Me acompaña una hirviente taza de café que me recuerda tu calor, el calor que se reflejaba en tus vestidos rojos. Tú me enseñaste la fantasía de la seducción sin tocarme un pelo y por fin entendí qué es el deseo. Si algún día lees esto, enciéndeme y déjame la marca de tu beso en la colilla de un cigarrillo.

Ana María Suárez Santos

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