Por angostas calles coloniales, atravieso ríos de agua lluvia. Ratas habrán nadado junto a mis pies. Sonrío. Salto. Pies mojados. Cejas goteando. El cielo gris, los habitantes de la calle cubriéndose con cartones. La naturaleza jamás ha dejado de dominarnos.

Me recibe una majestuosa puerta de los años treinta. Por ocho mil pesos traen un chocolate completo a mi mesa. Cuando llueve todo huele: el queso en una achira, el azúcar en la mantecada, la canela ausente en el chocolate, la sal de los grisines italianos, las monedas del cambio, sobre todo, la asepsia del inusual baño blanco de La Romana. Y siento más calor.

Al salir, llevo la maleta adelante. Además de la comida, consuelo religioso que me salva, me abraza la ruta de Transmilenio B74. Me dejo llevar, empujar, insultar. Me relajo, me suelto. En este bus no tengo que ser nadie. Me maravillo mirando mi respiración empañar las ventanas.

También hay ríos por la Caracas. A la orilla, mujeres semidesnudas se recuestan disponibles en arcos grises a la entrada de edificios que debieron, alguna vez, ser muy hermosos. Bajo la luz azul de las cuatro de la tarde y el calor reconfortante de mi servicio masivo, los semáforos son adornos de arbolitos de navidad, y yo, un gordito frustrado y panzón llamado Santa, yendo hacia el Polo Norte.

Dalpriti Nam Kaur

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