Con el mismo terror reverencial con que íbamos de niños al zoológico, íbamos al café donde se reunían los poetas al atardecer.

Gabriel García Márquez

Se colocó el atardecer sobre las antiguas sillas y mesas de cuero rojo, se iluminaron los carteles publicitarios de distintas décadas, en alguna parte de la pared se preservaba la placa conmemorativa al primer equipo de la ciudad, junto a fotografías de los estudiantes del Gimnasio Moderno; en el entorno se platicaba de todo, Bogotá era reconstruida en cada conversación, el mítico café se conservaba como alguna vez mi padre lo describió.

Aunque ya no servía la máquina original de hacer café ni ninguno de los dos gramófonos que ambientaron las conversaciones de la época, de tantos poetas sin nombre, frustrados, de políticos y abogados subordinados y hasta de emboladores carismáticos, la bohemia melodía no dejaba de sonar. En su remplazo se colgaron en la pared dos televisores grises que permitieran oír los tangos del pasado, pero también, ver las eventuales noticias del hoy, todo un triunfo del desarrollo del hombre que permitió matar la poesía. Los encuentros y rencuentros se dejaron para los viernes, como las citas de amor o los debates, entre semana se juega la fecha del torneo de fútbol, cambiando las canciones por la narración de los partidos y los suspiros por la efusividad de los espectadores, divinas groserías evocadas por los inauditos errores de 22 hombres que juegan a la pelota.

A través de los grandes ventanales, en el costado occidental de la Plazoleta del rosario, ya la noche puesta, se entrevén cabezas prendidas por aromas volátiles, asomados y entretejidos, que dan paso a miradas nostálgicas entre cada recoveco del gran salón de la tertulia. Unos toman tinto, otros aguardiente; unos universitarios, otros oficinistas, todos apoyando sobre mesas circulares, desgastadas por el inexorable andar de las manecillas del reloj, todo tipo de maletas, libros, carpetas, angustias y hasta deseos suicidas. Se mezcla la noche y las palabras, y aunque ya no se hable de la segunda guerra mundial, ni de la muerte de Gaitán con la frecuencia merecida de otros tiempos, se reinventa el parlamento y se conciben afónicas vicisitudes contundentes: el daño ambiental, el desfalco a la ciudad, los colados sin pagar en Transmilenio, el hervor de una confesión de amor o el hervor del que ya acabó, el aborto legal, “mi equipo este año sale campeón”, la poética de Jattin.

Dejo de discurrir sobre mí alrededor, cruzo miradas con la mesera para pagar mi cuenta. En medio de la melodiosa luz de luna que atraviesa el ventanal y me arropa, concluyo que Bogotá comienza y acaba sobre los dulces recuerdos fundados entre gritos y besos, bajo luces de neón.

Mateo Caballero Cantor

Deja un comentario

Tendencias