Me desperté con la sensación de que iba a morir.

En la ducha quise limpiarme de todo mal pensamiento, pero al final solo temí ahogarme.

Me vestí con cuidado, sentí cada parte de mi cuerpo. Con las manos sobre mi abdomen dije para mis adentros: “Sigo vivo” y suspiré.

Tomé las llaves, pero antes de abrir la puerta me persigné con toda la fe que me cupo en las manos.

Y ahí estaba yo, enfrentándome a la muerte, tal como lo había hecho toda la vida.

Me subí al auto y le rogué que no me matara.

Me había persignado con la izquierda…

Ana María Suárez

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