En una casa un tanto vieja y sucia, dado al paso de los años, ubicada en La candelaria, centro de Bogotá, vivía un escritor poco conocido ante la sociedad, quien se hacía llamar Rubén, un hombre con una edad aproximada de 40 años. Ha estado rodeado de la soledad inconmensurable gran parte de su vida, no tiene hijos y dice que jamás los tendrá, es tan religioso que todos los días asiste a la iglesia Nuestra señora de la candelaria, a pocas cuadras de su residencia.

Un día una joven y bella mujer tocó a la puerta de Rubén, esta joven quería que este escritor hiciera un poema sobre ella, solo con verla, solo con mirarla, solo eso. Es como ligar la escritura con la pintura, esta mujer quería ser retratada en un poema, a lo que Rubén respondería con un rotundo “sí”, sin saber qué le esperaba. Empezó a escribir sintiendo una extraña sensación cuando inició con el poema, algo del más allá lo invadió, había sido poseído, su mano empezó a moverse como por arte de magia y sin control alguno, estaba atemorizado con lo que sucedía. Al finalizar el poema, Rubén volvió a la normalidad, se percató de que lo que había escrito no era nada agradable: describía muerte, oscuridad y nombraba unas raras manchas en todo el cuerpo de esta mujer, Rubén de inmediato le entregó el poema y le pidió que por favor se marchara.

Unos días después esta mujer volvería, estaba despeinada, ojerosa, y con un aspecto poco agradable tal como se describió en el poema, lo que Rubén no sabía era la noticia que ella traía: <<recibí unos exámenes médicos que me realizaron y al parecer tengo cáncer de piel, su estado es avanzado, solo quería venir para que lo supieras, porque hoy padezco de todo lo que decía en el poema, hoy muero porque tu escritura es mi condena. Ya es demasiado tarde para mí, me quedan pocos días de vida>>

El encuentro no duró mucho, la mujer se fue. En medio de la tristeza y desespero por no saber nada de ella, Rubén inicia una investigación para saber un poco más sobre ella. Al paso de unos meses en busca de familia o parientes cercanos, este escritor encuentra a una mujer quien dice ser la madre de la joven que, en efecto, murió de cáncer. A lo largo de la conversación Rubén comienza a sospechar que conoce aquel rostro de alguna parte, y cómo no, se trataba de Cristina, una de sus aventuras de la universidad… almas jóvenes, almas libres. Recuerdan donde se conocieron y que había sido de sus vidas, hace 21 años que no sabían del otro. Luego de unos minutos el ambiente se torna un poco angustioso cuando Cristina le dice a Rubén que esta joven que murió de cáncer era su hija.

— ¿Por qué nunca me buscaste?

—Siempre pensé que estabas enfermo, pero de ti le conté lo poco que sabía y fue tu gusto por la escritura. Con el tiempo ella insistió en conocerte.

Rubén volvió a su casa desanimado, con muchas preguntas rondado su mente y con mil pensamientos sobre por qué nunca se enteró del nacimiento de su hija. Pasaron los días y Rubén no salía de la depresión y tristeza, no se sentía el mismo, estaba agobiado. Pasaron los días y al pensar que no logrará recuperarse, en medio de su desespero, busca una cuerda la cual amarra a una viga de madera, enrolla la cuerda alrededor de su cuello, después se sube a una silla llena de polvo, se ahorca y de su mano cae un papel, sus últimas palabras escritas fueron: <<Para qué quiero vivir, si vivir es recordar y recordar es estar muerto en vida>>.

Brando Romero Avendaño

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