…y los gritos, los llantos, los golpes…¡Cálmese! La aguja, el vómito. ¿Cálmese?, como si él no supiera lo que es la calma, como si él no se pudiera controlar, lo sabía hacer, mucho mejor que cualquiera de ellos. Era mucho más fácil concentrarse en ese cuarto sin ventanas, acompañado por las paredes blancas y esa rejilla por donde se arrastraba el aire. Tal vez podría escapar por ahí.
¡Caos! Los de blanco corriendo de aquí para allá, empujando sillas, mesas, camillas… Lo encontraron sentado en el piso, justo en el centro de la habitación, con las piernas cruzadas y los dedos en capullo, los ojos cerrados.
—Señor, ¿por qué estaba internado?
—Me gustaba la hierba.
—¿Cómo logró sobrevivir al fin del mundo?
—Soy maestro de yoga.
—¿No intentó huir?
—No.
—¿Por qué?
—Porque es peor.
—¿Algo más que quiera decirnos?
—Si afuera todo se ve terrible, mire para adentro.
Ana María Suárez Santos





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