Sobre Lo que no tiene nombre, Piedad Bonnett: sobre Daniel Segura Bonnett
Estoy escribiendo esto a poca luz, con algún gran porcentaje de mi cerebro aún dormido. Anoche me soñé en una casa ajena, frente al espejo de un baño viejo; me corté el cabello pero no vi los mechones largos y rubios caer, solo observé el nuevo rostro en el reflejo: un cabello oscuro, deforme. Ahora, que tengo Lo que no tiene nombre a un lado, veo en su portada el autorretrato de Daniel: el mismo rostro que vi en mi sueño, sí, Daniel Segura Bonnett somos todos.
Qué maravilloso sería poder arrojarse a la nada, condenarse a una caída en picada e infinita, saber que nunca nos toparemos con algo y aún así desear que suceda, tanto como no deseábamos que sucediera lo que está pasando. ¿Uno desea morir? ¿Cuál es la fuerza que nos impulsa hacia la muerte? ¿Un corazón roto? ¿Una vida rota? ¿Una mente rota?
Piedad Bonnett es madre y escribe desde su corazón de madre este libro que Héctor Abad Faciolince, y yo, definimos como valiente. No puedo imaginar el dolor de perder un hijo, pero sí el que nos causa la muerte del otro, de ese otro que amamos. El amor hacia la vida es lo que nos hace sufrir la muerte, cuando vemos que la vida es irreparable, cuando no hay vuelta atrás, cuando no podemos volver a subir al techo y dar dos pasos en reversa, nos pesa el amor, porque se aferra a una pijama, un reloj o unos cuadros. Con el muerto se mueren todos, por unos días, unos meses, unos años, hasta que no queda otra salida que continuar porque el mundo no se detiene, porque “la vida es física”, como Bonnett cita a Watanabe, y no tiene ningún propósito seguir hurgando entre los surcos de un recuerdo abstracto para encontrarla.
Con el paso de los años he empezado a olvidar el rostro de mis familiares muertos, mi cabeza perdió la costumbre de redibujarlos en su imperfección, porque cuando vivían siempre los dibujaba perfectos, ahora que no están, es capaz de reconocer todo lo que había mal en ellos. Sin embargo, cuando Piedad escribe sobre Daniel, lo hace de una manera tan sublime que logra hallar en su suicidio y en su fragmentada vida, nada más que perfección, una perfección que se fundamenta en la exactitud de los hechos, en ese efecto mariposa que es la vida de todos, “¿cómo podría yo, ahora, reírme de la locura?”, sin la paranoia Daniel no habría sido Daniel, sin su angustia por el arte en proceso de desaparición, sin su temor al fracaso, pero sobre todo sin su madre, Daniel no hubiera sido Daniel y entonces Lo que no tiene nombre no existiría y entonces yo no estaría escribiendo esto.
Piedad logró una sola cosa: acabar de formar a Daniel luego de levantarlo del pavimento. Tomó las piezas de Daniel y compuso un equilibrio que para él era imposible de sostener, ¿lo habrá librado la muerte de la vulnerabilidad?, ¿lo habrá librado de sí mismo?, ¿habrá librado a los demás de él?, nunca. Daniel vivirá conmigo para siempre, y si mañana decido suicidarme, saltará conmigo y entonces lo habré matado de nuevo, pero si decido vivir, si doy dos pasos atrás, Daniel también los dará, y así iremos por la vida, juntos, subiendo a techos y acostándonos en el piso, una y otra vez, hasta que nos cansemos de tumbar paredes y por fin dejemos la cuarta en pie. La cuarta pared es “esa que el suicida levanta frente a sus ojos para reafirmarse en su sensación de atrapamiento”, creo que, según esa premisa, todos somos suicidas.
Lo que no tiene nombre es un libro que subrayé con lápiz porque consideré un irrespeto adornarlo con post-its, la muerte no tiene adorno. Lo que no tiene nombre es un libro que diluyó todas mis ganas de suicidarme pero que sin duda también las intensificó. “La locura es un éxito”, escribí en uno de los rincones de sus páginas, el loco triunfa, triunfa tanto que tiene la potestad y el pulso suficientes para decidir sobre su propia vida, sobre su propia muerte. La obra de Daniel sin duda narra su locura, pero la obra de Piedad sin duda narra la cordura de la fuerza de sus emociones. Todos tenemos derecho a suicidarnos, es lo que me enseñó este libro. Morir es mucho más lúcido que vivir. Si mañana me suicido, reconstrúyanme, porque les aseguro que no me habré muerto, el legado de cada muerto es su vida misma, y no hay nada más vivo que aquello que hicimos con los órganos y la mente viviente, hasta el final.
Gracias, Piedad.
Ana María Suárez Santos
Las fotografías utilizadas para esta presentación fueron tomadas de:
http://danielsegurabonnett.blogspot.com/?m=1





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