Desde las alturas custodias tu territorio. Seduces a la luna con tu mirada. Al descender de las copas verdes de los árboles, comienzas a enamorar a la oscuridad con la elegancia de tus movimientos. Tus pasos se convierten en los mejores aliados del silencio. Con sutileza te empiezas a acercar a tu presa. Te agazapas a esperar. Acechas con insistencia; no importa el tiempo que debas hacerlo, sabes que tu paciencia te traerá recompensa… esperas y esperas y sigues esperando, tu intuición te dirá cuando es el momento de atacar… ¡Ya! ¡Es hora!… con la confianza que invade tu ser te lanzas sobre tu presa… ¡Esperen! ¿Qué es eso? Lo último que veo es su mirada; los ojos de la noche, los ojos de la muerte… Clavas tus colmillos con la seguridad que nada se puede resistir a tu fuerza y ahora tu boca está roja, llena de sangre fresca. No te importa ser el rey de la selva, tu sigilo y el bosque te esconde hasta volver a tu hogar. Ágilmente trepas a tu árbol y te dispones a alimentarte con el esfuerzo de tu caza… ¡Ven! Ya que estamos aquí, déjame ver que cazaste ¡No puede ser! ¡Es mi cadáver!…
Te suplico que devores mis miedos mientras arrancas la carne de mis huesos. Te pido que aniquiles mis debilidades a la vez que engulles mis entrañas. Nútrete de mí. Transforma mi ser, hazme renacer. Guíame por este camino sombrío y lleno de caos, para que mi alma no pierda su norte y mi esencia algún día como la tuya pueda ser: sabia, valiente y amante de la soledad… entretanto y después de una deliciosa cena, descansa contemplando tu territorio, mientras la luna se duerme admirando tus ojos felinos… Esos ojos de leopardo…
Andrés Obando





Deja un comentario