Sobre el medio día, a las instalaciones de Comfandi San Fernando, ingresa un joven callado y con rastros de insomnio en su rostro. Era su primera cita de acompañamiento a víctimas del conflicto armado; no había día que el horror en su memoria no reincidiera en proyectar los desgarradores sucesos del pasado sábado 12 de agosto en Samaniego, durante la noche, dentro de la finca de la abuela muerta. Camino al consultorio discurrió en absurdos, evadiendo la presión del encuentro con la psicóloga. Tocó tres veces y tras la puerta se escuchó una voz autorizando el paso.
Hola, Rubén —le saludó la psicóloga, invitándolo a seguir al centro de la habitación. — Se le vio entrar y cerrar la puerta. Luego, tomar asiento en el diván de cuero rojo para comenzar la sesión—.
Que cuáles eran sus pasatiempos favoritos, que si practicaba algún deporte, que si tenía novia, que en qué parte de Cali vivía, que quiénes conformaban su familia, etc…fueron las primeras preguntas de la terapeuta. Una vez Rubén respondió a la última pregunta, pasaron algunos minutos mientras escribía en su computador. Luego se le escuchó decir:
—en mis años de experiencia con las víctimas de esta guerra sin sentido, he aprendido la profunda huella que deja la muerte. Quisiera para nuestra segunda parte de la sesión que reconstruyas tu recuerdo de la historia. Si todavía no estás preparado lo podemos posponer para la próxima semana—.
De sus ojos brotaron lágrimas, desde que había sucedido la masacre no hablar de lo ocurrido le era lo más cómodo. Pero Rubén sabía lo enfermo que se sentía por dentro, un nudo que tenía que desenredar antes de que el grito no dado lo terminara de asfixiar.
***
12:00 pm. Desde muy temprano empezaron a llegar todos los invitados de mi hermano, la mayoría de ellos —como nosotros— vivían en Cali, otros en Pasto, Manizales o Pereira. Algunos ya eran profesionales, otros seguían buscando la puerta que les diera una mejor calidad de vida. Los primeros en llegar fueron Byron y Brayan, los más allegados de la familia. Hace unos meses se había muerto mi abuela y para distraer la melancolía de su ausencia quisimos llenar su casa de armonía. Un lugar desprovisto de tecnología pero abundante en incontables especies de árboles, —Los guardianes— como les decía ella.
6:00 pm. La última casa sobre el barranco era toda fiesta. Ha excepción de dos pelados, toda la promoción se encontraba presente. Aproximadamente éramos cincuenta esa noche. Me contó mi hermano durante la reunión, que pasaron siete años desde la graduación para poderse reunir esa tarde. No lo había visto tan sonriente desde el fallecimiento de la abuela. En el centro, la mesa: carne, guacamole, seis botellas de ron y varios petacos de cerveza. Hubo repartición de abrazos llenos de nostalgia, selfies, bailes en pareja… Se fue y me niego a creer que se fue… entre algarabía y abundancia se acabó la vespertina.
9:30 pm. Se paró la música para reproducir el horror de un conflicto de muchos años. Cuatro hombres esbeltos, encapuchados de negro, con acento extranjero, con armas de asalto, botas de cordones ajustables, pantalones de jean y chaleco negro, irrumpieron sin medir palabra ¡Paf! ¡Paf! ¡Paf!… cayendo los primeros por la espalda, baleados, sin asco.
9:38 pm. Los asesinos caminaron por encima de nosotros y escogieron a tres. <<Estos son los comunistas de mierda>> dijo uno, que por su brazalete parecía el capitoste de aquel grupo paramilitar. Entre los que señaló se encontraba mi hermano. Tiraron las mesas del centro, patearon las botellas de ron a medio llenar. En medio de sillas vacías los arrodillaron.
9:40 pm. <<Nombres>> se le escuchó decir al cabecilla. Ninguno tuvo tiempo de arrepentirse por haber creído que todo podía cambiar. Les dispararon a menos de un metro de la cara ¡Paf! ¡Paf! ¡Paf!… No tuve tiempo de cerrar los ojos. Lo vi todo. El patio se convirtió en un desabrido charco carmesí…
9:43 pm. Al volver a la salida, lo dejaron claro: << ¡Esto solo es un aviso, malparidos parásitos! Si quieren comunismo… Les daremos plomo>>. No pude moverme, no pude hacer nada. Nadie pudo decir algo. 9:45 pm. Antes de abandonar la casa, los asesinos sacaron a las mujeres del cuarto. Les mostraron lo que habían hecho y se marcharon en camionetas blindadas.
***
No hubo tiempo para más palabras. Se levantó de su escritorio para alcanzarle un pañuelo. Se había acabado la sesión.
Mateo Caballero Cantor





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