Existe la verdad y la no verdad.

George Orwell.

Nunca sabremos si George Orwell escribió 1984 para retratar el pasado o pronosticar el futuro, lo que sí es seguro es que su obra fue su concepción sobre la importancia de la libertad de pensamiento, realidad que no se ha logrado establecer en plenitud, dentro de las democracias alrededor del mundo aún en el siglo XXI. La obra del escritor británico, que este año cumplió 71 años de haber sido publicada, pasó de ser una distopía a una especie de diagnóstico sobre nuestra contemporaneidad y su futuro inmediato; la idea del gran hermano observada en la obra, eje transversal del desarrollo de la trama, a través de una hipervigilancia, la policía del pensamiento, la manipulación de la información y la reconfiguración del lenguaje, reafirma la conquista del sistema sobre la naturaleza, erradicando toda huella de libertad individual.

Ya sea por la lectura de la novela o su versión cinematográfica dirigida por Michael Radford, ‘1984’ desnuda los límites del poder de la máquina de guerra en que se ha convertido el Estado y su violencia polimorfa. No satisfechos con la prolongación indefinida de la guerra para la manutención de las superestructuras de la sociedad, el conflicto se agudiza —en palabras de Foucault—, con la intervención del control social sobre el individuo o la bíopolítica, todo a través de la creación de un partido único que al no considerar la participación de otras corrientes de pensamiento y evitar una revolución de lo establecido, acaece la exterminación de las ideas por intermedio de la fuerza, no sin antes someter por un violento proceso de alienación a la población desde que nace.

Podríamos dejar en solo ciencia ficción todo lo construido en ‘1984’, sin embargo el gran logro de las ideas orwellianas ha sido invitarnos, a propios y extraños, a repensar y reflexionar un presente que está a un paso del extremo, si ya no lo estamos. Las políticas de muerte del neoliberalismo hoy lo demuestran, la vida y la naturaleza han pasado a un segundo plano, en Colombia —por ejemplo—, el número de líderes sociales asesinados en este 2020 se extiende a 152 víctimas, llegando a la horrísona cifra desde el 2016, año de inicio de esta masacre sistemática, de 971 asesinatos, a lo que se le suma la desconocida cifra de excluidos dentro del territorio sin garantías de sus derechos humanos, entes fuera de los registros del poder, que sobreviven en la sombra de una sociedad en ruinas del pensamiento, consecuencia del exacerbado poder soberano y sus políticas imperiales. No obstante, más allá de los hechos en Colombia, América latina ha sido, bajo la lupa del registro histórico, uno de los continentes más golpeados por los regímenes totalitarios, hoy aparentemente extintos, en la que la diferencia de clases, con cada día que pasa, abre más sus brechas… un panorama que está lejos de ser menos peor tanto para los que ponen lo muertos como los muertos en vida; el soporte de la mesa, los nadies, los números no existentes en la necro-base de datos de la autocracia.

Vivimos bajo el dominio de la normalización, lo que implica —acusó Foucault—, controlar y enumerar a los individuos para que cumplan su rol en el cuerpo social, demostrando una necesidad radical del estado por manipular a sus habitantes. Así, el confinamiento no es el que estamos viviendo a raíz de la pandemia, es la normalización del confort de nuestro estilo de vida, quehaceres vanos en la que se nos va la vida sin despertar, una rutina que nos empuja a la traición de nosotros como seres humanos, a la desapropiación de nuestra condición como seres vivos, matando los sentimientos, criminalizando ideas, estigmatizando al deseo como actividad de corrompidos. ¿Alcanzaremos a despertar antes de que sea tarde? ¿Qué tan cerca estamos del final?

Mateo caballero.

Bibliografía:

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