Pendo de cabeza, bombardeado de distracciones: la televisión, la música, el teléfono. Todo sirve para acallar el cráneo… he descubierto que las neuronas gritan más que las cuerdas vocales. Abandoné los libros porque no hacen ruido, son terriblemente silenciosos. Nunca pensé que pudiera resistir tanto la distancia, soporto incluso estar distante de mí mismo, pero no de ti. Nuestros casuales encuentros se volvieron distantes, como el sol, y me la paso buscándote donde sea: la sala, la cocina, la cama. Te encuentro siempre en viceversa. Podré callar mis pensamientos pero jamás mis latidos, el tambor sanguíneo hace más ruido que la televisión, al volumen del sonido, le gana mi pulso. Meditar, paradójicamente, siempre nos pone intranquilos.

Ana María Suárez Santos

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