Había emoción en todos los rostros del salón, era la última clase del año, lo que significaba que Navidad estaba más cerca. — “Recuerden decirles a sus papás” —, dijo la profesora al filo del timbre de la campana que avisaba la salida: mañana la reunión es a las 7:00 a. m. ¡TRIN-TRIN-TRIN! Y todos tomaron su maleta, otros guardaron su saco y alguna que otra carpeta ahogada en calcomanías. Pero no todos salieron. Al borde de la puerta del salón, se escuchó la voz de la maestra: — “Luisito, necesito hablar contigo” —. Entonces todos los compañeros se alborotaron: — “¡Uuuuuy! ¡Uuuuuy!”—, acusando que se iban a besar y después a casar: “¡La profe y Luisito se van a casar!”, lo que lo sonrojó y a la vez lo desesperó por sentirse en desventaja. Poco le animaba la idea de no poder salir ya, aunque fuera a estar a solas con el amor de su vida como así le contó a su mamá el otro día al otro lado de la puerta. Había querido pensar en no pensar: adelantarse a los hechos le desorganizaba más la vorágine en que se había convertido internamente sin siquiera imaginarlo.
Solo a los que se habían portado mal durante la jornada los obligaban a quedarse. — “Es el último día, maestra, no sé qué hice mal” —, dijo Luisito, cediendo su mirada al suelo, no era capaz de resistir la calidez laberíntica del verde chartreuse de sus ojos. El salón vacío hacía de la conversación un eco tolerante, la maestra le ordenó que se sentará de bruces a su escritorio color siena. — “Mira, Luisito, tu sabes que te quiero, eres el mejor del curso, pero me encuentro muy preocupada, ya que en todo el año ninguno de tus padres se acercó al colegio, y mañana es la graduación. Me temo que en esta ocasión ni tu hermano ni tu hermana pueden ser tus acudientes” —. Y como si fueran tres las maestras hablando a destiempo en el salón, el mensaje fue más contundente.
Y dónde yacieron los deseos de probar sus labios. Se fueron, se esfumaron. Pero lo que era aún peor de tal decepción amorosa, era no saber cómo explicarle a su maestra, a su amor platónico, que él era un huérfano con padres, que desde enero su padre, don Anselmo Cruz, se había marchado con su otra familia para nunca volver, y que, a raíz del engaño, su madre ya no salía de su habitación presa en una cárcel de recuerdos. El eco del silencio le implosionó en el rostro, el rastro de sus gestos así lo confirmaban. Más pudo la verdad que inventar lo que no podía: — “Es imposible que alguno venga” —, se le escuchó como respuesta sin siquiera mirarle a los ojos.
Mateo Caballero Cantor





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