Uno de esos días soleados en Bogotá, de esos que terminan en lloviznas sepias. Ella, bien vestida de negro, se asaba dentro de la estación, sentía la carne abrírsele en llagas supurantes, las venas latiéndole como un goteo de bolsa de suero al lado de un moribundo en un hospital. Se miraron un segundo, como lo hacen los desconocidos, se quitaron la mirada de inmediato al sentirse descubiertos. Los invadió un ruido, no, no era el estruendo del tráfico ni los gritos de un vendedor ambulante, no, era un ruido como de televisor descompuesto, interferido por el pito atronador de un tono de teléfono averiado. Mucho ruido, apenas si podían escucharse la respiración. Él le dio un golpe tosco en el brazo, nunca pretendió que fuera una caricia suave, y entrecerrando los ojos, casi gritando, le dijo:
— ¡Pues quítese la chaqueta!
— ¡Pues no se me da la hijueputa gana! —dijo ella alterada.
Entonces él decidió quitársela y la tomó por el hombro para descolgarle la maleta, ella se sacudió con fuerza.
— ¿Este hijueputa me va a robar o qué? ¡Suélteme!
No atrajeron la mirada de nadie, porque no había la mirada de quien atraer. Ella buscó con los ojos un policía, no había ninguno.
—Cálmese, venga, deme un besito y la dejo en paz.
Ella lo besó, con repudio. Descubrieron que los besos no sabían a nada, nunca ningún beso les había sabido a algo. Decidieron irse juntos en el primer bus que pasó, se quedaron de pie a pesar de la cantidad de sillas vacías, él la tomó por la cintura, la acercó a él, ella le dio un suave beso en la mejilla, se raspó con su barba. Mientras tanto, él con una navaja le hizo un corte a su maleta, metió la mano y le introdujo un secreto, un secreto que nunca se revelará.
Empezó entonces una epidemia en Bogotá, las aguas se tiñeron de rojo gracias a la lluvia roja y densa que ahora cae a diario. Se nos jodió la capital, la de los suicidios colectivos. Se nos convirtió en matadero el lugar donde todo se tiene ganado. Muchos abandonaron la ciudad, se fueron a buscar refugio en las tierras de los cadáveres perdidos, en los cementerios eternos. Regresó el ruido, un ruido de cacerolas, gritos y llantos, y de tanto arrastre de cuerpos, se borraron los caminos, direcciones rotas, taxis sin rumbo, perdidos en la ciudad, tal y como se perdieron ellos, tal y como se perdió ella, la primera en teñir de rojo las aguas, no precisamente con flujo menstrual. Ahora los buenos cargan navajas para abrir maletas y extraer secretos, los copian en pancartas y los cuelgan de los puentes. En Bogotá hay una epidemia de silencio y un ruido de secretos a viva voz. Tanto, tanto ruido que hasta parece rural, nos jodimos los que nunca nos jodíamos y se nos acabaron los días soleados en la capital.
Ana María Suárez Santos





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