Hay en el mundo dos clases de discurso: el tuyo y el mío. Observo el tuyo de este lado del restaurante. Te dedicas a dos cosas: comer y leer. Pensar no es un acto que yo dijera tuyo, es algo que te pasa, como respirar o tirarte gases. Ojalá te topes algún día con un libro que te haga creer que el buen olor es importante para degustar la comida. Brazo de reina y café. Tu cuchara diminuta hace de un postre cualquiera, un postre infinito. Mente de discurso de libro, en la cafetería dicen que cuando vas al baño lo dejas tapado. Las he oído quejarse. Una eternidad de atención por tan mala paga. Llevo un año aquí contigo, te digo, he aguantado. De nuevo te lanzas hacia tu brazo de reina. No saboreas, pero tampoco pasas bocado. Guardas comida en tu boca para argumentar que estás aquí por algo.
Es todo cierto (si así quiere creer). Yo solo leo y como, cago y bajo la cisterna por inercia. Solo hay dos discursos: el suyo y el mío. Quiere que huya en esta tarde de lluvia, como las ratas de los alcantarillados rebosantes. Lo que digo no es algo que piense. Mis afirmaciones, excreciones digestivas involuntarias. No se sienta aludida; sin pensar no se insulta. Como y leo sus senos, mi reina de brazo de reina; muerdo las cobijas, las boto, le quito la ropa a sola lengua. Y dice que yo solo como y leo. Vea, alguien como yo no tiene la culpa, y esto no es pensar, es digerir las cosas.
No dices nada. Comer así y beber café, un día te impedirá leer y qué trágico. Leer es encontrar el significado que tejen las palabras; yo nunca te dije que me chorrearas así esa crema, y el libro que lees no es el del título. No lees lo que estás leyendo. Veo lo que dice esa página, y grito, y te digo que ya, que despiertes, que hagas algo. Te llevo a casa. Te aferras a tu brazo de reina, a la oreja del pocillo del café que estás tomando. Mientras andamos, intento quitarte los libros que traes, pero cuando es a lo tuyo sí tienes manos y sí eres capaz de sostener.
Mirá, ve, allá va otra ve’ ese par. Yo que eja señora dejaba de andar pagándole la cuenta; la loca ej ella. Yo sí le creo que él no piensa; si pensara… ¿Será? ¿Apojtamo? ’se man ni come ni lee, se hace el que lee, el que majtica, to’ con tal de no salí y conseguí tlabajo. Cuánto no lleva ahí con esa cuchará.
Solo hay dos discursos, dijo Edith a su marido. ¿Es posible saber cuál es el propósito de la vida y no hacer planes?, le respondió él. Se quedaron mirando a los ojos. Edith indicó que salieran. Sin tomarse de las manos, caminaron en silencio por la avenida principal hasta caer la noche.
Cuando se van, yo vuelvo y me quedo aquí sentado. Siempre alguien o algo llega. Esta función no es elemental, pero necesaria. Acudo a mi rutina de comer brazo de reina, beber café, leer algunos libros. Veo que una mujer se sienta en otra mesa con su hijo de dos años. Es voluptuosa y tiene un vestido corto ceñido al cuerpo. Aprieto los ojos de la impresión, el niño chilla como una rata que acaban de pisar. La mujer le entrega su móvil. El niñito lo tira y cae en mi brazo de reina.
Edith, la protagonista del libro que leo, tiene un hijo de brazos. Acaba de divorciarse de su expareja quien no la ayudaba a mantener el hogar. Su niño es tan inquieto y maldadoso que daña un jarrón a golpes con un palo. Mientras ella intenta recoger los pedazos de ese jarrón conoce a un hombre. El niño que acabó de tirar el celular en mi postre luce tan diabólico como el del libro. La mujer, con el niño en los brazos, se acerca a mi mesa y saca el celular del postre; toma mi servilleta sin pedir permiso para limpiarlo. Él sigue chirriando, tengo escalofrío, estira sus brazos en dirección a mi brazo de reina. ¿Quieres torta, mi amor? La mujer me quita la cuchara de la mano y me dice: ¡un pedazo para mi hijo!
Mirá, ahí va otra… ajá, cipote paltío.
La mujer se sienta en mi mesa. Hago que sigo tomando café. El niño me mira y sonríe. Miro otras mesas, me levanto. La mamá toma un video de su hijo comiendo postre; también me graba a mí. Se acerca, me agarra, cuelga su brazo sobre mi espalda, estira su palo para selfies y se toma una foto. Me sienta. Miro a las camareras. Se están burlando. Miro la puerta. La mujer no se para de la mesa. No come, no mira el celular ni cuida a su hijo. Tomo mi libro. Las de la cafetería van a cerrar y nadie en la mesa tiene intención de irse. Mis ojos se encharcan, se asoman gotas de sudor en mi rostro. Meto mis manos a la maleta. Mirá, ejto no puede estar pasando, el man va a pagá, ¿o ej que el gran pendejo va a sacá otra ve’ el libro? En últimas, me voy y la dejo a ella aquí pagando la cuenta, ¿quién la manda a sentarse donde no la han invitado? Me paro, solo llevo mi maleta, ella se para al mismo tiempo.
Corro, ella corre igual de rápido con el niño en brazos. Gritamo, ve, tú no te va a í sin pagá. Los vigilantes, todos nos persiguen, la mujer no se cansa. No tengo casa. Corro. No como. No leo. No cago. Y estoy a punto de pensar.
Ahí vienen: los vigilantes en sus bicicletas y las negras detrás en las parrillas agarradas de ellos por la espalda. Si pienso puedo tener un derrame cerebral. La mujer sujeta mi mano. El muchachito se mueve saltarín de un lado a otro y me hace pistola con las manos. La mujer está lejos de cuidarlo. Es la peor y mejor escena de mi vida. Voy a tener que pensar. La mujer me agarra pero no jala hacia ningún lado.
¿Es posible saber cuál es el propósito de la vida y no hacer planes? Nos cansamos. Las negras de la cafetería se burlan de nosotros. El niño vuelve a chillar como rata. Le arranco la rata a la mujer, la zarandeo, le digo que a mí también me han querido mandar a la alcantarilla pero no es como para chillar así, se la devuelvo. Ejte man ej el que siempre tapa el baño. Uno de los vigilantes se baja de su bicicleta y me orina encima. Todos se ríen. Frunzo el ceño, nada más. El niñito también se baja los pantalones y me orina con su lombriz. Se ríe. La mujer parece su hija y yo no seré su papá.
Hay en el mundo dos clases de discurso. Me río con el rostro hecho un trapo, mis lágrimas se mezclan con los orines rodando por mi rostro. Hasta la mujer me orina. Se han mojado los libros. Citico, ta achantao: ni se te ocurra volvé, ¿oíjte? El niñito quiere que yo lo cargue. Se alejan. ¿Es esto lo que llaman comenzar?
Dalpriti Nam Kaur





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