Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez… mil. El señor Castilla, que ya era todo un señor de cuarenta y punta años, daba diez mil pasos al día, los contaba en su cabeza, casi inconscientemente, podía estar pidiendo un café y un pan, y a la vez llevar la cuenta en su cabeza por cada movimiento de sus pies —905,906—. Era tanta su obsesión que a veces también contaba los pasos de quien fuera por ahí vagando con él y no, no perdía su propia cuenta.

Todo comenzó cuando era niño, su mamá le decía siempre que debía caminar al menos diez mil pasos al día y tomar dos litros de agua. Doña Elodia, la señora de los vestidos floreados y los guantes amarillos, le hizo creer que ella podía contarle los pasos aunque no lo tuviera cerca. Y le dejaba el botellón pegado con silicona al mesón para que no pudiera ir y vaciarlo. Sólo a través de un huequito y un pitillo podía tomar agua empinado en la puntica de los pies, la tapa también la tenía pegada.

Ya no bebe los dos litros de agua por la incontinencia, pero sí tiene pies para caminar, por eso siempre se le ve en tenis. No todos los días logra completar la cuota y se pone salvaje, su esposa tiene que ir a dormir al otro cuarto porque él se desvela y la desvela. Una de tantas madrugadas en las que amanecieron separados, se juntaron para el desayuno y salieron a comprar la carne para el almuerzo, sin imaginarse que la cuenta de sus aniversarios estaba por terminar.

El estruendo atrajo las miradas del centenar que andaba por ahí y, por primera vez, Castilla perdió la cuenta. Vio a su mujer tendida en el asfalto con una llanta apretujándole el abdomen, su camiseta blanca y negra se confundía con las rayas del cruce peatonal, un hilo de sangre le escurría por la sien; en su cabeza, pudo visualizar la cantidad de moretones que le saldrían. ¡Está muerta!, gritó sin pedir auxilio, la levantó del suelo, la subió a un taxi y se la llevó a un hospital. Hasta ahí les llegó el chisme a los chismosos.

Por estar contando pasos ahora era viudo, no lo volvió a hacer nunca más, a fin de cuentas, literalmente, su madre ya no estaba por ahí para vigilarle los pies. Castilla se convirtió en un pobre viudo, andaba en chancletas y compraba la carne en su barrio, asada, porque nunca aprendió a cocinar, ahora, al café y al pan los acompañaba un huevo, porque ya no eran onces sino desayuno. Botó los guantes amarillos de su esposa y prefirió soportar el frío del agua a pura piel cuando lavaba un plato.

Castilla, el pobre señor Castilla de todas las viejitas del barrio, pasaba las noches llorando junto a la ventana de la sala, mirando la calle como si de repente ella fuera a llegar caminando, pobre señor Castilla, pobrecito hombre.

Pasaron los meses y ahora en sus escasas caminatas no cuantificadas, el hombre, huyendo de su trauma, evitaba a toda costa pisar las líneas blancas de las cebras. Era un infierno cruzar las calles porque siempre terminaba siendo empujado por alguien o quitándole el zapato a la persona de enfrente. Sus pasos medio agigantados eran notados por todo el mundo y él, aunque no quería pasar vergüenza, no lograba disimular lo suficiente para poder pasar desapercibidamente las calles sin pisar las malditas líneas blancas. Incluso, cuando pasaba solo, sentía cómo los conductores observaban su manera de cruzar. En una ocasión un tipo en moto la hizo sonar como si fuera a arrancar para atropellarlo y él, tras dar un brinco para no pisar el blanco, le lanzó algún insulto que fue opacado por la carcajada del motero.

Llegaba a su casa y se encerraba en el cuarto de los chécheres, recordaba las múltiples ocasiones en las que su esposa y él consumaron su amor allí, incluso una vez intentó masturbarse con el recuerdo, sentado en el suelo y con la cabeza recostada en la puerta cerrada, pero por alguna razón se sintió observado. Pasaba las horas allí pensando en voz alta, hablaba con el montón de cosas viejas sobre la bruja Elodia, que, concluyó, estaba loca; sobre los pasos, los moteros, su viudez y su problema con las cebras. Recordó que alguna vez, cuando él y su esposa eran novios, en uno de esos lugares de juegos, él ganó una cebra para ella, le causó gracia.

Una de todas las mañanas en las que él y su esposa amanecieron separados, Castilla volvió con el desayuno y encontró los botes de pintura, que tenía guardados en el cuarto, tirados en el jardín y el suelo de la casa lleno de líneas blancas trazadas a cuatro dedos juntos, entonces, supo que su difunta esposa estaría a diez mil pasos de allí.

Ana María Suárez Santos

Deja un comentario

Tendencias