Mamá me despertaba en las mañanas, siempre me concedía cinco minutos más de sueño. Me levantaba y justo al lado de la cama se encontraban dispuestas las chancletas, en el baño, me aguardaban la bata y la toalla en sus ganchos correspondientes. Ella me bañaba con delicadeza, recuerdo que mis ojos permanecían cerrados durante todo el baño. Al salir, después de vestirme, lo último que hacía era secarme los pies y calzarme. Mamá me contaba los dedos de los pies cada día, a pesar de que yo a diario alegaba que estaban completos; también exhalaba aire caliente al interior de las medias, antes de ponérmelas. La rutina de peinado se hacía en la sala: recogido si el cabello estaba seco, con dos ganchitos, si estaba mojado. Tras un breve y caliente desayuno, se abría la puerta y soltaba la mano de mamá con pesar, me subía a la camioneta blanca y me ponía la maleta sobre las piernas. Así fue como mamá me enseñó a enfrentar la vida.

Ana María Suárez Santos

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