Acostumbrábamos todos los domingos a dar vastos recorridos por la pradera que rodeaba el arrabal después de asistir a las tediosas letanías de las doce del mediodía, la cual estaba a cargo del padre Sergio. El padre, que habitualmente tomaba dos horas para transmitir la palabra de Dios, me arrullaba con su voz cálida y pausada; mis padres, molestos por mi inevitable cabeceo de vencido por las fuerzas de Morfeo, durante la misa, me amenazaban con no comprarme ninguna paleta de agua en uno de los modestos carros con campanillas de Crem Helado o Bon Ice, que se organizaban al pie del templo. En ese momento, hacía mis adentros, comenzaba una súplica pérdida al tiempo que se hacía eterna en medio de la reflexión de mis inocentes pecados. Así, dentro de la tormenta de mis desesperos por verme ya tumbado en el pasto, dando botes y brincos, encontraba un segundo aire: sabía yo, que una vez declarada la paz entre todos los presentes, no faltaría mucho para emprender tan anhelado paseo de todos los fines de semana.

Era mi día favorito porque aunque lloviera y nuestro tradicional paseo de todos los domingos  mudara para compartir en nuestra casa, no se perdía el intrínseco ritual de compartir en familia. Se cambiaban las inesperadas carreras entre los inmensos pastizales por  largas horas de televisión nacional entre cobijas de lana, en el que me ubicaba en medio de mis padres, porque no concebía otro lugar favorito y tan seguro en el mundo como ése.  Pero pocas veces llovía. Entonces, después de abandonar la capilla y disfrutar de mi paleta de agua sabor naranja, nos desplazamos hacia el occidente para que el insípido asfalto se viera reemplazado por la inquietante suavidad del prado, que se desenvuelve hacia el infinito por doquier hasta mezclarse con el azul del cielo y dar vida a un color sin nombre. Y tal vez fue lo que más disfruté de mi primera etapa de vida. Absorbidos por el pastizal de tanto andar, refundidos ante los ojos de las nubes, entre tanto verde vida, de la ciudad solo quedaban el ruido de los autos; a mí alrededor se erguían, como un salpullido amarillo, incontables dientes de león que no daban espacio ni para margaritas porque, decía mi madre, nos encontrábamos en temporada de verano; entonces me ponía a correr insaciable alrededor de la vista de mis padres, para asegurarme que todas las flores fueran la misma. Y así fue hasta que cumplí ocho años que cambiamos de residencia. Jamás volví a ver tanto amarillo.         

Mateo Caballero Cantor

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