Sentado frente al ventanal de un bus, camino hacia el páramo, Santiago imaginó el rostro de felicidad de Fernandina al verlo regresar. No sabía que ella ya no vivía y que su muerte había provocado tanta tristeza en el caserío de Ausencia que todos sus hijos y nietos se habían mudado a la ciudad. Quedó la fábrica de quesos, los grandes barriles azules en donde se separaba el suero, la alberca en el patio que se inundaba cuando llovía, las tejas y la madera roídas por el comején, la casa cayéndose de vieja.
Los buses municipales ya no llegaban a donde había sido el caserío. Santiago se subió en el bus La Carolina y, cuando el conductor le avisó que ya no podía seguir, pues ya no había carretera, se bajó en el puente de Ausencia.
Santiago no vio hoteles ni habitantes que pudieran dejarlo hospedar. El caserío de Ausencia se perdía en el imponente cielo. Ahora gobernaba la naturaleza sobre las cosas. No había señal en su celular para llamar a algún amigo y pedirle que volviera por él, entonces se dijo a sí mismo que ya estaba allí y que debía encontrarla. Como un vagabundo, caminó toda la tarde por aquí y por allá, sin saber cómo ubicarse ni a dónde ir.
El caserío era muy pequeño. Algunas casas ya estaban completamente caídas. Santiago caminó alrededor de una gran plancha de cemento donde tres viejos y gordos árboles hacían sombra sobre los tejados. Entraba y salía de las casas intentando encontrar a alguien que pudiera guiarlo. Eso hizo hasta después de que se apagara el día y ya no pudiera ver bien. A paso lento, recorrió durante un tiempo la plaza. Estaba cansado y se tambaleaba de frío así que se recostó en el muro de una gran casa de cal. En la oscuridad, la encontró incompleta pero era blanca, la podía recordar. Allí se quedó a descansar hasta la mañana.
En la casa encontró una bicicleta muy vieja y gastada. La montó sin dejar de pedalear, sospechando en silencio que ya no iba a encontrar a nadie, ni a Fernandina, aunque una voz le gritaba que sí, que no se alejara, que no se fuera de Ausencia sin encontrarla. Así estuvo durante dos días, yendo y viniendo por las veredas de Ausencia, durmiendo en el mismo lugar, con frío en la madrugada y sin comer nada, distraído en el recuerdo: aquí quedaba el taller del señor José, aquí la panadería, aquí la casa del abuelo Rafael. Así estuvo hasta encontrar la casa deshabitada de Fernandina, escondida entre la naturaleza, lejos de la plaza. Ya no era como lo fue, como la imaginaba.
Después, ni un solo instante volvió la vista en Ausencia. Estaba triste por el olvido del pueblo, de que ya no hubiera nadie que lo recordará y de la desilusión de que Fernandina ya no estuviera allí, esperándolo, como había prometido. Vio el sol irse por el occidente y lo siguió, recorriendo la senda que dejaban los pasos de gente que no se veía ya por ahí.
Como si fuera una nueva hoja de papel frente a él, Santiago vio el rosado intenso del cielo ser devorado por nubes grises en medio del páramo. Siguió avanzando en la bicicleta vieja y rechinante. Las rodillas también rechinaban por lo maltrechas y gastadas que las había dejado el viaje. La ventisca de la tarde le agitaba las pestañas, le revolvía el pelo, le dejaba roja la nariz y cada tanto remolinos de zancudos que danzaban juntos le tapaban la cara. Ir así, en medio de frailejones viejos y gastados, lo hacía sentir como un zancudo más, zumbando solo, en medio de la nada, hasta llegar a la avenida y ver la ciudad.
El calor que sentía en el cuerpo era bochornoso. La ropa que llevaba ya estaba gastada, como él.
-¡Regresó!, gritaron todos al verlo bajar de la bicicleta y dejarla en el portón de la casa.
Habían pasado varios días y los vecinos de Santiago lo habían buscado incansablemente hasta darlo por desaparecido.
Entró por el portón de su casa, lo dejó abierto. En ningún momento dedicó una mirada a los que lo vieron. Su cara sucia y mojada de sudor tenía el mismo color gris que su camisa. Fue a sentarse sobre la mecedora, al lado de su cama. La silla, que no se movía y estaba coja, se golpeó contra la pared. Santiago cerró los ojos y se dejó caer del sueño.
Pasó poco tiempo y Santiago murió. El sepulturero preguntó la causa de la muerte del hombre mientras una mujer ponía un ramo azul de astromelias sobre una placa que aún no tenía grabado ningún nombre. La mujer, que apenas recordaba a Santiago, le respondió que había muerto de amor.
Carolina Pineda González
Sobre la autora:

Carolina Pineda González
Escribo desde niña. Escribí tanto que acumulé varios diarios que nunca he leído del todo, que con el tiempo he dejado en el pasado. Me han dicho que aprendí a leer a los 4 años y que me gustaba que me leyeran y, luego, más grande, me sentaba a cualquier hora, especialmente antes de dormir, a leer.
Como una extensión de lo que ha sido mi vida, de los lugares en donde he estado, de con quienes he vivido, los libros han sido mis maestros y amigos. Solía anotar sus palabras en post it de colores y pegarlas en las paredes de mi habitación para recordarlas. A veces aún lo hago aunque ahora tengo un cuaderno llamado “La palabra justa” en donde las escribo. Y bueno, a veces aún escribo.
Para aprender a escribir estudié comunicación social y periodismo. Encontré una profesión apasionante que me da la posibilidad de aprender siempre, de seguir leyendo. Hoy busco las palabras, la lectura, la música, el silencio. Busco entender mi mundo, comprender y aceptar el mundo que me rodea. El camino no ha terminado.





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