Veo desde el ojo de la puerta al terapeuta metafísico. Lleva un escapulario colgado al cuello superpuesto a una gargantilla tejida en hilo de hippie con siete piedras de colores. Paso mis manos varias veces sobre el pantalón. Abro la puerta, le extiendo mi mano otra vez sudada, le ofrezco un lugar para dejar la varilla de incienso que trae prendida en la otra mano. El terapeuta se pone un overol, botas de caucho, gafas de protección, luego se recuesta a una pared y balbucea palabras. Con sumo cuidado saca las cosas que trae en la maleta y las ubica sobre la mesa. Recibo mi uniforme.

La metafísica tradicional parte del síntoma o la enfermedad para hallar las causas emocionales, mentales y espirituales de los malestares físicos. Este terapeuta propone que toda sanación verdadera corresponde a entrar en la etapa de la vida que se llama aseo. Para él, desde la limpieza se curan las enfermedades. Las señales corporales de un apartamento revelan mensajes de un alma.

Los cuerpos no están separados. Una persona enferma, enferma su casa, a menos de que el alma de la casa sea más elevada que la del dueño, lo cual es poco probable, pues una casa sana no atrae a una persona enferma. Todas las enfermedades son contagiosas y ninguna se contagia: el alma se contagia de aquello que siente necesitar. Me abstuve a creer esto hasta que visité a Stella.

En tan solo un paso, el terapeuta se agacha y señala: allí hay pelos, allí, moronas, ¿nota usted las telarañas que hay en las ventanas, señor Potes? Al abrir el baño del segundo piso me dice: algo aquí tiene hongo. Se pone la máscara de tela quirúrgica y abre el mueble bajo el lavamanos.

—¿Hace cuánto tuvo su última relación sexual, señor Potes? Sh, no me diga. Son preguntas retóricas. Me imagino que ya le habrá advertido la señora Stella. —El terapeuta se acurruca—. Por lo que percibo, es posible que esta casa hospede ratones. Ríase un poco, señor Potes, relájese.

—Relajarme no es sinónimo de tener la casa limpia —le respondo.

—Hay personas —continúa el terapeuta— que dicen que hacer el oficio con rabia ayuda a despercudir; yo le digo en cambio: vea cada cosa que limpia como si fuera su propia alma.

—¿Dónde aprendió estas cosas?—le pregunto.

—Limpiando, señor Potes: yo también estuve enfermo. Siempre que tenga grandes dudas, haga limpieza. La señora Stella está de maravilla—me dice, inspeccionando el mueble bajo el lavamanos—. Fíjese, le mostraré —toma un copito de un bolsillo de su overol y lo pone en contacto con el mueble, me muestra una fétida baba verde, sonríe— hay que empezar a limpiar de arriba a abajo, —señala hacia el techo del mueble— pierde el tiempo si limpia todo excepto esto, lo de arriba caerá y ensuciará el resto. Le puede caer en la cabeza: el hongo ensuciará su almohada, donde reposa su cara, entrará por siete de los nueve grandes orificios que tiene su cuerpo. Si usted no limpia el techo del mueble, de algún modo, ensuciará su hígado, sus pulmones, su cerebelo.

Reviso el celular y saludo a Stella por el chat:

Stella, no sé si lo soporte.
No te resistas, Eduardo —me dice Stella.

—Mire, señor Potes, he hecho un gran descubrimiento en todos estos años como terapeuta metafísico, entre más se crea inmune al mugre, más tendencia tendrá a enfermarse. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela. Las escrituras hablan sobre la limpieza. Se ve que no es religioso, pero, tener ideas sobre el bien y el mal… —se golpea con el mesón de mármol del lavamanos, me río.

— ¿Se podría decir por ese golpe que usted le cae mal a la casa?— Le pregunto.
—Y también que estoy hablando más de la cuenta, señor Potes, nunca lo que nos pasa resulta de una sola fuerza.

Por fin salimos del baño, el terapeuta metafísico toma algunas fotos a mi despacho, se enfoca en los cuadros, la chimenea, las plantas. Las toca, entierra los dedos en la tierra, huele.

—No mirar es el pecado— continúa el terapeuta—. En el paraíso, Dios Padre dijo: coman de todo, excepto del árbol del conocimiento del bien y el mal. Limpiar no es coger un trapero mecánicamente y pasarlo por el piso, ni lavar los platos después de la cena. Ser realmente limpio es darse cuenta de que el mal no existe. De eso se trata el aseo, señor Potes. Pero ya basta de hablar. Usted hable.

—No siento que yo sea sucio. Creo que fue un error traerlo aquí. Estoy aprendiendo chi kung, quizás eso sea suficiente. Ya que me dice lo que hay bajo el lavabo, llamaré a una empleada. Lo de los ratones, lo dudo. Fue un error llamarlo.

—No se afane, señor Potes, es natural que se sienta un poco invadido. Hacer aseo es… —avanza hacia la ventana y revisa mi colección de CDs, saca un cigarrillo de su overol— ¿le molesta que fume?

—Podría fumar en el patio. Si me acompaña a la cocina, allá tengo fósforos y al lado está el patio.

—¿Ha visto alguna vez un pelo en un lavabo? —me pregunta mientras bajamos a la primera planta—. ¿Ha sentido el mal olor del baño cuando está tapado? —Abre su overol. Afirmo con la cabeza—. No se tome las cosas tan literales. Hay muchos elementos drámaticos, espirimagia. —Se quita las botas y las medias. Las sostiene con el brazo bajo las axilas—. Señor Potes, uno no puede limpiar nada si le tiene miedo. Ve que hay pelos en el piso, ¿son pelos suyos? dejo que el mugre se una a mis pies. Usted no puede limpiar para que nadie note que está sudando. Igual que no se puede mirar y seguir temiendo. Una persona promedio vería asquerosa una maraña de pelos en el lavabo, con babas y restos de crema dental. Quíteme el crucifijo. Quíteme el collar de los siete chakras. Usted me vería como un monstruo si yo no tuviera asco, si me comiera la maraña y fuera capaz de meter las manos en el inodoro y luego chuparlas. Se escandaliza, pero no tanto cuando le pido que me encienda un cigarro. Pero no tanto si le digo que deje ya esa basura de la resistencia. Téngame aquí el cigarrillo.

—¿La basura de la resistencia?, le pregunto evitando mirar cómo sus testículos bailan al aire dentro de mi casa.

—Cada objeto que conserve sin usar, creará enfermedad. Excesivo tener es lo que llamo estreñimiento, mala digestión, ¿no es el cáncer un conjunto de células estreñidas? Si todos supiéramos eso, viviríamos sanos. ¡Ya vio cómo se puso la señora Stella! Luce de maravilla, ¿no es así? Los médicos dicen que tiene cáncer. Los médicos ven hasta donde pueden, señor Potes. Su amiga corre, sus mejillas tienen color: se siente plena. La casa es un cuerpo. No se imagina la cantidad de clientes nuestros que, a causa de limpiar los sifones, han abandonado las gafas. Ni se le ocurra compartir conmigo su diagnóstico clínico porque no me interesa. Mi tarea es que usted aprenda a limpiar.

—De todos modos, ¿qué tal si fuma en el patio?

—Lo primero que debe hacer es darse cuenta. La limpieza no es cuestión de técnica, sino de intención —me pasa su cigarrillo—. Una persona que de verdad quiere limpiar, busca la manera. Por eso lo felicito por llamar a Cleaning and Teaching Enterprise. Esas barrabasadas que usted oye de actitud mental positiva no funcionan. Esto fue todo por la sesión de hoy. Si no le molesta, voy a vestirme aquí delante suyo porque no todo el mundo está listo para verme así en la calle.

—¡El uniforme puede conservarlo! —me guiña el ojo y camina hacia su carro.

Dalpriti Nam Kaur

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