Un apartamento frío y pequeño de paredes blancas, en un barrio de edificios de ladrillo y jardines muy cuidados. Sala-comedor, un cuadro en óleo de la Última Cena, un crucifijo en la pared sobre la mesita redonda de las fotografías familiares. Matas en las esquinas. El corredor. A la derecha la cocina; más al fondo el baño, al terminar el pasillo, la habitación principal, con ventanas grandes por donde se filtra una luz gris y triste de tres de la tarde. A la izquierda, dos habitaciones: una en donde los invitados dejan las cosas y otra donde juegan los niños. Por todas partes, cuadros de flores solitarias.

Una zamba, mayor, de caderas anchas, tez entre morena y amarilla, y nariz chata, sale de la cocina y sirve una bandeja con ensalada. Vuelve a la cocina. En la sala esperan sus tres hijos blancos: Samguein, Bungayo y Dago. Y sus nueras, Maritza, una morena alta de porte indígena, esposa de Dago; Alicia, blanca alta, esposa de Bungayo; y una última, Victoria, esposa de Samguein, de cara redonda tipo muisca y la cabeza en forma de papa, quien se ofrece a servir el jugo y pasar los platos. Los nietos de la zamba se oyen jugando en el cuarto, mientras los hombres charlan jocosamente y las nueras que no ayudan pasan páginas de la Jet-Set.

—Bungayo —dice Samguein— hoy venía un indio en un carro por la u, esa prohibida de la Esperanza, y da el giro. El indio no vio que el carro de la policía estaba a dos metros. Pues lo multaron.

—¡Mucho indio! —responde Bungayo.

—¡Indiononón! —responde Dago. Todos en la sala se ríen. En el comedor, la mamá se ríe y sirve el arroz con pollo. La nuera que la ayuda, concentrada, pone un puntico de salsa de tomate sobre cada montaña de arroz y lo rodea de papas fritas.

—Ya pueden pasar —dice la zamba.

En la mesa del comedor no son suficientes las sillas. Los niños se sientan en el piso y se apoyan en la mesa de la sala, mientras los adultos se acomodan en las sillas acojinadas, excepto Victoria, la nuera hacendosa con aire muisca, quien utiliza un butaco de plástico y se sirve el plato más pequeño.

Los comensales degustan el arroz.

—Samguein —pregunta Dago, el hermano menor— ¿y qué has sabido de tu vecino el marica venezolano?

—Bien, con el novio, un dizque abogado —se ríe—, me los encuentro de vez en cuando en el ascensor. Menos mal me bajo en el quinto piso.

Todos ríen.

Dago, que a propósito tiene los ojos azules, come acelerado y mira de reojo a sus hermanos. Se para al baño, cierra la puerta, prende la luz y se mira al espejo. Se pone agua en el cabello. Se despeina. Se peina. Se despeina. Se deja como antes. Se baja los pantalones para defecar. Hace fuerza y sale un pequeño bolo sólido. Con el rostro rojo, se limpia y se levanta. Vuelve a verse al espejo despeinado mientras se apunta el pantalón e intenta meter panza, apretando los labios. Afuera se escuchan los cubiertos. Ya van a servir la torta que no compró él, porque es el hermano sin plata. En la cocina oye a su mamá renegando. Espera unos minutos a que se le baje el rojo de la cara para no pasar vergüenza. Se acerca a su mamá, ahora en la alcoba principal, e intenta abrazarla.

—Feliz cumpleaños, mami —le dice.

—¿Cuál feliz cumpleaños? —responde, como gritando, pero en voz baja, y aleteando con los brazos—. ¿Me celebran el cumpleaños y me hacen pasar toda la mañana preparando la comida? Estoy cansada. Todo el día cocinando. Siempre es lo mismo. Estoy sola. ¡Dígales que quiero que se vayan!

—Ya Maritza ayuda a lavar los platos. Vamos y partimos la torta.

No la convence. La familia charla afuera mientras ella, acostada en la cama, se mira en el espejo del tocador con el ceño fruncido. Morena-amarillenta, medio mulata, medio india, gorda, de cabello churco y rucio. La tarde azul, la veladora encendida, la porcelana del divino niño al lado: por todas partes el recuerdo de estar sola. Prende el televisor y pone su grabación de Sábados y chistes. Poco a poco su enojo se oculta tras sus risotadas.

—¿Qué le pasa a la abuelita? —preguntan los niños al otro lado de la puerta, con aviones de juguete y bloques de Lego en las manos.

Se auto inflige porque, como el conductor que dio la u prohibida sin advertir que ahí no más estaba la policía, ella es una india: crió a tres hombres “blancos”, todos profesionales, que ni se inmutan por su ausencia, y gritan ¡qué indio! cuando algún otro hace tonterías, sin notar que su propia madre no tiene ojos de española, tiene nariz chata y no es una negra. Además, se rehúsa a abandonar su descarado programa favorito, incapaz de ahogar la risa cuando Don Berriondo dice “para mamá lo mejor”, eso dele cualquier cosa, mamita: una almohada, una caja de dientes, por ejemplo, sí, señora. “Para mamá lo mejor”, una mecedora. (En el estudio de grabación, risas del público, risas de Don Berriondo. En su cuarto, anestesiada, emburundangada, la zamba ríe). Y no ponga a reír mucho a la viejita que se desarma.

India y media. La zamba se dopa de humor en la habitación en lugar de echar a sus hijos de la casa.

Las otras indias son las que se aguantan el rito del aseo mientras sus maridos descansan. Una enjabona, otra enjuaga y la blanca seca los platos.

La torta está en la mesa sin servir. Los niños, de vez en cuando, se acercan a sus indios padres, que dicen esperar a que su india abuela salga del cuarto, y les preguntan:

—¿Ya podemos comer torta?

—Hay que esperar a la abuelita. Vayan y jueguen —responden al unísono los señores. Muy risueños, se sirven otro poco de vino tinto y escuchan boleros de Solís.

Tú me querías decir no sé qué cosa
Pero callé tu boca con mis besos

Bungayo extiende una mirada perdida al equipo de sonido de vez en cuando, mueve sus pies y acaricia sus zapatos nuevos. Samguein pone un rostro serio y melancólico después de dar risotadas y mirar el crucifijo. Dago trata de acomodarse bien en la silla con el pantalón que le aprieta la barriga cada vez que se ríe. Esconde sus zapatos arrugados de lo viejos, y mira de reojo la torta, para la cual no pudo aportar ni cinco mil pesos. Entonces lanza un chiste.

—Un hombre le dice a su mujer: Te juro que no tengo ninguna mujer en mis contactos. Deja ver, le responde la señora: Yesenio, Danielo, Mónico, Alicio, Mariano, Julieto.

Risa tras risa.

Las mujeres charlan en la cocina.

—Bungayo es la patada —dice Alicia—, la vez pasada le pedí que dejara a los niños en la ruta porque yo tenía entrevista de trabajo, ¿y ustedes creen que los llevó? Me llamó cuando iba llegando a la empresa a decirme que se le había olvidado. Pensó que yo ya los había llevado, cuando los encuentra jugando en la sala. Pues resulta que la empleada tenía permiso ese día y tuve que devolverme. ¡Casi lo mato!

—Pero el tuyo al menos te da lo necesario, ¿o te falta algo? —responde Maritza—yo sí no sé qué hacer con Dago, está enfermo y sin ganas. Es que ni de aquello. Oye, Vicky, hablando de aquello, está divino tu vestido.

—Me lo compró Samguein en Fuera de Frecuencia, estaba en promoción, lo tienes a la orden —responde Victoria, la de aire muisca.

—Pues muy elegante, tiene un corte como el de ese vestido que traía Penélope Cruz en los Oscar, ¿no, Alicia?

Mientras tanto, en el cuarto de juego, los niños y niñas están ubicados en dos esquinas opuestas. Las niñas les peinan el cabello a sus muñecas. Los niños arman un barco con fichas de Lego. Un niño le rapa a otro una ficha y lo empuja. Yo quería la roja, dice uno. Las mías son las rojas, responde el otro. El juego es mío, dice uno, y lanza una manotada a su oponente. Los adultos, entre ruidos de platos, risas, boleros, y el sonido lejano de Sábados y chistes, no notan lo que pasa. Ahora, no solo dos, todos los niños están agarrados a puños luchando por el control de las fichas rojas. En su esquina, las niñas ríen nerviosas. Abrazan sus muñecas y se arrinconan. Nada de quejas ni de gritos, solo emiten carcajadas como si un matón les hiciera cosquillas. De pronto, un niño le rapa la muñeca a una de las niñas. Abre la ventana y dice:

—O me dan las fichas rojas, o boto por la ventana la muñeca de Daniela.

Bótela, bótela, dicen los niños. La tira por la ventana. La niña ríe desesperada. Corre hacia la ventana llorando, a carcajadas. Grita furiosa como si pudiera traer con su voz a la muñeca:

—¡Muchos indiooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooos!

Los vecinos del conjunto residencial asoman la cabeza por la ventana. Cuando la niña voltea hacia la habitación, sus primos están quietos y risueños. Al fondo, ve los pies protuberantes de su abuela. Levanta la cabeza.

—¡Abuelita, son unos indios! ¡Unos indios! ¡​Indioos! ¡​Indiooooooos! —sale del cuarto y se dirige hacia el comedor —¡Indiooooos! —Esta vez no le importa gritar hasta sacudir las fotografías, el crucifijo y los cuadros de flores solitarias. Tumba con ambas manos la torta de la mesa —¡​Indioooooos todos!

La niña sale del apartamento. Victoria, la de aire muisca, corre apurada detrás de su hija soltando carcajadas como si se tratara de hipo.

—¡Ven acá, Daniela!

No sabemos hasta cuándo, para estos indios, la risa seguirá siendo como los besos de Solís, que sirven para callar no sé qué cosa.

Jaime

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