Ficha técnica
Titulo original: I Am Not Your Negro
Año: 2016
País: Estados Unidos
Dirección: Raoul Peck
Reparto: Documental (intervenciones de James Baldwin)
Si algo une al cineasta haitiano Raoul Peck con el escritor afroamericano James Arthur Baldwin es la experiencia de la segregación negra que los llevó al exilio y la consecuente necesidad de manifestar una visión tanto crítica como propositiva para enfrentar la violencia a que la comunidad afro ha sido sometida. Este vínculo condujo a Peck a dirigir I Am Not Your Negro (2016), un documental basado en el manuscrito inacabado Remember This House de Baldwin, el cual deja entrever el tributo o pago de deudas del escritor con la memoria de tres de sus grandes amigos: Medgar Evers, Malcolm X y Martin Luther King Jr, asesinados de manera simultánea en la década de 1960 por su deseo de una Estados Unidos más inclusiva.

La gran apuesta de Peck, más que rastrear fragmentos dolorosos de la historia afroamericana, consiste en oxigenar los fértiles terrenos del pensamiento de Baldwin. Y así lo consiguió. El largometraje constituye un registro fílmico no cronológico de distintos debates, conferencias, conversatorios y entrevistas dadas por Baldwin desde su vuelta a Norteamérica en 1957, en los que manifiesta una posición crítica frente a la sociedad moderna estadounidense.
Aunque la guerra civil había terminado con la Guerra de Secesión y determinó la extinción de la esclavitud, con el pasar de los años la historia confirmó que el gen colonialista en Estados Unidos nunca se había ido. Los negros, trasladados durante el periodo de la conquista de América en barcos esclavistas españoles y británicos desde África, fueron condenados a la clase más baja de la sociedad, paradójicamente, cuatrocientos años después, aún con los grandes avances sociales y tecnológicos en las ciudades se mantenían igual: los negros soltaron las cadenas para agarrar la escoba y abrir la puerta. Cerca del final de la primera mitad del siglo XX, todavía los negros se enfrentaban a la ausencia de un espacio para su libre desarrollo como individuo. Baldwin así lo reconoce. Durante la segregación en las décadas de 1940 a 1970, contempló la crisis moral de la sociedad norteamericana, que más tarde determinaría como un problema de todo occidente: la soberanía de la raza blanca. Pero dicha hegemonía no es una dificultad solo de los afrodescendientes, es un conflicto de los que son diferentes, de la humanidad íntegra que ha naturalizado la existencia de los marginados en su necesidad ineludible por concertar una jerarquía de clases incipientes como armazón democrática.
El racismo no es una cuestión únicamente de los negros, la discriminación y persecución es un problema que en las profundidades de su hondura toma otros matices y James Baldwin lo descifró desde muy chico: no se puede hablar del final del racismo sin democracia, y no se puede hablar de democracia cuando un país puede garantizar una vida digna, únicamente, a costillas de la explotación del otro. Entre las problemáticas del siglo XXI el racismo constituye uno de los puntos sobre la mesa sin solución, pero no es el único problema, es apenas una de las hojas del árbol de la crisis migratoria que entre sus ramas sostiene la podredumbre de la explotación legal, la xenofobia, la homofobia, el clasismo, el machismo y el anticomunismo, por mencionar algunas de las problemáticas que llevaron a Baldwin a preguntarse en Harlem o París, qué será del mundo y a decepcionarse con su horizonte: nuestro ahora.
Estas escindieses culturales, políticas y sociales tienen distintas vertientes en la historia de la humanidad y no se podría concluir un mismo origen. No obstante en Estados Unidos, a comienzos del siglo XX se adhirieron más adeptos con el auge de las películas mudas del viejo Oeste, las cuales se utilizaron para convertir masacres en leyendas; y luego en dogma, cuando la industria de la televisión se terminó de establecer para 1956 con la alta demanda de televisores. La alienación alrededor de la industria televisiva permitió al gobierno norteamericano la creación de falsos cánones de vida a través de la proyección de imágenes de familias blancas perfectas, convirtiéndose en el rostro de un falso orden social que exhibió una mentira como verdad. Baldwin colocó el dedo en la llaga: las imágenes que aparecen en televisión, están diseñadas no para preocupar, sino para tranquilizar. También nos ha debilitado enfrentar al mundo como es, a nosotros como somos.
Esta es la real muestra del alcance del poder blanco, un poder que no se circunscribe simplemente a los conflictos bélicos o a su supremacía económica, una ceguera inofensiva que parece no detenerse por el crecimiento de industrias maliciosas que conocen el poderío de su engaño, anidando el temor en los hombres y avivando las corrientes de una pobreza emocional sin fondo, diría Baldwin: Las personas se han engañado tanto tiempo que desconocen al otro como similar.
¿Entonces cómo crear una comunidad en el presente que acepte al total de las personas cuando ya existen tantas divisiones sociales a consecuencia de poderes que van más allá de lo sensato? La reconciliación. Baldwin no dudó en que este fuera el camino aun después de enfrentarse a la muerte de sus grandes amigos, como tampoco dudó Peck al comprender la respuesta de Baldwin y difundirla en su documental. Pero esta reconciliación no está exenta del sacrificio de entenderse como hijo del mundo, una ascensión que solo se logra conseguir en el ejercicio de entretejerse con nuestra parte más humana: el arte, el verdadero arte lejos de sus millones artificiales y la vida material a la que nos somete. Baldwin así lo dijo: estamos confundidos porque no necesitamos números, necesitamos pasión. Medios como la literatura, la música, el cine y la pintura fueron sus pasiones y reivindicación constante en momentos adversos: las canciones de Nina Simone, Ray Charles, Miles Davis; como las letras de Richard Wright, Langston Hughes y Lorraine Hansberry; los cuadros Philippe Derome o las actuaciones de Harry Belafonte y Sidney Poitier, entre tantos artistas afro contemporáneos, muchos de ellos amigos, lo nutrieron para la construcción de escenarios que definen su condición más humana y real. La escritura de James Baldwin es una mezcla del arte íntegro, un mestizaje, por llamarlo de otra forma, muy acorde a su idea de un mundo libre de ceguera.
Mateo Caballero Cantor





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