Ilustraciones de: Maria Roncancio

Por: Ana María Suárez Santos

La memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados.

Jean Paul Richter

Crecí en una casa grande, un lugar que hoy me sigue pareciendo enorme, sobre todo porque no me alcanza una tarde para barrerlo desde el techo hasta la entrada. Hace poco adopté dos gatos, estoy segura de que ellos conocen la casa mejor que yo. Pasan los días de arriba a abajo, escabulléndose por debajo de cualquier mesita baja, aventurándose al interior de las cajas vacías, arriesgándose a caminar por el tejado. Se me paraliza el corazón cada vez que escucho un golpe fuerte sobre las tejas, no me acostumbro. A lo que sí estoy más que acostumbrada es a la casa, mucho más ahora que dejé de visitarla por las noches y me paso los días enteros acogida por ella, todo gracias a una situación de la que no voy a escribir ahora. La casa me recibió días después de mi nacimiento, di mis primeros pasos agarrada de los cojines de sus sillas, ella fue testigo de mi primer éxito yendo al baño sola, también, de mi primera menstruación. La casa me vio crecer pero yo nunca la he visto crecer a ella, cada vez se me hace más pequeña, más vieja y achacosa, le veo sus pisos manchados y sus paredes escamadas, y siento pesar por ella, pobrecita casa, no le queda más remedio que resistir a los sismos, al terremoto que somos sus habitantes, al maremoto que son los gatos.

Tengo la plena seguridad de que todos tenemos una casa grande, un lugar que nos atrapa en sus cuartos, sus baños, sus patios, sus balcones. ¿Qué pasa con los pobres?, me preguntarán, yo les respondo: su casa es la calle. Una calle es grande, el mundo es grande, la pobreza es el más grande de todos los bienes. Mi casa no es mía, la construyeron mis abuelos hace unos 60 años, aquí es donde he vivido toda mi vida, la llamo mía porque es mi herencia, nuestra herencia, mis abuelos nos dejaron la casa, ella y su gran amor son todo lo que nos legaron, no necesitamos más. Cuando digo nuestra, me refiero a la numerosa familia que habita la casa aunque no todos durmamos, comamos y lloremos en ella veinticuatro-siete.

La casa me ha herido, cómo no, me ha raspado las rodillas, me abrió la piel del mentón, me quebró un brazo, me tumbó un par de dientes y me obligó a comer pepino sudado a los siete años. Pero también me ha mimado mucho: me ha protegido de las tormentas, los vientos, el frío y el hambre, me presta su agua para bañarme y su luz para no tener que enfrentar el miedo a la oscuridad. Ni hablar de todo lo que me guarda: libros, prendas, comida, muebles y mucha, pero mucha basura. Si mañana se me da por ir al circo y robar un elefante, la casa de seguro me lo esconde. Y es que ella conoce todos mis secretos, es la mejor amiga porque se limita a observar y esperar pacientemente que tome las mejores decisiones, pero si no lo hago, siempre están ahí su suelo, su cama, incluso su sanitario, disponibles para llorar y vomitar.

Me pregunto qué sería de mi vida sin la casa, ¿cuál sería, ese, mi destino final siempre? Porque invariablemente mi casa siempre es mi punto final. ¿Después de un día feliz? Mi casa. ¿Después de un día triste? Mi casa. ¿Después de una tarde lluviosa? Mi casa. ¿Después de un largo viaje? Mi casa. ¿A dónde ir si no tengo casa? Estaría destinada a la perdición total.

Hallo siempre en el mismo lugar la razón para seguir viviendo, ¿cuál es ese lugar?, ¿adivinaron?, la casa. Sus tres pisos están muy bien cimentados, si no ya la hubiera tumbado a gritos, en la planta baja la puerta, de par en par aunque permanezca cerrada, en el segundo piso las habitaciones, la cocina, el baño, paso el noventa por ciento del tiempo en esa zona, y arriba, mi favorita: la terraza, allá lavo la ropa, la cuelgo y veo por las ventanas el barrio, los vecinos con sus vidas simples y los perros callejeros, pero también allí veo el cielo, el sol y la luna.

En pocos días abandonaré la casa. Me he dedicado a recorrer gatunamente todos sus rincones, como queriendo recoger una pieza de cada uno para meterla en la maleta. Quiero subir la casa conmigo al avión, llevarme la cobija tres tigres, la taza mocha, el esfero azul que siempre se pierde, la cajita de las pastillas, las copas de navidad, la mancha amarilla de la pared azul del cuarto de mi hermano, la telaraña que siempre se forma en la esquinita de debajo de la tabla del molino, el molino. Me quiero llevar la casa porque la casa soy yo, porque sin la casa me pierdo, porque en la casa viven todos mis años, mis sueños, incluso el sueño de dejar la casa algún día, el país algún día. Pero nunca pensé que dejar la casa sería dejarme a mí.

Sé que la casa está orgullosa de mí, porque me vio luchar por conseguir dejarla y nunca sintió recelo, ¿qué tiene de malo la casa?, nada, es perfecta. ¿Estaré cometiendo pecado al abandonarla? Me siento como la peor de las traidoras.

Sostengo que todos tenemos una casa grande, heredada del pasado. La llevamos dentro, nos habita la casa, aunque creamos que es al revés. La casa es nuestro lugar de confort, nuestro espaciecito seguro en el mundo, nuestro depósito de recuerdos, experiencias, primeras veces, triunfos, fracasos, etapas, cumpleaños, lutos y momentos, sobre todo momentos. Tengo miedo de dejar la casa, lo admito por si no lo han notado lo suficiente ya, pero también sé que la casa me cabe en la maleta porque siempre la he llevado al hombro. Llegó la hora de soltarla, dejarla reposar sobre el suelo, tan solo por un momento. Abrir la puerta, subir la escalera con ímpetu, preparar un último café en la cocina, tomarlo con calma, recoger la ropa de la terraza y por fin, sin pensarlo mucho, subir al tejado y tomar el avión, sin miedo, porque siempre se puede volver a la casa grande, aunque le explote una bomba dentro.

Solo un último pequeño recordatorio para ustedes: antes de irse a volar, asegúrense de sacar toda la basura de la casa.

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