Ilustraciones de: Maria Roncancio

Por: Juan Bustamante

Querido olvido,

La presente no es para insultarte, halagarte o, en algún caso extremo, pedirte un favor o hacerte una sugerencia. Mi única intención es recordarte. Recordar al olvido. Suena redundante, lo sé, pero es que me siento perdido, desolado, y no es tu culpa, no te preocupes, que de aquí todo me lo he buscado yo, porque reflexionando mucho, pensando y cavilando muchas opciones imprecisas, me di cuenta de algo: la soledad es un movimiento previsto y al final equivocado, un desliz en la estrategia de juego. Pero, ¿a qué me refiero con esto? Simple, la vida es como el ajedrez: uno es el rey del juego, tiene todos sus caballos, alfiles, torres, peones, y, por supuesto, su reina a su disposición, todos lo protegen. Hasta aquí todo normal. Suena hasta bonito que te cuiden, que velen por tu seguridad porque de ti depende el juego, de ti depende el triunfo en el tablero.

A medida que el juego avanza, y comienzo a dar las órdenes pertinentes como rey que soy, para mover las fichas siempre en busca del jaque al otro rey, contemplo el peligro que amenaza a mis fichas importantes como lo son el caballo, la reina y la torre. Mi estrategia flaquea. Me veo en la necesidad de moverme, escapar del posible jaque del oponente que se aproxima, aunque sólo pueda desplazarme un solo cuadro en cualquier dirección.

Me encuentro a veces limitado por no tener la libertad de desplazamiento de la reina o incluso del alfil, pero recuerdo que yo soy el rey, soy el motivo y razón del juego y decido dar pelea hasta el final, arriesgar todas mis fichas y jugármelo todo para ganar. Pero no, el adversario es más astuto que yo, la vida —por decirlo de un modo retórico—, en tres movimientos casi imperceptibles, me somete al borde del abismo, me tiene completamente rodeado. Jaque, suelen decir. Mis peones ya están adelante, y éstos no pueden retroceder; uno de mis caballos ya no está sobre el tablero; los alfiles tampoco; las torres sí que menos y mi reina, por un mal movimiento, ansiedad, diría yo, también salió del juego. Estoy acabado, lo sé, pero aún me queda una oportunidad: el caballo.

Lo muevo en un impulso de quien no quiere morir ahogado, pero en dos jugadas también está afuera, porque el oponente es mucho más ágil mentalmente y ya tiene todo fríamente calculado. Así que sólo me resigno a perder y quién sabe, pedir la revancha después, para repetir la inexorable derrota. Pero no, en este juego no hay desquite, no hay venganza. No. O ganas o pierdes, no existe un punto medio, un equilibrio entre el triunfo o el fracaso: no hay empate.  Maldigo mi mala suerte, golpeo el trono donde me encuentro sentado y sólo lo acepto. Me engullen, me mastican con lentitud y me tragan las enormes y malolientes fauces de la vida. Siento el dolor, el dolor de perder que nadie nunca entendió, ni entenderá, que nadie consideró o tan siquiera se le pasó por la cabeza.

Pero he aquí lo más horripilante, terrorífico e inaudito: las fichas de la vida son indestructibles, inexpugnables e invencibles. Nunca podremos ganarle la partida a la vida porque sus peones son las pequeñas desgracias que nos ocurren día a día; sus caballos son la pereza y la mediocridad que nos atacan sin piedad cuando vamos en busca de un objetivo, de una meta; sus torres son el engaño, la mentira que nos meten a la fuerza en la cabeza, desde el día en que nacemos hasta el día en que nos convertimos en polvo; sus alfiles son el amor que nos seduce, nos atrapa y nos cambia, hasta convertirnos en lo que somos, algo bastante contraproducente, pero que igual nos hace felices; su reina, que es aquella monstruosa bestia que siempre está al acecho, esperando nuestra hora para arrancarnos cualquier esperanza que aún nos quede cuando ya lo hayamos perdido todo, incluso la muerte; y, por último, el jugador, tú, al que le estoy escribiendo esta carta. Tú eres el monarca de un reino cuya naturaleza se nos escapa a nuestro corto entendimiento. Eres todo y nada.  Eres tú, aquel ser complementado por otro aún más complejo: el tiempo. ¿Qué serías tú sin ella? Nada. Ambos son el yin y el yang, ambos son libertad y esclavitud, seguridad y miedo, exactitud e imprecisión. Ambos son relativos, inexplicables y misteriosos. Tú, querido por pocos y repudiado por muchos, eras, eres y serás por siempre el rey del juego del olvido, aunque sólo seas la marioneta de otro jugador que mueve las fichas mientras tú te mueves para él, creyéndote libre.  

Walter.

Sobre el autor:


Juan Bustamante

@escritos_paralelos06

Juan Andrés Bustamante (2004). Es estudiante de último grado de bachillerato en Villa Hermosa, Antioquia. Reside en Sabaneta, cultiva la filosofía, la música y la pintura en su rutina diaria. Además, trabaja en un movimiento literario y artístico con unos amigos. A lo largo del 2019 y del 2020 escribió cuatro poemarios (Momentos; La Anaconda; Música + Poesía = Vida y Libertad múltiple, estos tres últimos son atribuidos a tres heterónimos) y un libro de cuentos, cartas y relatos (Mundos Paralelos) que se encontrará disponible a la venta a partir de la segunda semana de febrero en librerías de Medellín.

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