Ilustrado por: Ingrid González
Texto de: Ana María Gayón
Esta mañana estuve un rato caminando por las calles. Mi madre se asomó por la ventana en varias ocasiones para vigilarme. No creo que ella pueda saber realmente lo que sigue, pero por ahora solo quiero caminar, ir por una empanadita donde la veci y que me cuente cómo está su hija Esperancita, ay, esa niña sí que está linda, y es que no es porque su carita sea angelical, sino porque tiene un cuerpazo para ser tan sardina. En fin, estuve caminando un rato. Ya después, por ahí como a las dos y veinte de la tarde, me dijeron que tenía que ir a la fábrica, así que, pues sí fui, pero cómo explicar que me daba cansancio el solo pensar en verle la cara de enojado al deschavetado ese que se hace llamar “jefe”, pero ya verán, porque ustedes no se lo esperan, nadie se lo espera. Bueno, bueno, que me distraigo del tema; como iba diciendo, no quería ir a trabajar, pero a este Don Julio sí es que no se le puede faltar ni presentando excusa médica… Cuando llegué tuve que aguantarme al hombre hablando y hablando, es peor que mi madre cuando se junta con las amigas del barrio a contar chisme nuevo y fresco. Cuando terminó su cotorreo alcé la mirada y le dije, mirándolo a los ojos: “Mire, Don Julio, usted sabe que yo tenía cita médica hoy. Yo le avisé. No puedo estar aquí. Yo le hago el trabajo hasta las cuatro y media y luego me le abro como la yuca, Don. Usted sabe que también estudio”.
Don Julio no era tan malo, simplemente se hacía del rogar, se le subía el ego, así como a los doctores “médicos o de doctorado” como sea, a esos hijueputas el ego los tiene en las nubes, como sea, no es como que yo esté exento de eso. Pero bien, bien la vaina, ahí le trabajé y ya luego me abrí como le había dicho. Entonces estaba caminando por la 30 con Avenida Primero de Mayo y, parce, llegaron a recogerme al fin, claro que tenía que suceder como un secuestro, era la finalidad de todo, así que así se hizo, me tomaron de forma muy brusca, pataleé todo lo que pude, me golpearon y me taparon la cara con una bolsa negra, negrísima. Ya después visité a mi madre, la golpeé con un fierro en la cabeza y luego en el vientre, le grité para que supiera bien que era yo, que yo la estaba asesinando, me saqué la cuchilla del bolsillo y la apuñalé en el estómago. Su sangre se derramó lentamente y cuando la luz se fundió detrás del color de sus ojos, me acerqué a su oído y le susurré pa´ que se muriera calmada: “Viejita, muérase tranquila, que yo aquí no dejaré de recordarla”. Seguimos con Don Julio …ay, ese pobre hombre fue consecuencia de una guerra interminable, como todos aquí en Colombia, mano, pero a este man sí que le dimos duro con los parceros, digo, con el grupo, como sea, ya que al tipo le metimos varilla por todos lados y lo apuñalamos después de torturarlo toda la noche. Dejamos que se desangrara por orden mía. Ver cómo la vida se va diluyendo en el asfalto, cómo se apagan los ojos, eso sí que es poético. Y para el final dejé a Esperancita, ay, la dulce Esperancita, la deseaba tanto que le dije al grupo que me dejaran solo con ella, la nena era mía, pasó lo que tenía que pasar, entré a su casa, le disparé a la veci mientras le decía que todo bien, que no era personal: “Veci, vea, todo bien, sus empanadas estaban bien secas, le tocaba mejorar, déjelo pa’ la otra vida”, y entonces la vi, radiante y perfecta como siempre, Esperancita, con esa piel morena caramelo y su sonrisa algo torcida. Corrí hacia ella y huyó de mí, gritó y lloró, su carita hacía muecas de horror y dolor, le rompí el vestidito que traía puesto, la tiré al suelo y le abrí las piernas, la desvirgué, la embestí una y otra vez, la corté, la mordí, la golpeé hasta sentirme saciado, me vine dentro de ella mientras la ahorcaba. Ella sollozaba, pronto, solo hubo silencio y su sangre se secó en mi verga. Yo salí con el uniforme verde todo lleno de sangre, oliendo al sexo de Esperancita y a la muerte, siempre a la muerte. Los parceros me miraron orgullosos, llenos de sangre. La muerte se alzaba en alto, la bandera de la patria ahogándose en puro rojo. A esa tela hacíaaaa raaato que le robaron las riquezas— dijo uno de los para rascándose la nariz.
— El azul de los ríos y los océanos se ha convertido en rojo mal oliente a lágrimas.
— Ojalá nos quedara el cielo— dije yo, intentando visualizar algo, en un horizonte lleno de humo.
— Hubo silencio, entre tantos gritos, un silencio raro y ensordecedor…

— ¡Ojo! Ya está adentro, nosotros somos los buenos, ahora es uno de los insurgentes. — El comandante rompió el silencio, y con tremendas palabras, nos hizo buenos, a nosotros, los manchados de sangre.

Sobre la autora:

Ana María Gayón
Soy Ana María Gayón Cano, estudiante de quinto semestre de la carrera de Creación Literaria en la Universidad Central. Me he decantado por la belleza de la literatura desde muy pequeña, tanto así que, en el colegio participé en las revistas y todas las especializaciones afines con las letras. He sido publicada en La poética del encierro de la Universidad Central; soy ganadora de la convocatoria de noviembre de Ita editorial por lo cual apareceré en un libro antológico. Ahora tengo el gusto de ser publicada por Pequeños relatos, y así, continuar mi sueño.





Deja un comentario