Ilustrado por: Lina moreno

Texto: Jonathan Vargas

Encorvados casi en la misma medida, dos viejos estaban sentados desde que el bus inició su recorrido. Uno se había hecho en la primera fila del lado derecho; el otro estaba tres sillas más atrás, cerca de la puerta trasera, sentado en el asiento de la ventana. Ambos tenían la misma apariencia vestidos con pantalones holgados de bota ancha, sacos oscuros de lana, tenis con plataforma de goma y cachuchas beisboleras. Solo se diferenciaban por el color de sus gorras. La del viejo de adelante era negra y tenía el símbolo de los Yankees de Nueva York, la del otro, el que estaba atrás, era de color vino tinto sin ninguna marca visible. Cada uno llevaba sobre su regazo un talego negro.

El bus volaba, aprovechando que todavía no iniciaba la hora pico. La luz de la tarde descendía lentamente, filtrándose por los inmensos edificios de la Avenida 19. En este punto del trayecto ya había toda clase de pasajeros: mujeres embarazadas, hombres de traje y corbata, chicas revisando sus celulares y muchachos ensimismados escuchando música.

Al cruzar la Avenida Caracas, por donde las prostitutas esperan ansiosas, el viejo de adelante se levantó con una evidente fatiga, agarrándose de la baranda del techo con una mano, mientras con la otra dejaba resbalar el talego del que sacó una pistola. Avanzó tranquilamente hasta la puerta trasera y oprimió el botón para anunciar su parada. El viejo de la gorra vino tinto también se puso de pie, ya con su arma expuesta en una mano. Se acercó a la cabina del conductor y golpeó con la culata de la pistola el torniquete de acero. Solo entonces todos advirtieron la presencia de los viejos.

El de la gorra de los Yankees empezó a toser, encorvándose todavía más. Cuando finalmente dejó de toser, se incorporó y con una torpe violencia, estiró la bolsa a los pasajeros del fondo. Algunos murmullos se escucharon y miradas de desconcierto se cruzaron. Nadie parecía tomarse en serio a los dos ancianos. El conductor era el más confundido de todos. Como no creía lo que veía por el retrovisor, volteó varias veces la cabeza, reduciendo la velocidad con la que iba el bus, intentando comprender la escena.

El viejo que ahora estaba adelante cargó el arma como si fuera un veterano de guerra, o como si fuera un magnífico actor, levantando la pistola y deslizando la corredera frente a las caras incrédulas. Luego puso el cañón frío y reluciente en la nuca del conductor, este lo miró por el retrovisor, con sus pequeños ojos de cordero; el viejo le hizo señas para que se orillara. El joven chofer, poniéndose pálido, obedeció, mirando los espejos laterales para cambiar de carril, y evitando volver a mirar los impávidos ojos del viejo que le apuntaba. El viejo que antes tosía atrás, el de la cachucha de los Yankees, escupió un gargajo verde y viscoso que cayó en los escalones de la puerta, e hizo la misma maniobra que el otro para cargar el arma. Colocó la pistola con sevicia sobre la cabeza de una mujer embarazada, quien temblando por la impresión, dejó sus pertenencias en el fondo de la bolsa.

Lo mismo hizo con los demás pasajeros, despojándolos de dinero, carteras, billeteras, relojes y celulares. Incluso a un muchacho le hizo quitar sus audífonos para que los introdujera en el talego. Todo en cuestión de segundos, mientras el bus se orillaba.

El viejo que estaba adelante le dio unas palmaditas en la espalda al conductor para que se detuviera. El viejo de la gorra de los Yankees nuevamente presionó el timbre. La puerta trasera se abrió. El de la gorra vino tinto descendió primero para luego ayudar a bajar a su compañero. Renqueando los dos, caminaron despreocupados por la acera, girando por la Carrera 17, perdiéndose de la vista de todos los que aún, desconcertados, miraban desde el bus, preguntándose por los viejos de antaño.

Sobre el autor:


Jonathan Vargas

Estudiante del pregrado de Creación Literaria de la universidad Central. Observador apasionado y crítico silencioso. Tiene la mala costumbre de reflexionar al instante sobre todo lo que le ocurre en la vida; la música, la literatura y el cine a veces lo distraen.

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