Ilustrado por: Laura Jimenez

Texto: Catalina Acosta

Llegaba la media noche y yo no lograba conciliar el sueño. Tal vez no debí ir a ese lugar. ¿Por qué dejé que esa mujer leyera mi mano?, que me leyera las cartas…

El colchón estaba más duro que de costumbre, las sábanas eran tan frías como el invierno en el extranjero; mis piernas poco a poco se entumecían y yo seguía ahí, boca arriba, dándole vueltas al asunto. No soy un asesino, me repetía una y otra vez, no lo soy. Jamás haría daño a mi familia, yo soy un hombre de bien. Cuando menos lo  esperaba, logré dormir, fue la peor noche, o bueno, eso creí la mañana siguiente.

***

Hacia las cuatro de la madrugada escuché a lo lejos la diana. No podía abrir mis ojos, me encontraba bastante agotado, pero llegó Ramírez y sacudiendo mi brazo gritaba “¡CARDOZO! ¡CARDOZO! Levántese hermano”. Como pude, abrí mis ojos, tomé mis botas, mi toalla y fui a las duchas. Mi mente seguía dándole vueltas a las palabras de esa bruja, tenía que buscar cómo librarme de mi destino; si era real o no, no importaba, debía evitar al máximo que aquellas palabras se hicieran reales.

Mientras ordenaba el alojamiento noté que mi fusil estaba recostado en la pared junto a la cama. ¿Realmente estaba en mis manos acabar con una vida al portarlo? ¿Quién sería la víctima?, esas y muchas más eran las preguntas que me atormentaban y yo solo estaba ahí, frío, de pie con una cobija en la mano y con la mirada perdida. “CARDOZO, ¿OTRA VEZ?” me dice Ramírez mientras camina a darme un calvazo. “Lo veo muy dormidito hoy, papi”. Ignoro a Ramírez, él siempre me jode por todo lo que hago, malo si está bien, malo si está mal… Ya me tenía mamado, aunque me despertó esa mañana.

Fuimos por el desayuno y esa vez fueron huevitos revueltos como los hacía mi mamá, con jamón; un chocolate más aguado que quién sabe qué y el mismo pan duro de todos los días. Ese pan estaba tan duro que si lo lanzara de un proyectil penetraría más que una bala… ¡JUEPUTA!, otra vez estaba pensando en esa vaina, que no, que no, que yo no era así, que eso no iba a pasar… Ese desayuno me entró en reversa, no debí ir donde esa vieja, eso me pasa por hacerle caso a González.

Eran las 5:45 de la mañana, a las 6 todos debemos estar formados. Corrí hacia el alojamiento para cepillarme los dientes rápido y estar formado puntual y dar parte al coronel. Al llegar a la formación veo a Ramírez con su risita estúpida “¡Q’ hubo! ¿Ahora sí está despierto o sigue embobado?” le respondí con la misma risa estúpida que tenía él.

Llega el coronel Mendoza con su cara de fusil y grita: “¡ALINEAR, CUBRIR! Con el batallón a una sola voz oración patria”.

“Colombia patria mía: te llevo con amor en mi corazón, creo en tu destino y espero verte siempre grande, respetada y libre.

»En ti amo todo lo que me es querido: tus glorias, tu hermosura, mi hogar, las tumbas de mis mayores, mis creencias, el fruto de mis esfuerzos y la realización de mis sueños.

»Ser hijo tuyo es la mayor de mis glorias.

»Mi ambición más grande es la de llevar con honor el título de colombiano y, llegado el caso, morir por defenderte.”

Morir por defenderte… Si alguien debe morir, acabo de decirlo, debo ser yo, por defender la patria, en ningún momento hablamos de matar. Este tema no sale de mi cabeza, no puedo convertirme en un asesino.

“¡CARDOZO!, ¿en qué estamos?” No sabía qué era lo que había dicho mi coronel mientras yo me perdía una vez más entre mis pensamientos y asuntos. “Repito por última vez, si alguno de ustedes no me responde todos dan una vuelta trotando al batallón y al terminar cien lagartijas. El país está vuelto mierda, es nuestra responsabilidad salir a calmar y mandar a sus casas a todos esos que protestan y arman desorden. Vamos a militarizar el centro de la ciudad con el escuadrón más grande, los otros dos escuadrones se encargarán de los alrededores, NO SE DEJEN DE NADIE, AQUÍ NO HAY DIÁLOGO, y si es necesario, disparen”.

Todos respondimos a una sola voz: “como ordene mi coronel”.

Yo estaba cagado, ¿cómo es que este man nos ordena disparar si es necesario?, ¿y si esos estudiantes la cogían contra mí? Bueno, yo tenía mi fusil, pero yo nunca había disparado esa vaina, no contra alguien, el entrenamiento solo era disparar a unas figuras ahí de madera… Hoy no será el día, no seré un asesino, me repetía una y otra vez, hoy no, hoy NO.

No había opción, todo sea por la patria. Subimos al camión, mis piernas temblaban como si tuviera a mi mamá en frente con el cable de la plancha lista para mandar un garrotazo por cada sílaba que tuviera el regaño. Ramírez me decía “¡ay!, es la primera vez que la niñita sale a combate” y todos los demás soldados se reían a carcajadas. Yo no les ponía mucha atención, cada nada resultaba perdido en un pensamiento distinto: ¿qué me aconsejaría mi mamá?, ¿qué será de la vida de Yeimi? (La que resultó embarazada cuando estábamos en once), ¿esa bruja tendría razón o solo me vio cara de pendejo para poder paniquearme?

“¡ABAJO!, ¡ABAJO! AQUÍ NO HAY TIEMPO DE PENSARLO. A SUS POSICIONES” dijo el teniente. Todos salimos a correr con los fusiles más cargados que nunca, de inmediato se me aguaron los ojos. Y no vayan a creer que fue por pánico o alguna vaina así, ya toda la zona estaba gaseada, media plaza estaba incendiada. La gente corría por todas partes, unos gritaban nombres, otros lloraban, algunos se veían aturdidos y perdidos… pero la orden nunca fue ayudar, no podíamos acercarnos a ninguno que estuviera mal.

De la nada llegó una oleada de jóvenes. No vi con claridad qué había pasado pero noté como uno de ellos recogía una aturdidora del suelo y la lanzaba hacia mí. Lo primero que pensé fue que era un encapuchado, pues tenía un pañuelo tapando su nariz y boca, y en su cabeza un gorro de lana, como esos que usan los adolescentes. Pero mi vista estaba nublada, el pánico invadió todos mis sentidos… sin mediar nada tomé el fusil y disparé lo más rápido que pude. En cuestión de segundos el joven cayó al suelo, un charco de sangre se esparció hasta tocar la punta de mis botas, en medio del caos mis oídos quedaron aturdidos, veía a todos los muchachos con sus caras arrugadas gritando, pero no escuchaba ni una palabra de lo que decían; por mi cabeza, la imagen de la bruja esa, mirándome las manos y los ojos mientras me decía “matarás a un ser querido” la diferencia es que este no era un ser querido, solo era un estudiante, no mi familia…

Volví a estar consciente cuando todos los militares corrían para subirse de nuevo al camión. No podíamos quedarnos ahí, si se enteraban que uno de nosotros era el culpable de lo sucedido el país se volvería más mierda de lo que ya estaba. “¡CARDOZO!, ¡CARDOZO! ¡HEY! QUE CORRA HIJUEPUTA”. Salí corriendo tan pronto como pude, sonaban las sirenas más duro que nunca pidiendo paso, ambulancias, bomberos, veía como algunos se cogían la cabeza mientras su cara reflejaba un gesto trágico. ¿Qué había hecho? Me convertí en un asesino.

Al llegar al alojamiento decidí tomar un baño, estaba sucio, no solo de sudor, también de sangre, tanto en mi cuerpo como en mis entrañas. Necesitaba algo que me quitara ese peso de encima, los hombros dolían como si cargara mil bultos de papa pero no cargaba nada, solo una conciencia de asesino. “CARDOZO, SU HERMANA AL TELÉFONO URGENTE” entró gritando Ramírez como si no le importara verme las pelotas “QUE UR-GEN-TE ¿NO ESCUCHA?” pongo la toalla alrededor de mi cintura y contesto el teléfono…

— Aló, ¿qué fue?

— CARLOS, ¡NOS MATARON AL NIÑO!, ¡NOS MATARON AL NIÑO!

— Laura no me diga eso, ¿cómo así? ̶Él estaba en la marcha, Carlos

En ese momento sentí un escalofrío que pasó por cada parte de mi cuerpo. Mi sobrino estaba en el mismo lugar donde yo minutos antes había herido un civil.

— Carlos, ¿me escucha? ¡Hábleme!

— Sí… Sí… Emm, deme un momento ¿sí? Yo ahora la llamo, cálmese por favor.

El coronel me llamó a su oficina, había escuchado toda la llamada. Mis manos sudaban, yo tartamudeaba como nunca lo había hecho. Bastaron unos cuantos segundos para sentirme más miserable al escuchar “¿cómo le vamos a decir a su hermana que usted fue quien le mató al niño?, ¡ESE NIÑO AL QUE USTED LE DISPARÓ EN LA PLAZA ERA SU SOBRINO, CARDOZO!, ¿qué le va a decir usted?”

Cómo hubiera querido no jugar con el destino. No supe qué hacer; me invadió la rabia, tiré a la mierda todo lo que había en esa hijueputa oficina, grité como loco porque sentía que me desgarraba. Ojalá el muerto fuera yo, ojalá pudiera salir corriendo a colgarme de una puta vez, coger un maldito cuchillo y acabar con esta perra vida de asesino, ahora… ¿quién me iba a perdonar?

Ramírez llegó con un vaso de agua a la oficina. Me obligaron a sentarme en una silla mientras una voz quién sabe de quién me pedía respirar profundo, inhalar en cuatro, exhalar en ocho.

Todo esto por decirle a González que yo no era un niñito, que después de estar donde las putas no se me arrugaba por ir también donde la bruja, por sentarme frente a esa asquerosa y dejar que tocara mis manos. De no haber seguido a González, no estaría aquí manchado de sangre, haciendo crecer el rojo de mi bandera.

Sobre la autora:


Catalina Acosta

@cataloca_1

Catalina Acosta Gómez, 19 años. Estudiante de Arte dramático y escritora en sus ratos libres. Rola de nacimiento, amante de su patria y la revolución. Le encanta expresarse a través de todas las posibilidades del arte como la danza, la música, el teatro, entre otros.

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