Ilustración de: Ingrid González
Texto: Vanesa Guerra Cañavera
Me he enterado de que la vida se puede empacar y guardar en un lugar secreto donde quede protegida de cualquier intruso. Te preguntarás cómo puede ser posible tal maravilla y yo te contaré cómo se hace, pero primero te diré cómo me enteré.
Ayer, mientras mi mamá tomaba su siesta diaria, yo estaba frente al televisor viendo un programa tan aburrido que ni recuerdo su nombre. Después de 15 minutos, que parecieron una eternidad, por fin apagué el televisor y me quedé mirando al techo sin parpadear.
Me quedé así un buen rato, como si mirara un cielo hermoso y en él buscara formas en las nubes, lo que era una ilusión porque en el techo no había nada, solo los pasos de los vecinos. Se me ocurrió que quizá somos como los techos de los edificios: —unas veces techos, otras pisos, por un lado somos blancos o de cualquier color y por el otro tenemos una cobertura de mármol o de algún material fuerte que nos protege de los que nos hacen daño. A veces estamos tan alto que somos inalcanzables y otras veces estamos tan abajo que todos nos pisan. Pensar en eso me puso triste y quise dejar de mirar el techo— mientras giraba la cabeza hacia el suelo, noté una línea tan delgada jamás vista y creí que mis pensamientos le habían provocado una herida al techo, así que tomé todos los cojines de la casa y los puse uno sobre otro para tratar de acariciarlo.
Después de intentar múltiples veces escalar la torre de al menos ocho cojines, logré rozar la línea recta con la yema de mis dedos. Pasó lo inesperado, no era una cicatriz, era muy perfecta para serlo y di un brinco para tocarla de nuevo aunque fuera un segundo y resolver tal misterio. Caí tan de prisa que no supe cómo hice para que un cuadrado perfecto se desprendiera del techo y apareciera un hueco oscuro. Sin duda era un pasaje a otra dimensión. Entonces a toda prisa apilé los cojines y volví a escalarlos, esta vez busqué más, pues debía ser muy alta, incluso más que mi papá. Estando más cerca conseguí comprobar que no era un pasaje a otra dimensión y que solo había una caja pequeña. Como no podía alcanzarla fui por una escoba y con el palo la empujé hacia mí. Por fallas en mi lógica, la caja no se detuvo en mis manos sino que siguió cayendo hasta el piso y se derramó todo lo que había en su interior.
Cuando creí que nada podía empeorar, escuché el grito de mi madre quien al ver el desastre, me exigió que bajara de la peligrosa torre de cojines y le ayudara a levantar lo que había derramado. Fui recogiendo cosas que no tenían mucho sentido para mí, un tarrito con piedras, unas entradas de cine bastante viejas, velas, fotos, un caracol, unos audífonos que no servían, un CD, unas cartas y más basura inservible. Miré a mi madre y le pregunté: ¿Por qué guardamos basura en el techo? Mi madre me dijo entonces que no es basura, que es su caja de vida. No lograba comprender y ella lo notó, me invitó a sentarme a su lado y me dijo: Mira, estos audífonos los compré con el primer sueldo de mi primer trabajo. Luego, me mostró las fotos en donde mencionaba nombres que yo no conocía, pero que habían sido sus amigos de infancia; las velas eran de sus cumpleaños pasados, las entradas no eran de cine, sino de teatro, la primera vez que fue al teatro en la universidad. Lo último que me mostró fue una media pequeña y sí, efectivamente era mi primera media. Cada objeto tenía una historia maravillosa y emocionante de su vida.
Entonces, entendí que esa caja guardaba cada momento memorable de su vida y —que era necesario guardarla en el techo— porque así cuando se sintiera como el suelo, podría mirar arriba y sonreír.
Sobre el autor:

Vanesa Guerra Cañavera
Estudiante de Licenciatura en literatura y lengua castellana con doble titulación en filología hispánica en la Universidad de Antioquia. Apasionada por el arte y todas sus formas de expresión, en especial, la literatura. Dedico mis días a la academia, tejer Miyuki, salir con amigos o familia, disfrutar del cine y, desde hace muy poco, explorar mi escritura.





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