Ilustrado por: David González

Texto: Avril Romero

Ha estado rondándome después de haberme dejado un tiempo a solas. Sé cómo es. Al principio me visita unas cuantas horas y luego retrocede despacio, cuidando de no darme la espalda, como diciendo en un rato nos vemos. No me queda de otra que dejarla pasar a las buenas porque es escurridiza y gelatinosa, pero también esconde en su figura tan poco geométrica unas puntiagudas formas que, si la tiento, puede usar para lastimarme más de lo que su mismísima presencia logra.


El caso es que ella lo hace y yo la dejo. Vuelve puntual al día siguiente o al cabo de un momento y empieza con su parloteo el cual inunda todo el lugar. La escucho, su berreo opaca cualquier otro sonido. Ella es puro ruido blanco, mamón y alucinante. No, no me abandona.

Al cabo de un par de días se le hace más cómodo habitarme. Me habita, me inunda y yo sin saber nadar me ahogo en sus espesos brazos.

Por algunas semanas me reside persistentemente y cuando se harta de andar a sus anchas en mí, se marcha.


Lo cierto es que al finalizar cada visita deja un pedacito de ella en alguna parte y ese pedacito me punza mientras recojo el desastre que hizo, mientras me arreglo para salir con los amigos que me quedan e incluso mientras llamo el sueño dando vueltas en nuestra, mi cama. Ese pedacito que deja es una forma de excusar la próxima irrupción, volví por esto que me olvidé aquella vez y así, sabiendo que he guardado lo olvidado, porque me conoce bien la condenada, empuja la puerta y se cuela una vez más. No me abandona y yo aterrada, no le huyo, tampoco le hago frente. He querido desde hace tiempo pedirle a alguien que la sede y me ayude a enterrarla en un huequito mientras pienso qué hacer con ella, o hablarle a un experto, contarle nuestra historia y decirle que, pese al poco afecto que le tengo, soy su esclava y su instrumento, y que me enseñe a gritarle ¡no más!, a cerrarle mis entradas, sellarle mis lagrimales. Me quedé estancada en ese he querido un par de veces antes porque me asusta que el sedante también me duerma y nos enterremos juntas, anónimas, en el ismo huequito. Seré pendeja, pero me preocupa que ante su ausencia la Felicidad pierda el sentido y entonces me quede sin Tristeza y también sin la otra…

Pero el valiente vive hasta que el cobarde quiere, mija. De armas tomar, ya cansada de soportarle los berrinches, me he decido a dejar de hablar de ella. Botar el último recordatorio que me dejó por ahí. Cerrar con llave antes de salir en busca de una guía y también ayuda, para reconstruir mi casa maltrecha. Y rehacerla, que lleva mucho tiempo pintada de azul.

Sobre la autora:


Avril Romero

@avrilcon_uve

Avril Valentina Romero Pineda. Nací en Bogotá, Colombia en el año 2003 (está de más decir el mes). Desde muy pequeña fui amante de los libros. Disfrutaba escribir desde que tenía cerca de ocho años, claro que no lo consideré como una profesión hasta hace muy poco. Gané el concurso de cuento corto Resiliencia en tiempos de cuarentena de la Universidad San Buenaventura en el 2020. Actualmente curso el pregrado en Creación Literaria de la Universidad Central. Y, como dijo Pessoa, si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir. 

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