Ilustrado por: Lina Moreno

Texto: Pablo Marín

Dicen que un muerto andante tiene siete respiros antes de estirar la pata. Yo… llevo cinco.

La noche era fría, lluviosa y el profundo olor a smog y a cañería inundaba el barrio donde estaba ubicado mi despacho. Yo andaba persiguiendo una todo terreno gris que estaba estacionada sobre la esquina de la Séptima con 42. Había tomado el caso de una mujer curiosa, una rubia de unos treinta años, que hablaba con fingida delicadeza: un diamante perdido que necesitaba con ferviente deseo.

Regresé caminando por las calles de la ciudad, pasando al lado de indigentes y borrachos que deliraban con mujeres. Mi sombra y la escasa lumbre que destilaba de mi cigarrillo era mi compañía. El agua lavaba la suciedad de las calles, pero me hacía apurar el paso hasta llegar a mi despacho, un hueco dentro de una vieja barbería que estaba en la esquina más recóndita de un olvidado centro comercial. Creí estar solo, cuando el brillo de unos tacones rojos llamó mi atención. Me quité el sombrero, fastidiado por aquella presencia en mi oficina a estas horas.

—¿Le ofrezco un trago, señorita Hernández?

—Vargas, mi guapo detective… ¿me extrañaste? —me contestó con una molesta voz dulzona, a la cual respondí con un bufido y me limité a sentarme. Llevaba trabajando este caso por tres semanas y por fin había encontrado la ubicación del diamante. Lo tenía uno de los intocables de la ciudad, un perro viejo que nunca andaba solo, más allá de la acostumbrada cualquiera a eso de las tres de la mañana. La única forma en la que podía siquiera pensar en acercarme para tomar el diamante era dormirlo.

—¿Y mi diamante?

—Metido en el culo del viejo. 

—Ay, Vargas, tú y tu sentido del humor —respondió seductora. Se sentó a mi lado y con cautela deshacía los botones de mi gabán. Me aflojó el nudo de la corbata y se acercó al desaliñado mueble de madera que solo tenía una botella medio terminada de whisky, y dos vasos que empezaban a tomar el color del licor. Sirvió en los vasos y volvió a sentarse, poniendo una de sus piernas sobre la mía. Dio un sorbo a su trago, igual a como el viejo lo había dado hacía un par de noches. 

Logré colarme por la ventana y agregué un polvillo de amapola de California en la botella de brandy, asegurándome una entrada fácil después de que cayera profundamente dormido luego de su acostumbrado trago tras fornicar con la mujer de esa noche. Solo debía aguardar. Lo que no esperaba era la reacción que tuvo. Se levantó, apenas cubierto por una sábana, y tras beber el licor marrón, su garganta se cerró. El viejo empezó a buscar alguna forma de respirar, arrojando el vaso y haciendo un ruido impresionante. La prostituta salió corriendo, supe que era ahora o nunca. Entré y tratando de detener al hombre, buscaba con la vista algún lugar donde estuviera una caja fuerte, algún lugar donde podría esconder el diamante. Oí pasos acercarse, parecía una estampida, mi tiempo se agotaba.

Lo arrojé sobre la cama mientras, desesperado, abría cada cajón, cada puerta, pero no veía nada. El viejo comenzó a convulsionar, y unos segundos después se quedó inmóvil. La puerta se abrió y dos hombres armados con automáticas se acercaron a su jefe, para luego verme a mí. Aprovechando esos ligeros segundos, salté por la ventana no sin antes divisar el brillo opalino del diamante que coronaba un anillo dorado sobre la mano izquierda del hombre. Tenía ya a media ciudad buscándome.

—Te hice una pregunta. ¿Lo tienes? —insistió Camila, que arrastraba sus largas uñas sobre mi mejilla.

—Murió y se lo llevó a la tumba —contesté sardónico.

Camila bajó con rapidez la mano, arañándome en el proceso. Comencé a sentir el escozor y el cálido manar de la sangre, pero estaba mezclado con algo más. Una sensación de quemazón empezaba a expandirse por la mejilla, que lentamente se convirtió en un dolor punzante que me paralizó el rostro. Luchaba contra mí mismo, por mantenerme despierto, pero el veneno hacía efecto demasiado rápido.

—Lo siento cariño, son solo negocios —suspiró mientras se quitaba las uñas postizas—. Ya no me sirves.

Sobre el autor:


Pablo Marín

@p.marin_19

Guionista y estudiante de Creación Literaria. Apasionado por el arte y creyente de que no existen barreras para contar historias. Amante del jazz y el como se combina a la perfección con el género negro gracias a la influencia de las películas de Humphrey Bogart y Alfred Hitchcock.

Una respuesta a “Amapola de California”

  1. […] publicado en Revista PR, Noviembre […]

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