Ilustración: Lina moreno

Texto: Ana María Suárez Santos

Esto empezó siendo la página de un diario de una de esas mujeres que escriben diarios y que viven con el corazón roto. Un desahogo, un ataque de ira, una sed de venganza, todo un despliegue sumamente emocional de traumas y pesos pesados que llevo sobre la espalda, escritos por una única razón: ser una mujer que, en efecto, escribe diarios.

Es justamente eso lo que inspira Tirar y vivir sin culpa, una poderosa necesidad de gritar, de contarle al mundo nuestra historia, de quitarse el traje de mujer, arrojarlo al piso y pisotearlo, pero también unas ganas de ponerse las tetas bien puestas y salir a la calle a gritar en medio de la gente que se es mujer y que se siente, se sufre y se persevera.

Se persevera, claro que se persevera como mujer y excúsenme por usar la imagen de las tetas bien puestas, no son mis tetas las que me hacen mujer, tampoco mis ovarios ni el cabello largo, las uñas pintadas, los tacones, ni las faldas ni los cólicos menstruales; me hace mujer el hecho de que me identifico como tal y en este mundo puede ser mujer el que se le dé la gana y ese se puede poner bien puesto lo que se tenga que poner  y salir a la plaza y gritar todas las verdades que tenga de frente.

Identidad, allí el grano del asunto, la gota de agua transparente: la identidad. Leer a María del Mar es identificarse de principio a fin, es viajar al pasado, enfrentarse a la niña y a la adolescente y a la puberta, y de repente darse cuenta de que las mujeres somos una historia repetida, un conjunto de dogmas, deberes ser, traumas, complejos y abusos, el resultado malogrado de la niña de los sueños, la dama, la esfinge, la figura de Afrodita vestida de monja.

Ya perdí la cuenta de las veces que me he entregado a un hombre, que he puesto toda mi autoestima en manos de un hombre, que he confiado mi realización futura a la idea de tener un hombre frente a mí (no a mi lado) y es ahí donde empiezan mis confrontaciones.

No ha sido solamente una de mis parejas la que se ha encargado de dejarme claro que soy una niña, y sí, soy una niña y vivo con eso, porque nadie nos dijo que hay niñas de veintidós, veintitrés y treinta y tres años. Niñas que se toman muy en serio la tarea de convertirse en mujeres y yo, haciendo mi tarea, me he dado cuenta de que se es mujer desde que se es niña, todo porque vivimos bajo un sistema, que sobra calificar de patriarcal, que se encarga de repetirnos incesantemente todo lo que deberíamos hacer para ser objeto de deseo y, por ahí derecho, de amor hasta al fin encontrar al príncipe azul que nos realice personalmente.

Leyendo a María del Mar me enfrenté con muchas cosas que ya sabía, pero que me había obligado a ignorar; muchas cosas que todas las niñas debemos cuestionarnos en algún momento: nunca una mujer me había hablado de sexo, condones usados, fotografías eróticas, masturbación ni mucho menos violación. Nunca, ni siquiera yo, me había hablado a mí misma de ello. En mi condición de niña calificada como inmadura, inexperta, inocente, frágil y manipulable, me identifiqué con varias de las experiencias que Del mar menciona en su libro, un libro que no es realmente suyo, un libro que de seguro escribió para que cualquiera pudiera adueñarse de él y fue justamente eso lo que yo hice y lo que les invito a hacer.

En las noches durante todos los años de mi adolescencia, y aún ahora, antes de conciliar el sueño me imagino de la mano de un abstracto masculino cualquiera, que me besa y me abraza y me promete que todo va a estar bien. Cuando tenía 12 me imaginaba que eso iba a pasarme a los 15, cuando cumplí 15 que a los 18, cuando cumplí 18 dejé de hacer cuentas, pero ahora la Ana María de ese sueño despierto tendrá 30 o 35. Entonces me pregunto, ¿cuando tenga 30, cuántos años tendrá la del sueño?

Es curioso que haya leído el libro y escriba esta reseña mientras atravieso por la que hasta ahora ha sido mi ruptura más dolorosa y perdón si me pongo muy íntima, pero pienso que la literatura se hizo para hablar de lo propio y compartirlo, tal como lo hizo María del mar, razón por lo cual me explayo hablando de mí. Volviendo, esta ruptura, que me ha obligado a deconstruir un poco más mi noción del amor romántico y a aferrarme a lo único seguro que tengo que soy yo, hizo que tuviera la cabeza y el corazón abiertos para sentir cada una de las palabras de Tirar y vivir sin culpa, ¡ojo!, no hace falta que esperen a tener el corazón roto para leerlo, puede ser un plus o una carta en contra, pero sin duda, marca la experiencia.

Sentir, de esto va este libro, de ser capaces de sentir, de darnos cuenta que ser mujeres ideales para la sociedad heteronormativa es relegar nuestro sentir. Aplacamos nuestro placer para darle paso al amor, que casi siempre es falso, aplacamos nuestra sexocuriosidad para darle paso a la dama que mi mamá y la monja del colegio esperan que yo sea, y aplacamos nuestra capacidad de decisión sobre nosotras mismas para preguntarle al de al lado qué opina primero.

Empezaba este texto diciendo que me confronta el hecho de entregarle toda mi vida a un hombre, y no quiero profundizar en que crecí sin una figura paterna idónea, porque creo que eso también lo he usado como justificación, justificación para mi total entrega y mi pánico al abandono y mis ataques de ansiedad, mis impulsos y mi necesidad de quedarme, no importa con quién, pero quedarme y que se queden conmigo.

Leyendo a María del Mar me di cuenta de que nunca he sido una mujer dueña de sí misma, que todo el teatro de mujer segura y con las cosas claras es eso: un teatro. Por eso, a través de las palabras que María del Mar me ha inspirado, quiero reivindicarme como niña, como mujer, como persona «privilegiada» al ser cisheterosexual, como ser humano con el corazón roto, como cuerpo, como objeto de mi propio deseo y del de los demás, como ente con la plena capacidad de sentir placer. Pero, sobre todo, me reivindico como alguien que tiene una historia que contar y que merece ser escuchada, leída. Puedo ser una niña, pero eso no me impide ir a tirar sin culpa, con quien quiera, como quiera y cuando quiera, y, gracias a que algo de lo primero que aprendí a decir fue sí, también puedo aprender a decir no.

No a todo.

No a mi sueño despierto, no al síndrome del abandono, no a las piernas cerradas, no a la falda abajo de las rodillas, no a la risa suave, no a la sonrisa falsa, no al menor salario, no al empaque de la muñeca, no a las tallas grandes, no a las tallas pequeñas, no a las tallas, no al silencio. No. No al miedo de ser niña, no al miedo de ser mujer.

María del mar me enseñó a no quedarme callada, a adueñarme de todo lo que soy y lo que la sociedad me ha dicho que tengo que ser, y a usar todo ello para construirme como mujer, pero antes a construirme como ser humano, como un pegue de carne y hueso que siente, que es capaz de disfrutar de sí mismo y de compartir su erotismo con quien quiera, no con quien sea.

Una mujer de esas que nos han vendido, si es que todavía queremos ser una, es esa que es capaz de decirle que no a todo y apropiarse de sí misma, yo estoy haciendo mi tarea, ojalá que ustedes también.

Y ojalá que se atrevan a tomar en sus manos este libro color rojo porno y a abrirlo en medio de un bus color rojo porno y sentir sobre ustedes todas las miradas color rojo porno y percibir un placer sabor rojo porno, al saber que le están diciendo a la gente que no hay nada más sexy que una mujer que lee a una mujer y disfruta con ella de su historia. Vayan, calienten al mundo, póngalo a arder, y demuéstrenle que, en efecto, el placer es feminista. Párense sobre las letras fucsias de María del mar y digan lo que tengan que decir fuerte y claro, no olviden, por favor, acabar… acabar con una carcajada que se escuche de aquí al fin del mundo.

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