Ilustración: Edward Higuera
Texto: Pan Calentano
La escena del incesto universal
Entre las 12 de la noche y las 5 de la madrugada
sale a merodear ese hedor a inocencia quebrantada
por los callejones hundidos más allá del suelo.
Mientras que
en lo alto de los suburbios
se encuentra aquel hombre en la habitación de la derecha
al lado de su padre
que aparenta una transparencia insípida
de no criterio
ilegible.
Con su cuarto impregnado en incienso
concediendo su intimidad
al morbo de la noche.
Estallando de risa
mientras es confidente
de un incesto en el que nadie decide lo que hace.
Monitoreando criaturas desde su atmosfera
siendo otro supuesto mesías que viene a impedir
pero
en realidad
solo ha sido un espectador de una gran tragicomedia erótica para
olvidarse de la carga que le producen las obligaciones divinas.
Concreto
Dejé pasar noches de andén
entre yerba, alcohol, risas…
entre vida
lo que creo que lo es
A cambio de un sitio en la cordura
no resuelvo aún la duda de si
fue la decisión apropiada
pero es la que mejor me ha tratado.
Los humos destinatarios no me visitan;
cae en mi mente solo aquello que logra escapar
de sí mismo,
¿de qué más podría ser?
No hay cápsula tan fuerte como el concreto:
es lo que somos.
Un grave y grisáceo líquido amoldando la libertad
en un muro que pronto será su hogar forzado.
Las plumas secas, han exprimido su anhelo
el sentir una corriente de aire sobre sus pequeños cuerpos
cubiertos, coloridos, vivos
aunque
en concreto
no tanto.
¿Es necesario concretar algo?
¿No podemos coger con el azar?
Me rehúso al orden, un color en los ojos.
Prefiero el blanquizco placer retorciéndose
mientras desfigura el rostro.
Me rehúso a tener,
prefiero querer…
querer morir
y no tener que hacerlo.
¿Está mal querer?
¿Entonces por qué eres ese concreto del que te hablo?
Si lo único que quiero es morir.
Escuché alguna vez a palabras de mi madre:
“el querer no te hace malo”.
II
Un aire tóxico recorre los cuerpos sin gracia,
caras pálidas escupen odio en las calles,
inhabitables,
mis dedos se sacuden a la par que mi boca maldice.
¿Pueden las flores maldecir?
Que me lo digan ellas, no las visito hace meses,
las abejas de seguro tienen cubierto de miel el mundo,
yo por ahora he perdido el gusto al dulce.
Mis vasos efervescentes de llanto me dejan los labios salados
cada vez más rotos,
los cigarrillos no se prenden solos,
mis paredes están asqueadas por el hollín, graffiti rebelde
sin intenciones de trascender, solo de hacer ruido.
¿Hace ruido una imagen?
Que me lo diga la del otro lado de la ventana,
que grita horrorizada mientras me mira a los ojos
como si estuviesen a punto de matarme.
¿No estoy muerto ya?
No sabría decirlo.
De este lado del averno solo brindo con Evelio
pensando que será del Valhala,
si estará tan lleno como en la Guerra fría
o vacío porque ya nadie es merecedor.
Mis embotados ojos padecen de realismo,
Chico Buarque de fondo y yo con un vaso de agua
como si fuese príncipe.
Pastillas alojadas en mi estómago…
podría morir con una sola gota de alcohol
ya estoy borracho.
Sobre el autor:

Pan calentano
99% budista
1% misántropo
Habitante de Gotham city, alérgico al día, recolector de fondos para el nuevo Cabaret Voltaire.
Sentipensante de tiempo completo, y disociado el fin de semana.
Quiero creer que aún no todo ha sido nombrado, o que puedo nombrar lo que aún no ha sido.





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