Ilustración: David Nuñez

Texto: Alberto Bejarano

Los edificios aún dormitaban y los celadores en las porterías apuraban sus primeros bostezos. Los perros callejeros desfilaban por las cuadras vacías, en busca de huesos perdidos. Los recicladores trasegaban con sus costales, en busca de tesoros escondidos en las bolsas negras. Policías montados a caballo hacían equívocas rondas por los alrededores del parque de la Independencia y por la Avenida Circunvalar, en busca de viejos canosos restringidos de circulación. Las motos de siempre que van-a-mil aceleraban hacia el norte. El paisaje de los cerros estaba despejado y se escuchaba el canto de las mirlas y el revoloteo de los colibríes. Las abejas se zarandeaban felices.

(SMASH DE REVÉS (OVERHEAD SMASH)
Golpe por encima de la cabeza, similar al servicio, generalmente cerca de la red en respuesta a un globo).

Era mi primera salida a la calle, meses después del confinamiento mundial. El día anterior había comprado por teléfono un tapabocas con motivo de las Tortugas ninja, unos guantes de lana, el balón de básket, una sudadera de fútbol, un saco de arquero, una gorra de béisbol, unas gafas de montañista y unos zapatos de trotar. Me había acondicionado como un astronauta: tapado de pies a cabeza, para enfrentarme a lo invisible. Antes de salir, medí la presión arterial y mi temperatura, me apliqué gotas en los ojos y en la nariz, me puse mi audiófono en el oído izquierdo y tomé mis pastillas para el corazón. Los brazos y las piernas eran las únicas partes de mi cuerpo que seguían funcionando bien. Bueno, algo más también seguía bombeando bien…, cojeaba un poco, pero era casi imperceptible y dormía mal. Comí un bol de cereal de avena con yogur natural y bebí una taza de té verde. Hacía diez días que no salía el sol. La lluvia se había ensañado con nosotros. El día anterior me había mirado al espejo y había sentido que debía aventurarme a la calle. Se le había permitido salir por media hora a los mayores de setenta años.

¿Y si hubiera llamado a Germán a decirle que jugáramos un partido de tenis, de dobles en formación australiana? Habría sido un juego fantasmal de dos viejos cacrecos, moviéndose parsimoniosamente como dos tortugas de los galápagos.

(FORMACIÓN AUSTRALIANA: Posición en dobles donde la pareja que sirve se ubica inicialmente en el mismo sector de la cancha).

Me afeité y me rapé la cabeza. Me corté las uñas y me bañé después de muchos días, no sé cuántos. En otros tiempos había sido un buen deportista y quería pensar que algo de ello habría en mi cuerpo ya maltrecho a mis setenta años.  Era el día del padre, pero yo no había tenido hijos, así que nadie me enviaría una ancheta sorpresa ni llamaría a preguntar cómo estaba.

(WALK OVER (W/O)
Cuando pasan los 15 minutos reglamentarios luego del horario previsto para iniciar un partido y uno de los rivales no se presenta. El jugador presente gana automáticamente el match por walk over. Puede aplicarse en cualquier ronda de un torneo
).

Nunca he sido jugador de tenis (sí de squash, un hobby que inicié por seguir de cerca a una chica que llevaba todos los días su raqueta a la espalda; también me gustaba el ping pong porque no había que ir a recoger la pelota tan lejos), nunca fui una persona dinámica, como suelen decir ahora. A diferencia de Germán, mi mejor amigo, no tenía la paciencia ni la resolución para acertar en los saques con un ace ni para frenar en seco en un slice.

(SLICE: un golpe para defender cuando no es posible ejecutar el drive con top-spin en situaciones de juego como drop-shots, saques muy veloces, y rara vez para atacar).

Si por tenis entendemos jugar acompasadamente durante una hora o sentarse en una tribuna o frente a la  televisión a observar el movimiento de dos o de cuatro jugadores en un rectángulo, puedo asegurar que nunca fue lo mío. Para mí,  mirar desde afuera el ir y venir monótono de una pelota de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, a veces durante uno, cinco, hasta diez minutos, es una tortura visual tediosa y desgastante. Me fatiga. Me aturde. Quizá la recomendaría como un buen antídoto contra el insomnio que más de una vez me ha funcionado en las madrugadas. Lo mío, podría decirse apuradamente, es mirar más hacia dentro.

(GROUNSTROKE: Golpe desde el fondo de cancha una vez que la pelota haya picado).

¡Jugar tenis! Se necesita cierta cadencia en el cuerpo y buena resistencia de piernas para mantenerse en el partido. Hay jugadores silenciosos que lo viven como una partida de ajedrez y hay otros que se desfogan en gritos y maldiciones por cada error no forzado. La pelota va y viene en su eterno deambular de péndulo del tiempo de los jugadores. Soporta con estoica resignación el desgarramiento de sus hilos y va viendo cómo pierde su color verde y su pelo como un punkero cualquiera. La red es testigo indiferente que solo despierta al rebote y se sonríe cuando queda bailando la pelota un segundo sobre ella y nadie sabe de qué lado de la cancha caerá. Los destinos se deciden muchas veces al azar.

(CHANGEOVER: Cambio de lado. Luego de cada juego impar que corresponda efectuarlo. Actualmente se cuenta con 90 segundos).

Los budistas de la mañana caminaban ya por los alrededores, con sus tapetes de yoga de lujo y los trotadores atropellados pasaban de largo. Los obreros de una construcción cercana apuraban un cigarrillo con un tinto tibio del termo incandescente de la señora de la tienda. Los empleados bancarios y los funcionarios encendían los motores de sus coches, unos escuchaban las noticias de la radio y otros ponían música dance, con las ventanas semiabiertas. El sol aún no calentaba y la neblina cubría en parte los cerros.

El tiempo se había suspendido. Colgaba de un hilo, como decía mi abuela. Con seguridad, mucho más de media hora había pasado. Al preguntarle al celador por el tiempo, ¿qué tiempo tiene?, le dije, como si fuera un jugador que hablaba con un árbitro, —y en parte lo era—, me respondió con los diez dedos de sus manos. Sentí miedo de toparme con un policía y tener que vérmelas con una multa de un millón de pesos. Aún peor, me aterró pensar que podrían llevarme a una comisaría, o incluso tener que enfrentarme al escarnio público en algún noticiero de televisión. Una cosa tenía clara: no quería volver a mi casa. Estaba solo a diez cuadras. Las piernas me temblaban. ¿Y si me daba un desvanecimiento? El celador y los vecinos llamarían una ambulancia y me trasladarían a un hospital donde seguramente me contagiaría del mal invisible. Tomé la dirección inversa. Los recuerdos de mi vida se agolparon taciturnos ante cada paso, ante cada sonido en el pavimento seco. No paré hasta llegar al Parque Portugal. Años atrás había vivido en el edificio de la esquina oriental. Treinta años atrás. En el segundo piso vi una mujer madura, pero de aire jovial, regando las matas en el balcón. Parecía absorta en su oficio, como si fuera una meditación matutina. Me quedé mirándola de lejos, parado en el borde de la montañita. Al bajar su mirada, sus ojos fijaron el horizonte en mí. Allí habíamos vivido. Los años no la habían tratado mal. Al contrario. Me sonrió de reojo, coqueta, como si fuéramos dos jóvenes enamorados. Dicen que la vida cabe en un instante, en un cruce de caminos donde converge todo lo que fuiste. El momento se esfumó demasiado rápido. Ella se alejó lentamente del balcón y sonó el triqui-traque de la puerta.

Sobre el autor:


Alberto Bejarano

@loslibrosdelsetter

Poeta, dramaturgo y radio-aficionado de palimpsestos.

En teatro ha presentado tres monólogos

  • La bailarina sonámbula (2020). Ganador concurso Fugate al centro 2020. Función virtual en centro cultural Ilustre. Se anexan soportes.
  • Historia de dos hermanas (2020). Función virtual en centro cultural Ilustre. Función en librería Oromo, Cali.
  • Nunca hables con desconocidos (2021). Función virtual en centro cultural Ilustre. Función en Festival Pájara pinta 2021.

Su primer libro de poesía, LA BAILARINA SONÁMBULA, se publicó en 2020 en la editorial Sílaba de Medellín (Segundo premio de poesía Ciudad de Bogotá, Idartes, 2019).

Profesor universitario en literatura comparada y artes en el Instituto Caro y Cuervo y en la Universidad Nacional de Colombia.

Ganador del concurso de cuento Moleskin, España 2011.

Ganador del concurso de cuento boaventuriano de Cali 2011.

Finalista en el concurso de ensayo Anagrama 2013 con un libro sobre Bolaño.

Finalista en el concurso de Novela corta “Oscar Wilde” 2014 en España con su
novela “A tientas”.

Finalista en el concurso de cuento Villanos, Bogotá, 2019.

Investigador en literatura comparada en el Instituto Caro y Cuervo Tesis de doctorado en la Universidad París 8 sobre Roberto Bolaño. Es profesor universitario en Colombia y lo ha sido en Brasil.

OTRAS PUBLICACIONES

“Archipiélagos e islas desiertas en clave francófona», Ed Universidad Santiago de Cali.

“Ficción e historia en Roberto Bolaño», Ed ICC, 2018.

«Antología y estudio crítico de la revista Espiral (1944-1954), Sílaba, Medellín, 2018.

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