Ilustración: Enrique Zalamea

Texto: Laura Fonseca

Eran las ocho de la mañana, un lunes. Tenía en mis manos una taza de café caliente buscando espantarme el sueño cuando sonó el teléfono de la casa.

—Necesito que hagas una investigación sobre el incidente que ocurrió el sábado en el hotel del salto; tenemos otras noticias por cubrir… así que deberás ir solo, habla con los dueños —la voz de mi jefe sonaba monótona a través del parlante. Recuerdo que accedí. La caótica ciudad había estado en una calma extraña, así que favorecía tener algo que contar para hacerle peso a mi bolsillo.

Colgué la llamada y alisté una pequeña maleta. Había planeado quedarme unos dos o tres días por mucho con el fin de realizar fotografías y preguntas a los dueños del hotel. A eso de la una de la tarde, pedí un taxi. Al vivir en Soacha no resultaba tan lejos el lugar, ya conocido; cuando pequeño fui varias veces con mi mamá: el hotel tenía una linda vista, aunque hacía un frío de esos que hacen castañear los dientes.

Mamá solía tomarme fotos al frente de la cascada, que en aquella época era clara y ruidosa. El interior del hotel no lo recuerdo mucho, pero sí los cotilleos en el comedor y los pasillos sobre las pobres almas que decidían saltar desde el risco al vacío, por tal motivo el hotel tomaba cierta aura oscura, manchado por los actos que ocurrían a escasos metros.

Eran las dos con cinco cuando a lo lejos de la autopista se asomaba la casona, se escuchaba el caer del agua, una nube negra se cernía sobre aquel punto. Pagué la tarifa, algo elevada para mi billetera y bajé.

El castillo de Bochica, como se le dijo en una época, era la edificación del arquitecto Pablo de la Cruz y se había elaborado entre 1923 y 1927; tenía un estilo republicano, tal vez influenciado por la arquitectura francesa. Aunque antes había sido una estación de tren que tenía de atractivo la cascada para varios turistas —por lo que en busca de ganancias se convirtió en hospedaje, pero no cualquiera—era un alojamiento de lujo: cinco pisos, diez habitaciones y varios baños compartidos. Allí solían reunirse varias personas de la élite colombiana.

Al acercarme logré ver cinta amarilla en varios espacios del hotel. Al parecer el sujeto se había hospedado aquí. Anduve con cuidado esperando no encontrarme con ningún oficial. Detrás del vestíbulo no había nadie, solo estaba una campanilla. La toqué varias veces, luego de un rato de un cuarto pequeño salió una mujer canosa.

—Disculpe, pero no estamos prestando ningún servicio —contestó con voz rasposa, tal vez agotada de los infortunios que rodeaban su negocio.

—Me imaginaba —le respondí—, soy periodista y me gustaría hacer un breve recorrido, le prometo no causarle problemas —. Miraba a la pequeña mujer algo angustiado, esperaba recibir un sí por respuesta o mi jefe me lanzaría por la cascada. La mujer dudó por un momento, pero finalmente alzó los hombros para luego pasarme una hoja y una llave.

—Puede quedarse, llene estos datos, por favor, no me cause problemas —dijo. Tomé la llave con cuidado, el número tallado en la madera y un cordoncito negro la adornaban, habitación ocho. Cuando llegué, introduje la llave. Forcejeé con la chapa un rato hasta que cedió. Había un olor a guardado, como si la habitación no hubiese sido usada por mucho tiempo y desde algún lugar entraba una extraña corriente de aire frío.

Dejé la maleta en la cama. La abrí y saqué la cámara junto a la grabadora. Me acerqué a la ventana, aumentando todo el zoom. Enfoqué la cascada, allí arriba, donde el vapor del agua no me permitía ver nada más que neblina. Frustrado por no conseguir una buena toma, salí de la habitación en busca de los dueños, pero antes pensaba recorrer el hospedaje y tomar todas las fotografías que pudiera. Durante mi recorrido solo pude ver papel tapiz roído, sus esquinas levantadas, cortaban las líneas en degradé de un color amarillo que de deslumbrante ya no tenía nada.  Las columnas del sitio que parecían más endebles mientras más las veía, las puertas de las habitaciones rayadas con pedazos de madera levantados, las ventanas de los pasillos tenían moho en las esquinas y otras tantas cosas que aseguraban el deterioro del lugar.

Al llegar al comedor, apunté el lente a las mesas y al sitio vacío, al delimitar mi visión a la pequeña ranura vi un hombre de traje sentado en una de las sillas. En ese momento juré no haberlo visto, pero al sacar los ojos de la cámara, ahí estaba; el humo de un cigarro se arremolinaba sobre su cabeza, me acerqué con cautela.

—Buenas tardes, señor—. El hombre miró por encima del hombro y asintió.

—Buenas tardes, joven —me respondió con voz gélida, mientras estrellaba el cigarrillo contra el cenicero—.  Soy periodista, me gustaría saber si conoce algo de lo sucedido el sábado— le pregunté mientras lo miraba. Llevaba un gabán negro y unos zapatos brillantes; en su rostro se veían unas grandes bolsas debajo de sus ojos cafés.

—Sí, estuve aquí el día que pasó. La policía llegó y me pidió que me quedara, pues necesitaban hacerme preguntas, aunque aquí sigo —dijo con cierta rabia—. ¿Qué desea saber? Hablaré con usted a falta de interrogatorio.

—Muchas gracias, no sabe el favor que me hace —. Me senté frente a él, sacando la pequeña grabadora del bolsillo—. Por favor, diga su nombre. El hombre me vio por un momento y dijo: pormenores que usted no necesita saber. Asentí, dejando la pregunta para después. —¿Conocía usted al sujeto? —sus ojos miraron el techo por un momento y luego confirmó que no, lo había visto durante su estadía. Me contó que el hombre debía tener unos treinta y tantos, se veía cansado; cuando entraba al comedor, solía atraer la atención de las damas, y parecía poseer dinero.

También mencionó que solía tomar demasiado, lo veía en la barra seguida. Inconscientemente, dirigí la vista al mesón largo de color caoba. —Él no se veía como uno de esos locos deprimidos suicidas —dijo el hombre en tono burlón—. Qué pobres de alma son los ricos —agregó.

Aquel sujeto dormía al lado de la habitación que él ocupaba y escuchaba con frecuencia un llanto a muy altas horas de la noche, lo que lo asustaba bastante, sin embargo, cada vez que lo veía, juraba que era un hombre de negocios, que se sumergía en la copa como en sus pensamientos.

—Puede que estuviera endeudado, enfermo, loco —dijo el hombre mientras sacaba otro cigarrillo—. O puede que estuviera viudo —mencionó cerrando los ojos y expulsando el humo. Me comentó que, a pesar de su popularidad con algunas damas, el hombre no presentaba interés en ninguna.

Finalmente, me narró lo que vio esa noche. Venía él de uno de los baños cuando la silueta del sujeto se perdía en las escaleras, no le dio importancia y entró a su cuarto. Se enfocó en dormir, pues debía partir al día siguiente. Más tarde escuchó un grito —El nombre de una dama —me aseguró. Al asomarse a la ventana pudo ver la silueta de aquel hombre que vociferaba a los cielos nocturnos para luego saltar al vacío sin duda alguna. 

—Se imagina usted el horror que recorrió mi cuerpo —exclamó con voz queda—. El amor puedo decir yo, lo llevo a tal locura, ¿puede usted creerlo? —Sonrió. Se levantó sacudiendo su abrigo y cerró la silla.

—Eso es todo lo que sé —le agradecí y lo vi perderse por las puertas del comedor. Se había hecho de noche, aún no podía asimilar todo lo que me había contado. Pensaba invitarle una copa más tarde, pero no le había preguntado el número de su habitación.

Aunque podría preguntárselo a la dueña, tomé la grabadora mientras caminaba al vestíbulo y volví a tocar la campanilla hasta que la señora se asomó.

—Solo quería hacerle unas preguntas, pero, antes, me podría dar usted el número de la habitación del otro huésped —le sonreí esperando su respuesta, ella me vio confusa y dijo: Solo usted está hospedado.

 —No señora, acabo de ver un hombre en el comedor —ella negó—. Solo está usted, en la madrugada del domingo llegó la policía e interrogaron a todos, ya no hay nadie, no juegue, mucho menos ahora —exclamó algo enojada, acercando su mano a su pecho, donde colgaba un pequeño crucifijo; miré a la repisa donde se encontraban acomodadas las llaves. Solo faltaba la mía.

Me alejé un momento del vestíbulo. Confundido decidí reproducir la grabación. Durante diez minutos nada más se escuchaba mi voz y el sonido lejano del agua estrellándose contra las piedras.

Esa misma noche abandoné el hotel con la sensación de que alguien me observaba.

Sobre la autora:


Laura Paola Fonseca García

@lau_fonse24

Nací en Bogotá, vivo con mi familia y dos bolitas de pelo que dicen Miau. Esas son las únicas certezas que tengo cuando me piden hacer una autobiografía, porque del resto, aún sigo descubriéndolo.


Cuando lo sepa, ahí si les cuento.

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