Ilustración: Daniela Ruano

Texto: Víctor Vargas

No sé bien qué es eso que me depara el mundo, que suelo preocuparme mucho más que otros por los galimatías que nos arroja el destino. Tuve un gato, aunque en realidad nunca fue mío; el gato era de mi mamá. Digo “lo tuve” porque nos hicimos compañía, o más bien me acompañó cuando lo necesité, pues es bien sabido que los gatos no requieren de la mísera compañía de los humanos, aunque los hombres solemos necesitar de ellos. El gato se llamaba Odín, como el padre de todas las cosas. El asunto es que enfermó y murió, aquí mismo, a centímetros del lugar desde donde escribo, de tal suerte que los recuerdos más recurrentes no van a ser aquellos en los que ronroneaba sobre mi pecho, ni en los que se movía entre mis piernas buscando atención o comida. Lo que voy a recordar son esos últimos momentos, que son, en cambio, desgarradores y tristes, plenos de escatologías y de sonidos gélidos que nunca antes había escuchado, y seguro me van a atormentar hasta el día de mi muerte.

Mi relación con el final es difícil de explicar. Hasta ayer, siempre había llegado tarde a la cita con mis muertos. Mis despedidas habían estado estrechamente ligadas a los ataúdes. La primera experiencia de dolor real fue con mi abuelo paterno. Mis primos y yo estábamos despidiéndonos, mientras él caminaba por las puertas del incinerador, y no sé quién fue el que abrió la ventanita del ataúd; lo cierto es que nadie puede negar la profundidad que esconde esa pequeña ventana por la que se asoma el muerto antes de ser cremado o enterrado. Uno siempre escucha a los más vividos decir frases como: «no lo mire» o «no lo destape», pero la curiosidad no solo mata a los gatos. Cargo en mi memoria una especie de ruido incesante que viene de ese cofre, de ese silencio y ese frío; una suerte de llamada, de auxilio o de grito; al final es solo un mutismo que me confronta algunas noches.

Para la segunda vez fui más sabio, no miré a mi abuela muerta en el féretro. Mi memoria no me atormenta con recuerdos de fundas que ya no son lo que eran cuando ella estaba viva. La tercera fue la de mi papá, al que tampoco miré, y estuvo bien así, una vez más venciendo la naturaleza curiosa que los hombres compartimos con los gatos.

Podría decirse que esta es mi primera experiencia real con la muerte —la del gato—, con la agonía y el dolor propio de abandonar este mundo. Y sí, parece odioso poner en el mismo saco a un gato y a las personas que he amado y se han ido, pero al final, morirse parece igual de indigno, tanto para unos como para otros.

Odín, el padre de todas las cosas, gritó con las pocas fuerzas que le quedaban y su grito debía ser de auxilio, ese grito que en los hombres debe ser algo así como «déjeme morir, duele mucho» y en él resultó inefable. Mi hijo le dio un medicamento para tratar de apagarle el sufrimiento y tras moverse algunos minutos, se empezó a dormir, un poco como si se estuviera ahogando, con una especie de hipo o de sollozo que cada vez tardaba más en llegar, hasta que ya no llegó. Quedó envuelto en una cobija, asomando la cabeza como si quisiera escapar de sí mismo… o de la muerte, que vaya uno a saber qué es eso que sienten los gatos y los hombres cuando nos estamos muriendo.

Lo mantendré en mi memoria todo el tiempo que pueda, porque lo único cierto del “siempre” es que rara vez es para siempre. Allí permanece mi papá Félix, sus crucigramas, sus cigarrillos y los besos que alcancé a ponerle en su frente; allí está mi mami Maruja, su tinto exquisito y sus papas con hígado que nadie más ha podido hacer; allí está mi papá Luis Alfredo, con su elegancia y su garbo de abolengo, con su afición a la Coca-Cola y a los pancachos de la Kuti de San Francisco. Allí permanecen los otros: un bisabuelo que me enseñó a usar el mondadientes en un montallantas de Cali, otro al que recuerdo encima de un naranjo, otra señora Mercedes que ya casi no recuerdo, un primo Carlos que mataron, un tío Ignacio que también mataron, una Laika que llevamos a la basura con mi primo Freddy, un Goche que durmieron porque ya no pudo caminar más, un Tony que a fuerza de los años debe estar muerto… y Odín, paseando por entre las piernas de mis gentes, ronroneando, sentado al lado del que le va a dar un pedacito de pollo o de carne.

Sobre el autor:


Víctor Vargas

@victorvargas030

Escritor colombiano, uno de los ganadores de la convocatoria internacional de microrelatos del portal argentino Nodal Cultural, con el relato “Guerra”, en marzo de 2016. Administrador de empresas y estudiante de administración pública. Como periodista, he sido publicado en los diarios Amanecer de Toluca y Uno más Uno a nivel nacional en México. Un par de publicaciones en la revista “El Faro Literario” de Argentina y en la revista “Punto C” de Colombia; así como variadas publicaciones literarias en los libros compilatorios: “Inspiraciones nocturnas III”, Videojuegos en papel”, “Haikus”, “Susurros II” y “Venga le echo un cuento”.

Escribo poesía, cuento y relato breve, aunque he incursionado en la novela con dos proyectos próximos a publicarse. Mi literatura es vivencial, cargada de las experiencias propias de un hombre de 41 años que lee, se cultiva, charla e intenta aprender de los entornos en los que ha tenido que trabajar y vivir, como de las personas que han pasado por su vida —las vivas y las muertas— que nutren constantemente su obra, sea en la vivencia pura, o sea en la remembranza que se transforma, y que transforma al escritor que la recuerda.

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