Un cuento de Nita Morales

Ilustración: @wichart631

21 febrero, 2024


Cada poeta tiene 3 minutos para enamorar (¿o enamorarse?) ante el open mic del Neuyoricans poet café. ¿Cuánto puede hacerse, decirse y sentirse en tan poco tiempo? Nita morales ( @nitamorales ) nos narra una intensa y poética historia de amor que usted de seguro se devorará en menos de 3 minutos., ondula en las cumbres oníricas donde encuentra la fuente de sus versos.

8.78

Llego temprano como siempre. Nueva York puede pasar de hermosa a aterradora con el cruce de una calle. Yo estoy de paso. Estoy sola. Sé estar sola. Esperando en la fila expido ondas calientes desde el centro de mi vientre mientras se me duermen los dedos de las manos. Darius llega haciendo una entrada que parece ensayada, rebota un balón y fuma marihuana dejando detrás un humero. bloqueo mis fosas nasales, ya la ansiedad está a tope.

Debo entrar y una dominicana decide que voy a ser su amiga y que no importa qué opine yo al respecto. Mis textos están en español y yo solo quiero sentarme a traducirlos, pero la dominicana no se calla: habla de sus estudios musicales, habla de que sus poemas riman, habla de otro sitio que es mejor, que tiene más luz, que los jueces son más justos. Yo solo veo el cuaderno del open mic en el centro del Neuyoricans poet café. “Ese sitio es un templo”, me dijo P cuando le comenté que vendría. El templo de otro, pienso apurada mientras escribo el “Nita Morales” en la línea 12.

Los gringos tienen sus temas, hablan de raza, hablan de género. Su poesía está brava. Les gusta enfurecerse juntos. Chascan los dedos cuando alguien maldice a los esclavistas del siglo XIX. Yo también odio a los esclavistas, pero nunca pensé en escribir sobre ellos, qué privilegio el mío.

Segundas generaciones pasan por la tarima y yo los veo con la cabeza ladeada pensando en mis hijos inexistentes y en sus futuras luchas. Bee comparte un poema tristísimo sobre su padre y los gringos chascan nuevamente los dedos. Que bueno que los hijos inexistentes no escriben poemas, pienso.

Pierdo la cuenta de los nombres que pasan por la cenital incandescente de ese cuarto oscuro en el medio del Lower East Side. Cada vez que alguien termina unos jueces levantan números. Me doy nuevamente cuenta de mi ignorancia, no sabía que se podían contabilizar poemas.

Me aburro profundamente con un texto sobre lo difícil que es ser hijo de inmigrantes. Más que aburrirme, lo resiento. No conecto. Quisiera leer el poema de sus padres.

Me paro frente a la cenital y ya no veo a nadie, me siento nuevamente en las tablas de aquel sótano de la universidad. Sin embargo, esta vez siento miedo. Hablo con una voz que no conozco y advierto que es un poema bilingüe, los gringos lo aceptan, supongo que sería hipócrita de su parte no hacerlo. Al final mi poema es el poema de sus padres.

Más allá de que leí temblando, no queda en mi memoria testimonio alguno de esa lectura. Se me apagó la memoria a corto plazo. Al volver a mi silla la dominicana me dice: 8.78. Yo no le pregunté.

Ni la dominicana ni yo pasamos a la segunda ronda. Yo estoy feliz de haber leído, ella está furiosa. Dice que “depende de los jueces”, la ronda está compuesta de cinco hombres negros y una mujer blanca, no sé si la dominicana está siendo racista, pero yo no le voy a dar más cuerda. Dentro de los elegidos está Darius, el hombre del balón y la marihuana, antes de empezar esta vez dice “I have to warn you, are you ready to fall in love?”* y recita un poema de amor.

El sonido del mundo se acaba, no existe para mí nada más que el reflejo de la cenital en el cuerpo de Darius. Nos imagino bailando en un rincón oscuro del café, viéndonos directamente a los ojos. Me enamoro profundamente de su performance, de él, por tres minutos. Me bastaron tres minutos para visualizar nuestra vida juntos, nuestros hijos inexistentes, nuestra rutina. Escribiríamos a cuatro manos entre nubes de humo, echados en una alfombra con el sol llegándonos a través de la ventana acostada en su pecho mientras revisamos el poema que leerá en la noche. Él con sus brazos alrededor de mi cintura mientras vemos qué queremos desayunar en la vitrina del deli. Nuestro apartamento pequeño, pero lleno de luz.

Y luego, se acaba el poema. Hay que recordar que cada poeta solo tiene tres minutos.

Darius gana el poetry slam y los $100 que eso representa. Pienso en hablarle, pero ya volví del idilio. Reviso en el teléfono cómo volver a Brooklyn, mañana temprano regreso a Bogotá y quiero dormir al menos 6 horas. Salgo del café agradecida por haberme enamorado profunda y fugazmente, porque mi primera lectura fue ahí en un antro en Nueva York que no es ni será nunca mío y, sobre todo, porque la dominicana ya no está y puedo nuevamente escuchar el silencio.

* “Debo advertirles, ¿están listos para enamorarse?”

Sobre la autora:


Nita Morales

@nitamorales

Poeta Visual. Me gusta explorar cómo la poesía se abre a muchas formas de expresión, tanto dentro como fuera de la página. Apoyándome en narrativas transmedia y crossmedia estoy enfocada en explorar las formas de exponer tanto la aceleración como la amortiguación del movimiento del texto poético y dar un espacio activo al observador, entendiendo siempre el texto como unidad visual

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