Columna de Paola Vargas (@amarga.pao)

«Así vamos por esta vida de adulto desbloqueando escenas y sentimientos de aquellos tiempos, cuando sin ser parte de nada éramos todo y algo tan sencillo como un Chocorramo con Coca Cola o un paseo a caballo loma arriba comiendo mandarinas eran el significado a la definición de felicidad.»

24 de mayo, 2024

Fotografía por Paola Vargas

En marzo se llevó a cabo en Bogotá la segunda edición de la Feria del Libro Autogestionada y Popular (FLAP). Para quienes no saben de qué rayos hablo, me refiero a una Feria hecha desde el corazón de la localidad de Engativá dirigida a hombres, mujeres, niños, osos de felpa, Brontosaurios o cualquiera que quisiera juntarse. Bajo la excusa de intercambiar libros y autores con amigos y vecinos, la finalidad real fue acercarnos entre nosotros, remendar el tejido sociocultural, apropiarnos de los espacios públicos y por qué no, mojar la palabra en el transcurso.

Esta iniciativa, así como tantas otras, crecieron entre la tierra que abonaron la Pandemia y el posterior estallido social. Eventos que nos hicieron reflexionar en detalles tan básicos como que, si no hay agricultura y quien siembre la tierra, nadie come o que si no tenemos agua, no vamos a poder sembrar lo que comeremos. Que si no protegemos las semillas no tendremos nada que sembrar para comer.

Fotografía por Paola Vargas

De tal forma, esta fecha fue una excusa más para compartir con colectivos, editoriales, individuos conocidos y otros con los que, a pesar de no haber coincidido jamás, nos une un hilo invisible al ser nativos de estas tierras, nos une la herencia de nuestra sangre indígena, nos une nuestro pasado andino.

En el marco de lo obvio, el comercio de libros era la ventana para darle vida a esta juntanza de pensamientos y acciones. Me llamó la atención una mesa donde reposaban sobres de manila que estaban marcados con nombres y apellidos. Como buena chismosa, pregunté de qué se trataba, a lo que me contestaron que eran cartas escritas por reos que ante la impotencia del encierro físico decidieron escapar en espíritu de su celda y plasmar con tinta su verdad. El deseo ferviente de unirme a su revolución narrativa danzó ante mis ojos.

Fotografía por Paola Vargas

Pasé por el taller de pintura y, aunque no me animé a participar porque pinto horrible, vi a chicos y grandes disfrutar de este ejercicio que nos regresa a nuestra niñez, nos devuelve a los primeros años donde éramos felices embarrados de témperas. Quienes se criaron en la ciudad recuerdan esas primeras excursiones a la tienda, creyéndose multimillonarios con las monedas retacadas a tíos y abuelos para intercambiarlos por caramelos o bombones.

Quienes crecimos en el campo casi podemos oler el frío de la mañana, vemos y sentimos la niebla que poco a poco se levanta de la hierba empapada de rocío. El ladrido y la algarabía de los perros que juguetones saludan a las tímidas y angustiadas vacas, enredándose con el saludo de los pájaros que ansiosos anuncian la llegada del caluroso dios Sol.

Así vamos por esta vida de adulto desbloqueando escenas y sentimientos de aquellos tiempos, cuando sin ser parte de nada éramos todo y algo tan sencillo como un Chocorramo con Coca Cola o un paseo a caballo loma arriba comiendo mandarinas eran el significado a la definición de felicidad. Seguramente por la añoranza de esa plenitud, me acerqué hacia el espacio creado para las intervenciones orales de los allí presentes.

Quien hacía el uso de la palabra, narraba la historia de Huitaca, la diosa rebelde que entendía lo que predicaba el dios Bochica, pero básicamente ella tenía sus propias reglas. Mientras aquella voz seguía su curso, yo me adentré entre las tierras muiscas para presenciar la ira de Bachué mientras convertía en una lechuza a la diosa rebelde. Recorrí a través de sus ojos las calles cercanas a los humedales con sigilo en las noches frías, la vi danzando alrededor de la hoguera disfrutando de una totumada de buena facua.

Licores ancestrales como la chicha se vienen deslizando entre bisabuelos y nietos desde tiempos inmemoriales, sin que se altere la calidad o la receta. El maíz, la tierra y el agua han sido símbolos usados en ceremonias y reuniones por nuestros ancestros y deidades, por lo que esta no fue la excepción. Los parceros de @Espiralibertaria, hicieron lo suyo trayendo al encuentro lo mejor de su cava con su chicha y su destilado.

Fotografía por Paola Vargas

Bajo el nombre que conozcan al destilado, esto no es otra cosa que el tradicional aguardiente Chirrinchi, el destilado que se hace en los trapiches después de la molienda de caña de donde se saca la panela y la miel de caña de azúcar. Si usted, mi joven amigo menor de 30, divagó en esta parte, es natural, solo lo invito a que converse del tema con abuelos o gente mayor de 60. Ellos no solo le contarán historias random de este elixir, sino que también le van a transferir un poquito de nuestra ancestralidad.

Así empezó a morir la tarde, el sol se puso en el horizonte, sus destellos rojos cortaron el cielo filtrando diminutos rayos que sigilosos se deslizaron entre átomos, pájaros y partículas hasta fundirse con las semillas de árboles y plantas nativas que plácidas reposaban en sus mesas de exhibición donde fueron tratadas, como piedras preciosas. Y cómo no hacerlo, las semillas nativas, entre muchas otras cosas, contribuyen a restaurar los ecosistemas resilientes, hacen frente a la pérdida de especies y por supuesto, mantienen nuestra historia viva.

Los campesinos y los indios nativos se habían encargado, hasta ahora, en ser los guardianes de las semillas ancestrales, sobre ellos recaía el oficio de mantener vivas las tradiciones que hay alrededor de labrar la tierra, sembrarla y cosecharla. Sin embargo, el encierro y post encierro de la Pandemia, nos sirvió a los citadinos para reflexionar alrededor de este tema, dando paso a las siembras comunitarias y la apropiación de nuestras raíces campesinas. Por medio de la juntanza entre vecinos alrededor del fuego en la hoguera, hoy en día se discute en qué tiempo sembrar, de dónde obtener buenas semillas y cualquier otro pormenor que involucre cosechar el propio alimento.

Es así que, si vas caminando por algún parque de la City, puede que te encuentres con plantas aromáticas, flores sembradas cuidadosamente o alguna legumbre que orgullosa desafía el paradigma de que solo en el campo se siembra. Las huertas comunitarias también se han sumado a la lista de excusas usadas para reencontrarnos con nosotros y rescatar nuestra cosmogonía. Desde siempre se ha resaltado la sangre europea que corre por nuestras venas, renegando el legado nativo que por fortuna poco a poco se derrama de nuestros cuerpos, como el río que desviaron y con los años recuerda su cauce natural.

La FLAP terminó dejando claro que al final no importa si es una feria del libro autogestionada, una juntanza en la huerta, un taller de pintura, o ya entrados en gastos, un picadito de micro o un picnic con los desconocidos que poco a poco empiezas a relacionar como parte de tu manada. Lo significativo de esto es que empezamos a despertar de la “patria boba” y nos metemos en el cuento de que hacemos parte de esa tribu rebelde que desafía los moldes, que, desde la diferencia, pega retazos en un país que necesita pasar la página y hacer paz como sociedad.

Fotografía por Paola Vargas

Así es que extiendo mi invitación para que asistan a las siguientes ediciones de este evento que busca hacernos comprender que, aunque somos citadinos y espectadores del conflicto armado vivido en su mayoría en las zonas rurales, desde nuestra orilla podemos aportar a la reconciliación y aceptación del otro.

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