Texto: Paola Vargas

En junio de 2023, se conmemoran 42 años desde que Estados Unidos le declaró la guerra a las drogas; dos años después de este suceso, seríamos el villano a derrotar por cultivar y exportar a ese país miles de toneladas de marihuana durante la Bonanza marimbera. Sustancias como esta o la cocaína, nos han mantenido en el radar del tío Sam, quien fiel a su personaje de portador de la justicia ha estado despenalizando el consumo de estas y otras sustancias en su país mientras señala a todo aquel que las produce.

La guerra contra las drogas fracasó en todo el mundo, incluida esta bella tierra. Yo lo sé y sé también que uno que otro pensará que no puede ser porque el buen Estados Unidos nos ha apoyado en todos estos años para fumigar los cultivos, que han capturado narcos, que esto y que lo otro. Y aunque eso es verdad, no podemos tapar el sol con un dedo y evadir la realidad. Hablando solamente de cannabis, de acuerdo con las cifras oficiales hasta el 2021, el 4% de la población mundial consumió esta sustancia con fines recreativos; para divertirse y olvidar lo denso que se pone el ambiente a ratos en este lado de la galaxia.

Si centramos la discusión en este paraíso tropical, nos encontraremos con que cerca de un millón quinientos mil personas son consumidoras frecuentes de esta sustancia que a pesar de que es legal, con ayuda del narcotráfico, quienes la consumen hoy son vistos de manera peyorativa. Y es que paradójicamente, desde 1986, es legal la dosis mínima en Colombia, así lo dicta la Constitución Política a través de la ley 30, en el artículo uno; pero en el segundo periodo presidencial de Álvaro Uribe, se prohibió la comercialización de la misma, lo que obligó a los consumidores a buscar la dosis mínima legal de manera ilegal.

Contradiciendo las costumbres que el Congreso ha tenido frente a proyectos que le den luz verde al consumo recreativo, hoy cursa en la rama legislativa un proyecto de ley que busca tumbar el absurdo artículo 49 de la reforma 002 del año 2009, que aprobó la prohibición metiéndola como “mico” entre una ley que habla del derecho a la atención médica. Esta iniciativa busca tumbar ese decreto con el fin de que los cultivadores que hoy ya existen en los lugares como Corinto, Miranda y Caloto, puedan sembrar y comercializar la planta sin temor a represalias o señalamientos.

Quien haya estado medianamente consciente en Colombia durante los últimos diez años, sabe que el problema de las drogas no es el consumo, sino las vías para conseguirlo, la ruta que hay detrás del dealer (buena onda que vende el moño entre el parche de amigos). El conflicto está en los territorios que hoy se debaten entre la ilegalidad y la legalidad por cuenta de las bandas criminales, la falta de empleo en el campo y contradicciones que hay en las leyes colombianas.

De acuerdo con el DANE, las cifras de pobreza en 2022 fue superior al 29%. O sea, hay cerca de 14,8 millones de colombianos que no tienen suficiente para comer a causa de la desigualdad económica que resalta en el país, por supuesto la mayor concentración de pobreza se asienta en estos territorios que han estado marcados por la violencia; con quienes el Estado está en deuda por tantos años de abandono.

El que se destrabe el consumo, aunque deje estupefactas a algunas tías recatadas que imaginan a Gustavo Bolívar golpeando casa por casa entregando dosis gratis como si estuviera ofreciendo degustación de whiskey en el supermercado, permite que el Estado Colombiano empiece a cumplir puntos en los que se comprometió al firmar los Acuerdos de Paz, celebrados en la Habana, como llevar a cabo una reforma agraria o dar solución al problema de las drogas ilícitas en el país que hoy deja más de ocho millones de desplazados desde 1985.

Dejando de lado el recato y las buenas costumbres, si la legalización se da le permitirá al agro expandir los productos cultivados, ofreciendo fuentes de empleo sustentables y dignas. Actualmente, quien mayor fuente de empleo genera en el agro es el sector floricultor quien ocupa el 25 % de la mano de obra rural femenina. Se estima que por cada hectárea de flores se emplean entre 12 y 15 personas; las mismas que se emplean en una hectárea de plantación de marihuana que hoy es ilegal.

Esto le permitirá al país empezar a guardar el capital de ese medio millón de consumidores locales que hoy le entregan su precioso dinero al narcotráfico, siendo la misma legislación quien lo orilla allá. Es hora de que la legalización tenga un debate maduro, con los claros y oscuros sobre la mesa. No puede ser que sigamos pensando que todo el que consume es un degenerado que le va a robar la licuadora a la mamá para empeñarla y comprar su moño. O sea, a veces pasa, pero va más ligado al entorno y las costumbres desde casa que a otra cosa.

Sorprendiendo a grandes y chicos, la iniciativa pasó el séptimo debate, dejando todo en manos de nuestros senadores, ya que la última votación estará a cargo de la Plenaria del Senado. Y aunque está a un pelo de rana calva para que se apruebe, podría caerse si no se sesiona antes de la tercera semana de junio, cuando se vence el proyecto. Además, podría no tener las mayorías si tenemos en cuenta las divisiones que hay entre los partidos de oposición y el gobierno o las telenovelas protagonizadas por allegados a palacio que, hay que decirlo, deterioran la credibilidad del presidente.

Como vemos, este debate va más allá de una amenaza latente de invasión de marihuaneros con pensamientos astrales o macondianos. El debate abarca mucho más considerando que el narcotráfico, consecuencia de la ilegalidad de las drogas como la marihuana, sumió a Colombia en una ola de violencia y miedo de la que seguimos contando los muertos.

Por lo pronto, desde esta cueva en algún rincón de la City, estaremos muy atentos en la fecha de la última sesión que definirá todo. Si no conoce que proponen en esta ley, léala y saque sus conclusiones. Las mías, como ya expuse acá, es que se debe legalizar para así regular, la legalización trae consigo cambiar las formas en las que se han tratado estos temas reconociendo y garantizando el libre desarrollo de la personalidad. A ver si al fin y al cabo puedo decirle a mi mamá que mis ojos rojos no es porque siga llorando por él.

Sobre la autora:


Paola Vargas

@amarilla.poe

Es estudiante de pregrado de Comunicación social y periodismo, amigable con los perros y fiel admiradora de los gatos. En sus ratos libres riega y cuida sus plantas, en su cabeza recorre la galaxia en busca de formas e ideas diferentes que la acerquen a posibles respuestas de tantas preguntas que hoy invaden a muchos llenando de curiosidad y vida a su existencia.

Agradecida de ser campesina, de disfrutar placeres tan sencillos y eternos como ver el agua de un riachuelo bañar todo un bosque llenándolo de vida y brillo. Está llena de historias por contar, pero sigue buscando las palabras precisas para escribirlas. Es santandereana revolucionaria de nacimiento por su sangre comunera, pero muy rola de corazón; de las que aman la changua en las mañanas y admira a los muiscas.

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