Ilustración: Daniela Ruano
Texto: Lorena Sánchez
Tuve que sentarme, tuve que prestar atención a mi cuerpo que gritaba queriéndome enloquecer. Estaba atrapado en mí. No pude hacer mucho por él… mejor, tampoco quería hacerlo. Mi cuerpo tenía que agachar la cabeza. Es un desvalido. ¡No más! ¡Cállate! ¡No más! Le dije. Así comienzo la disputa.
Fue hace dos horas. No quería que siguiera intentando dominarme. Insistí en silenciarlo, mas él me usurpó la palabra transformándola en melodía. Luego dijo: necesitamos con premura estar a solas. Él sabía que sentirme embriagada, sin haber probado una gota del sabor que me atontaba, delineaba en mí un tono inusualmente psicótico. Según él, esto no me convenía. Sabiendo que no quería que me descubriera, le dije que malinterpretaba mis signos, que se consideraba muy perceptivo, pero que no tenía por qué creer que había conductas en mí, impropias. Insistió. Yo solo acepté que estaba huyendo permanentemente de una daga profunda que no era yo misma y que él sabía quién era el amo. Que él sabía quién, más que un agresor, era el puñal que me venía atravesando. Que me dejara tranquila.
Él me riñó más, diciéndome cuánto me conocía. Le respondí que aceptaba el ineludible destierro de ambos fuera de la estratósfera.
Al ceder fui sumisa a su orden, me senté bajo mi pena. Pena que alimentaba vorazmente viendo cómo las luces de las habitaciones descansaban entre la estepa de la noche. Senté el espíritu. Entre sospechas y suplicios que me hacían trepidar la razón me dejé acariciar por el viento. Me abandoné a ese soplo flagrante que quería descubrir mi cuerpo y que yo evitaba. Pese a mi mirada incrédula y reticente permití que todo el peso sofocante de mi congoja se recogiese y se estirase, dejando transitar el frío del amanecer por los poros de mi piel. El frío me conjugaba suavemente con la realidad y la especulación. ¿Para qué intentar detener con las pestañas la fuerza crepitante del aire confinado en mi corazón? Pronto ese aire se haría cenizas. Le confesé a mi cuerpo que intentaba contener lo que el tiempo no detenía. Destapé con desenfreno la boca del olvido y la volví a tapar unas horas más tarde.
Mi cuerpo tomó y colocó sus manos sobre mis piernas y las plantas de mis pies sintieron, a su vez, algo sólido, algo tangible debajo de ellas… Estaba entrando en el trance de volver, vestida. Esta es la noche. Esta soy yo. Tal vez no quise tener una discusión con él, tal vez quise presentármele a la noche por consejo de mi cuerpo con el corazón confundido, mostrándole que intento aún procesar eventos y recuerdos abarrotados de otra presencia; insulsa, extraña a mí. Mi cuerpo y yo dejamos de discutir y logramos conciliar el sueño luego de que todo esto aconteció. Me sigo preguntando si hay alguna distinción definida entre mi cuerpo y yo.
Sobre la autora:

Lorena Sánchez
“No sé si aún existo o he muerto muchas veces en los rincones infinitos de esta agitación impávida que me lleva a escribir”. Creo que la indagación acerca de las distintas posibilidades del ser, desata fuego dentro de mí. Lorena Sánchez Alarcón, 31 años, bogotana; mi carácter es santandereano, mi padre nace allí. Disfruto andar entre bosques y montañas. No soy nada, no me agradan las definiciones absolutas e innecesarias. Estudio las artes escénicas (Teatro & voz a través del canto). Apasionada por la dramaturgia. Desde pequeña, mi refugio no solo son lugares, sino colores, formas, olores, diseños, texturas.





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