Ilustración: @wichart631
Texto: Max Cristancho

Me he preguntado en repetidas ocasiones, sobre todo cuando empiezo a beber a eso de las diez de la noche, por la libertad en la escritura, por la ausencia de libertad en el oficio de la escritura. Me rayo en borrachera, le doy vueltas al tema. Dele que dele. Me dan ganas de vomitar. ¡Maldita sea! ¿Y a mí qué con la libertad? ¿Y a mí qué con la escritura? ¡A mí lo que me importa es el ron!
Pero una luz, casi divina, en medio de la marea roncola de mi vaso, me dice que lo ordene todo, que lo delimite todo, que si se ha hablado tanto de esto sin llegar a una respuesta que empiece preguntándome frente al espejo: —¿qué entiendo por libertad? ¿Me creo libre?—.
Se ha debatido sobre este tema, fundamental en la literatura y en la sociedad en general, durante siglos. Me arriesgo a declarar, sin prudencia alguna, excusa de mi jartera, que cada una de nosotras, escritora o con algún interés en la escritura, se lo ha preguntado. Como yo o no, viéndose doble o no, contra su propio reflejo o no, en zigzag o no. Pero se lo ha preguntado. —¿Soy libre cuándo escribo? ¿Soy libre cuando acumulo botellas vacías?—.
Me miro al espejo, me jalo los párpados, hago muecas, me choco con las paredes de baldosa, me siento en altamar. Me río. Me río y una gaviota sale de mi boca.
La libertad de escribir es la libertad de decir lo que no se puede decir, escribía Victor Hugo. Y lo que no se “puede decir” es que soy una borracha, y que aparte de eso, soy mujer y escritora ¡Lo he dicho! Escribir la borrachera es tabú, “falta de rigurosidad”, “poco compromiso con el oficio”. Si esa es la libertad, decir que ¡yo soy! Sostener contra viento y marea la verdad, pues sí, ¡estoy ebria!
Arma de doble filo,
botellas
como libros,
me atraganto con las hojas
como letras,
las cato
las bebo
las vómito
las medito.
Autodiagnóstico
“adicta”.
Siendo-me
existiendo-me
embriagando-me
coma etílico.
Tambaleo, regreso al cuarto, cierro las cortinas, media botella de ron, media lata de Budweiser. Me siento ante el escritorio. —La gran escritura de todos los tiempos se ha visto condicionada, la pequeña también, la mía— escribo.
Es indiscutible que la gran literatura de todos los siglos se ha hecho en medio de una fuerte coacción social: Sor Juana, Emily Dickinson, Virginia Woolf, Matilde Alba Swann, Pizarnik, escribían bajo la vigilancia de unas autoridades quisquillosas y severas, y además para un público timorato y lleno de prejuicios. (Adaptado de Pujol Carlos. 1998).
—El panóptico no deja de mirarme. Busca la forma de censurar, moldear, quiere que deje de beber, pero también quiere que encuentre mi muerte en el vórtice de la embriaguez. Quiere que deje de escribir, pero también quiere que encuentre mi muerte en el vórtice de la escritura—. Siglos y siglos escribiendo bajo “anónimo”, disfrazada de escritor, de poeta. Amarrando mi erotismo, mi rabia, mi locura, en la punta de la lengua. Dentro de la caja de Pandora, mi nombre y mi autoría, mi yo-escritora coartada, compartiendo siempre un cuarto, para que no piensen que sé pensar sola.
Sabemos pensar y lo hacemos, hasta sobrepensar. Sabemos que vivir en sociedad nos condiciona. Ver el mundo, sufrirlo y querer hacer de nuestro libro un mundo, nos condiciona. —Que el licor se vuelva más caro, nos condiciona—. Narrar, ensayar, poetizar, arrebata la libertad de la escritura, pues le impone un fin. El conjunto construido de normas y valores reduce nuestra capacidad de libertad en dichos procesos. Cuando se ha abierto un libro por primera vez, así como se ha abierto una lata, si el sabor de la cebada resulta ser de su gusto, si el cosquilleo del gas resulta ser reconfortante, si empieza a ser un hábito, terminar un libro tras otro, vaciar una botella tras otra —¿Seguimos siendo libres?—.
En buena parte una escribe como le dejan o se dedica a otros menesteres no tan comprometidos, pues todos sabemos que por la boca muere el pez, y a veces lo de morir no es una metáfora; siempre es deseable mayor libertad –aunque los que mandan no opinan así–, pero hay que manejarse con la que se dispone, y sobre todo, ya que la de fuera es difícil de ensanchar, extender al máximo la de dentro. (Adaptado de Pujol Carlos. 1998).
Esta dificultad de definir y redefinir la forma en que nos narramos el mundo y a nosotras, es en parte debido a siglos de coacción y sumisión. Nuestra creación no ha sido libre. No importa saber libre el proceso creativo, si nuestro legado vital como artistas, como escritoras, como seres femeninos ha sido perseguido, encadenado, invisibilizado. Sin embargo, —¿qué se hace con eso?—.
Yo soy partidaria de irnos a jartar, de tomarnos unos vinitos, de seguirla en mi casa. —Bajémonos una, bajémonos dos—. En la tercera ponernos serias. Muy serias. Tan seria como una se debe poner para escribir literatura. Y escribir en cucos mientras se salta en la cama. Algo que nadie quiere escuchar.
Así es, la libertad mantiene extrañas relaciones con la literatura; a menudo se escribe a la sombra de una causa, se depende de las consignas de un periódico o de un patrón, o las circunstancias históricas hacen imposible la ecuanimidad y el privilegio de poder decir lo que se quiere como se quiere. Si solo aceptáramos escribir en estado arcádico de absoluta independencia las letras humanas hubiesen sido un interminable silencio. (Adaptado de Pujol Carlos. 1998).
La noche crece como una sombra, le salen lunares, son las estrellas. Vuelvo a estar sobria, hace silencio, me niego. Tomo una botella de la estantería. Me la bajo en fondo blanco. Leo Poesía Vertical mientras me pega.
—La escritura tiene la capacidad de hacer que las personas se sientan en el mundo, y lo sientan—. Como la ebriedad, es tentativa, se palpa así misma, discurre sin querer serlo todo pero siéndolo. En ella caben todas las formas del yo. Y se revelan. A diferencia de otras escrituras. La ebria escritura se deja traspasar, la atraviesan las letras, el licor, el mundo, los libros. Es paciente si hay alcohol. Se permite ser libre, inhibida. Una mujer irreverente. Una mujer ebria cantando a grito herido.
El potencial de esta escritura es lo que permite: […] dar a ver, mostrar al mundo, mostrar esto que nos disimulamos todos los días, esto que la tontería de nuestra vida no nos deja ver. Dar a ver la realidad sustancial de la mujer, esto que se nos escapa por fragilidad, por incapacidad, por las presiones de la vida, que se nos escapa porque no somos capaces de proveer suficientemente a esa exigencia de lo absoluto (Roberto Juarroz, 1980). Pero diría: no es solamente dar a ver. Es dar a crear, dar a hacerse otra vez. (Adaptado de Velásquez Nicólas, 2019).
Entonces, si la libertad es una ilusión, si mi ebriedad es una ilusión, ¿realmente importa que mi creación sea libre? Ser libre asusta, nos deja solas con nosotras mismas, y tienta la sumisión, como depender del éxito, o, más grave aún, estar a merced del qué dirán, aunque no signifique más que palabras. ¿Compran o no compran, gusta o no gusta a los que al parecer entienden? (Adaptado de Pujol Carlos. 1998). La decisión es de cada escritora, de su ebriedad, de su grado de alcoholismo. Si la libertad es poner mi nombre bajo el título, elegir entre abrir el cuaderno o no, el Word o no, tachar, escribir por las márgenes de la página, reivindicar mi voz y mi estar ebria, que el mundo me vea así, desnuda, frágil, compleja. Entonces lo es. Si no, si lo único que importa es que se escribe, condicionada o no, sin afán de originalidad, de reconocimiento o de irrepetibilidad, entonces no importa en absoluto.
Si no importa la libertad, si no importa si estoy ebria o no, si he dejado de pagar los recibos, de hacer el mercado, por no salir de mi biblioteca, de la cerradura de la puerta, de este que es mi cuarto propio,
botella,
corcho,
hoja,
letra.
¿Cómo crear desde este lugar? ¿Cómo enlazar el contenido, la forma, el fin de la escritura con
esto tan íntimo?
obsesión,
pulsión,
compulsión.
No hay necesidad de apresurarse, no hay necesidad de brillar. No hay necesidad de ser nadie más que una misma. […] Si nos adiestramos en la libertad y el coraje de escribir exactamente lo que pensamos; si nos escapamos un poco de la sala común y vemos a los seres humanos, no ya en su relación recíproca, sino en su relación a la realidad; si miramos los árboles y el cielo tal como son; si miramos más allá del cuco de Milton, porque no hay ser humano que deba taparnos la vista; si encaramos el hecho (porque es un hecho) de que no hay brazo en que apoyarnos y de que andamos solas y de que estámos en el mundo de la realidad y no solo en el mundo de los hombres y las mujeres, entonces la oportunidad surgirá y el poeta muerto que fue la hermana de Shakespeare se pondrá el cuerpo que tantas veces ha depuesto. (Woolf Virginia, 1929).
Referencias
- Velásquez Nicolás. La libertad en la escritura, una reflexión sobre las posibilidades de la escritura poética. 2019. Pontificia Universidad Javeriana.
- Wolf Virginia. Un cuarto propio. 1929.
- Pujol Carlos. La libertad de escribir. 1998.
Sobre la autora:

Max Cristancho
Nací el 2 de febrero de 2003 en Yopal, Casanare. De pequeña no aprendí a leer a tiempo, veía la cascada de palabras como un código indescifrable. Creé durante años las historias de todos esos libros y a su vez, la historia de mi vida. Ahora, ya más entrada en años, leer es una de mis pasiones, pero crear, ese verbo tan místico, es mi oficio. Creo, a través de la escritura, un pedacito de otra realidad.





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