Un cuento de Michael Fontalvo Mojica
Ilustración: @_bluelain_
Era agosto, el mes más apreciado por Ximena, cuando los humedales de la ciudad reciben bandas de aves canadienses que buscan calor en los países del sur. Michael Fontalvo ( @sobre.blanco ) nos cuenta qué fue lo que aconteció en ese particular y trágico octavo mes en el que el curso de una historia que pudo ser y no fue se vio truncado para siempre.
El humedal
Lo que hace cinco minutos parecía un interminable diluvio, que no permitía siquiera observar lo que se tenía en frente, poco a poco se fue tornando en una traslúcida cortina de gotas que traían consigo una aparente calma. Las formas ahora eran claras y lo que quedaba de la suave llovizna reposaba o resbalaba por las copas de los árboles. Marlon, a pesar de encontrarse totalmente empapado, no temblaba ante el frío. En realidad, ni siquiera parpadeaba, tampoco se movía e incluso parecía no respirar. Ahora que la lluvia había cesado, podían verse claramente cómo brotaban de sus ojos gotas y gotas de lágrimas que viajaban hasta su mentón. Allí se agrupaban y finalmente daban al piso. Era así que Marlon, poco a poco, salía de un estado catatónico. Sus ojos recorrían de arriba a abajo el cadáver de Ximena, que a simple vista presentaba indicios de estrangulamiento. Una correa de cuero rodeaba el cuello de su «compañera de lucha» , de su «parcera» de su eterna confidente. Marlon, a quien le seguían brotando lágrimas pero esta vez con más intensidad, presenciaba el rostro hinchado y moreteado de su parcera. Fue inevitable no mirar aquel cuello lleno de cortadas, mordidas, chupetones y la particular correa que Marlon parecía reconocer, sin antes romper en llanto.
Marlon y Ximena compartían una amistad sin muchos altibajos, pasaron años en los que procuraban salir o hablar mínimo una vez por semana. Expediciones al Jardín Botánico de Bogotá, caminatas por los miradores de la ciudad y campamentos improvisados para ser espectadores de noches manchadas de estrellas. Estos eran los planes en los que se encaminaban religiosamente cada semana. Ximena cursaba sexto semestre de Biología en la Nacional. Dedicaba gran parte de su paso por la universidad a crear amistades y embarcarse en tantas salidas de campo como pudiese. Se rebuscaba los gastos del semestre a través de todo tipo de negocios dentro y fuera del campus, haciéndose cargo de su propia chaza en la que vendía cigarros y empanadas o vendiendo stickers y pines de animales que habían sido fotografiados por ella. Por otro lado, Marlon, que compartía los mismos veinticuatro años con su entrañable amiga, trabajaba sin horarios fijos en un taller automotor cuyo dueño era su padre y que se encontraba ubicado más o menos en la 134 cerca de la autopista norte.
Ambos se conocieron por un amigo en común del Sena cuando apenas tenían diecisiete años y estudiaban un técnico en Asistencia administrativa. Técnico que, por cierto, ninguno acabó. Fueron presentados por Sisa, un muchacho que más adelante abandonaría sus estudios para dedicarse de lleno al negocio familiar de la confección y venta de zapatos al por mayor. Una tarde, Sisa, con el carisma que lo caracterizaba, invitó a Ximena a comer roscón con Coca-Cola después de una clase de contabilidad que compartían. Mientras, Marlon que por azares del destino entraba a la misma panadería donde se encontraba la dupla, pedía un café con leche con pan hojaldrado. Sisa, sin mucha discreción pegó tremendo chiflonazo para llamar la atención de su amigo, que en últimas terminó uniéndose al combo y compartiendo el resto de la tarde. Al finalizar cada clase, Sisa y Ximena devoraban el mismo menú, la única diferencia era que turnaban el relleno del roscón. Un día comían roscón de bocadillo y al otro roscón de arequipe. Marlon pasó del café con leche al tinto amargo sin azúcar. Uno a uno fueron desertando del Sena. Primero fue Ximena quien empezó a mostrar interés por pequeños bichos y plantas; le siguió Sisa, quien concluyó que el estudio no era lo de él y , finalmente, Marlon fue convencido por su padre para que lo acompañara en las labores de la reparación y embellecimiento de automóviles comentándole que el negocio era bastante lucrativo y que si ahorraba desde joven en menos de diez años ya tendría su propio apartamento. Sisa simplemente desapareció. Ximena y Marlon conservaron aquel hábito de panadería de modo que acabaron por consolidar una amistad a base de cafetería y repostería.
Una vez Ximena ingresó a la universidad los planes eran otros. Pues además de llenarse la boca con liberales, milhojas y roscones mientras hablaba con su parcero, también le encantaba estar en contacto con la naturaleza. No fue hasta una excursión guiada por el humedal Córdoba en la que ella se percató del encanto que tenía el murmullo de la brisa entre los árboles. Expresión que solía repetir cada vez que el tema de los humedales era objeto de conversación entre ella, sus compañeros de clase, profesores y, por supuesto, Marlon. Fueron años de comida y humedales interrumpidos ahora por el cadáver de Ximena en el que además fueron encontrados, según la fiscalía, indicios de violación y tortura. Marlon que durante años se rehusó a utilizar redes sociales o compartir fotos de su rostro, de sus viajes o familia, fue convencido por Ximena para que crease una página en donde compartiera fotografías de lo que hacía en su taller. De este modo, como le recordaba ella, tendría más clientes. Es así que Sisa, después de un largo ausentismo y por azares de la vida, se contacta con Marlon a través de la página automotor colgada en Facebook. Ambos deciden ponerse al día en donde seis, casi siete, años de novedades fueron la antesala para un reencuentro en el que ambos harían participar a Ximena. Sisa sugirió festejar el reencuentro con un par de cervezas y baile al ritmo de reguetón; aparentemente, conocía un bar en la 85 con precios asequibles y que estaba en una de las cuadras más top de Bogotá. Si bien la palabra top era un tanto ridícula para Ximena y Marlon, ambos estaban entusiasmados por el reencuentro.
A las ocho y media de la noche, tal como se había pactado, el trío se juntaba por primera vez en años. Lo hacían justo en frente de un rumbeadero de tres pisos iluminado por un letrero neón que adornaba el pequeño edificio con la palabra Nocturno.- En este bar se puede farrear hasta las cinco de la mañana, mi perro- le gritaba Sisa al oído- a su viejo compañero de clases, mientras subían al último piso del establecimiento. Claro, minutos antes fueron expuestos a una requisa poco rigurosa en donde la vigilancia palmaba superficialmente los bolsillos de los caballeros pero insistían en revisar el cabello y, por una extraña razón, los zapatos de las damas.- Vengan parceros- continuaba Sisa- que les voy a presentar a Maldonado. Ubicado en un sofá custodiado por dos guardas de seguridad se ponía de pie Javier Maldonado, un amigo de Sisa que había alquilado aquel espacio por el resto de la noche, y que con el paso de la misma, aseguraría recurrentemente ser un parcero del dueño del lugar. Marlon se decía así mismo que toda aquella situación era completamente ridícula. Además, le fue imposible contener una carcajada cuando en la barra le ofrecieron una cerveza en lata por veinte mil pesos. A pesar de sentirse fuera de su elemento evitaba ser indiferente ante la pomposidad de la situación y disfrutaba genuinamente de las historias que Sisa compartía. Maldonado, que llevaba gran parte de la noche hablando y bailando reguetón con Ximena, parecía ignorar por completo la existencia de Marlon. En toda la noche no cruzarían más de tres o cuatro palabras y dilapidarían toda su interacción con un «suerte mi perro» al dejar el club y regresar cada uno a su propia casa. De regreso, Ximena y Marlon compartían el mismo taxi. Ella no paraba de hablar de aquel apuesto muchacho con el que había sentido una extraña conexión mientras bailaba y bebía; destacaba la graveza de su voz y el vello facial que le adornaba la cara. Era inusual escuchar que aquellos cumplidos salieran de su boca, Marlon estaba estupefacto al escuchar como su amiga, por primera vez en años, perfilaba tan atentamente a quien él consideraba cómo un «aparecido». ¿Acaso Marlon sentía celos?
De ahora en adelante, la estudiante de Biología seguiría emprendiendo aquellas salidas de campo por los humedales y miradores de Bogotá, pero esta vez estaría acompañada por Javier Maldonado, con el que empezaba a construir una relación. Relación que, por cierto, estaba marcada desde el inicio por discusiones alrededor de cómo se vestía o con quién salía Ximena. Su novio pasó de recomendarle cómo y en qué situaciones maquillarse, a prohibirle de lleno vestir ciertas prendas, escuchar cierto tipo de música y salir con cierto tipo de personas. Especialmente Marlon, que se oponía totalmente a esa relación. Ximena, quien ya no vivía con sus padres sino con el controlador de su novio, era cada vez más esquiva, era raro encontrarla caminando por el campus de la universidad y sus amigos sabían muy poco de ella. Las contadas personas que la habían visto rumoreaban que utilizaba gafas de sol para ocultar sus ojos antes castaños ahora moreteados. Muy de vez en cuando, Maldonado compartía fotos de ambos en sus redes sociales pero, cuando lo hacía, se podía ver el rostro cansado e incómodo de Ximena. O bueno, por lo menos esa era la impresión que Marlon tenía cada vez que veía una foto de su amiga junto con ese aparecido. Marlon había llegado a depositar tanto odio en contra de toda aquella situación, que su humor parecía otro, se había vuelto un completo ermitaño, ya no asistía a su padre en el taller y se le podía ver acabando sus ahorros en los bares del barrio manchándose los overoles con aguardiente y cerveza entre semana. Los pensamientos que le atacaban eran intensos, a veces fugaces, a veces prolongados. Se preguntaba si el odio y repugnancia que le inspiraba Maldonado era por su forma de vestir o de hablar. Si bien detestaba aquellas estúpidas gafas de sol que le adornaban la cara, no podía soportar las estúpidas correas de cuero que solía llevar. Correas que tenían hebillas en forma de los cuernos de un toro, hebillas en forma de autos deportivos e incluso hebillas en forma del croquis de algún país. Entre esas, la de Colombia. Pero muy en el fondo, lo que le aquejaba a Marlon, era su pasado. Todas aquellas situaciones en las que le pudo decir a Ximena «te amo», » bésame», «hagamos el amor». Lamentablemente nunca se lo dijo. Marlon, después de beber durante largas jornadas, se quedaba dormido en las barras de los bares. Una tarde, mientras roncaba al ritmo de una ranchera, los padres de Ximena lo despertaron. Ambos estaban desesperados porque no tenían rastro de su hija desde hace semanas, la policía llevaba buscando desde entonces y tampoco se tenía rastro de su novio: Javier Maldonado.
Era agosto, el mes más apreciado por Ximena. En este mes los humedales de la ciudad reciben bandas de aves canadienses que buscan calor en los países del sur. Ximena salía con su cámara y fotografiaba patos de todos los colores, de todos los tamaños. Su cadáver, recostado sobre un pasto helado y adornado por libélulas del humedal Córdoba, estaba estrangulado con una correa. Una correa cuya hebilla tenía el croquis de Colombia.
Sobre el autor:

Michael Fontalvo Mojica
Licenciado en Artes visuales en busca de sentidos, vivificando su propia vida a través de diversos lenguajes artísticos. Escribe y dibuja garabatos que parten de la nada, se encuentran con la misma nada y después de deambular en la misma nada, nada pasa. Como Saramago, escribe dos líneas y luego lee y lee y lee. Con veinticuatro, ya casi veinticinco, parece que su catálogo de obras contará con tan solo un puñado de piezas. Eso, por ahora, le basta.





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