Un cuento de Juan Rodríguez Pérez

Ilustración: @drownedboy

¿Imaginación desbordada o una realidad aterradora? Acompaña a nuestro protagonista en un viaje hacia lo desconocido en «Entre la oscuridad». Una mano extendida, luces que parpadean y un encuentro perturbador que desafiará tus sentidos.

Entre la oscuridad

Me da miedo que eso me lleve para siempre.

Ya lo ha intentado varias veces. Desde que vino perdí la noción del tiempo. No por completo, claro, porque de todas formas recuerdo cuándo empiezan los días y cuándo terminan. También me acuerdo de las horas de las cosas: la hora de levantarme y la de caminar de un lado a otro de la habitación y la de llorar… Y la de dormir.

Esa casi no me gusta porque en la noche es cuando viene.

Cuando quiere llevarme para siempre.

La primera vez que lo vi salía de un mal sueño. Me acuerdo que, en mi mente, estaba llamando a Fercho y todo se silenció de repente y desperté. Pero no por completo. Tenía parálisis. Mi mamá decía que eso ocurre cuando un espíritu se le sienta a uno en el pecho. Yo leí que más bien era una respuesta demorada del cerebro y las extremidades.

La cosa es que cuando pude abrir los ojos lo vi. Estaba al borde de la cama. No sobre mi pecho, sino al ladito mío.

Me pareció que estaba sentado en una silla como la que tengo al borde del escritorio. Pero no podía ser esa. La silla de eso era más chiquita. No le veía la cara porque estaba oscuro y porque sólo tenía medio ojo abierto, pero distinguí su mano. Estaba extendida.

Quería que se la agarrara. No lo hice.

Cerré el ojo que tenía medio abierto. Con una mano tanteé debajo de la almohada. Ahí estaba el control. Encendí el televisor. Un rato después abrí los ojos. Ya se había ido.

En mi cuarto solo quedó el eco de las risas del canal de comedia que veía justo antes de dormir. Justo antes de soñar con Fercho. Justo antes de ver eso por primera vez.

Al otro día no hablé con nadie. Me concentré en buscar y rebuscar por internet. Leí que podían ser desvaríos de mi imaginación. Un especialista decía que la traspolación —esa fue la palabra que usó— de imágenes de la mente a la realidad ocurría cuando el sueño se interrumpía de forma brusca. Él definió ese sueño inconcluso como un párrafo que no termina. Una frase que queda a medias. Una idea sin punto final.

Luego hablé con mamá. Ella salió con el cuento de los espíritus sobre el pecho. Le dije que no. Que era distinto. Que no estaba encima de mí, sino al lado de la cama. Espíritus, mija, pilas. No dijo más. Le conté a Fercho, pero él no me prestó atención. Estaba pensando mucho en los trabajos finales de la carrera.

Después de esa primera noche, apenas tuve dos semanas de tranquilidad. Incluso creo que fue menos. No me acuerdo. Ya no importa.

En su segunda aparición eso volvió a extenderme la mano. Esta vez no abrí medio ojo sino uno completo. No lo vi bien. Su silueta apenas se distinguía entre la oscuridad gracias a las luces del modem del internet ubicado sobre mi escritorio. Pude verlo a medias.

La tercera vez me movió las cobijas. Yo sentí el jalón de la sabana en mis pies. No abrí los ojos. Encendí el televisor. Volvió a funcionar. Pero seguí de largo y llegué con ojeras a la universidad. Me dormí en la tercera clase. En la noche ni me acosté haciéndole un trabajo a Fercho. Me comprometí a ayudarlo porque soy buena amiga, pero también para evitar dormir. Luego de la segunda aparición me obsesioné más y más y busqué y rebusqué otra vez. Leí que uno podía dominar el cansancio ocupando la mente. Y eso hice.

Al menos esa vez. Porque mi cuerpo no es tan resistente. La cuarta aparición ocurrió justo cuando le hacía un ensayo a Fercho. Me dormí sobre el teclado. Eso me tocó el hombro. La luz de la lámpara del escritorio era muy tenue. No le vi rasgos definidos. Era un niño. O un adulto muy pequeño. Otra vez me extendió la mano.

Grité. Mamá me regañó.

Y entonces no volví a ir a la universidad. Tampoco volví a salir de mi cuarto.

Después de ese incidente con el computador eso viene más seguido y ya hasta perdí la cuenta de nuestros encuentros. Ya no espera ni que apague las luces. Lo hace por mí. Suele explotar los bombillos. Mamá siempre me regaña creyendo que los rompo moneriando. Le he insistido que yo no soy. Entonces me regaña más fuerte. Hace poco me cacheteó porque le dije que eso —que él— me iba a llevar y ella era una irresponsable por no salvarme.

Me dijo que iríamos al médico. Siempre promete lo mismo.

Hace poco, para no dormir, volví a leer el artículo de la traspolación de sueños. El autor dice que la realidad se puede acomodar por la sobreestimulación. Yo no sabía qué era eso. No le entendí mucho. Da igual. Volví a leer lo de los sueños inconclusos.

Los sueños sin punto final.

Estaba en esas cuando parpadeó el bombillo nuevo. Me escondí entre las cobijas.

En este momento, tras una leve tregua de los sonidos, escucho que una silla rechina. Viene hacia la cama. No es la del escritorio, esa suena diferente. Es la de eso. No quiero dormirme. Pero estoy muy cansada. Me duelen los ojos.

Me pesan.

Me arden.

La manita —creo— ya no está extendida: el niño o el adulto pequeño empiezan a meterla entre las cobijas. Suben por mi pierna. Van hacia mi cara. Y los ojos se me cierran. Y quiero gritar pero no puedo. Sueños inconclusos, me digo, sólo eso. Pero ahí viene. Escala de a poquitos. Me eriza los vellos. Uno a uno. Alzo la cobija. Miro hacia el fondo y

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Sobre el autor:


Juan Rodríguez Pérez

(Bogotá, 1996) Cursó estudios de Comunicación Social y Escrituras Creativas. Algunos de sus relatos han aparecido en diferentes antologías. En 2022 vio la luz No morir tan pronto, su primera novela. Amante empedernido de los recorridos por la ciudad, el fútbol y la literatura criminal.

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