Ilustración: Enrique Zalamea
Texto: Leonardo Rico
Poco se sabe de otras épocas en las que aún desconocíamos del tacto, de cuando nos movíamos con esa costumbre de hundirnos entre todos y entre todo (en vez de estrellarnos cómo siempre), y con miedo a lo indistinto, a lo infranqueable. Se dice que andábamos por ahí, empapados, en medio de un río de semejanzas. El borde de las cosas fue una invención maravillosa de la retina en contra de la muerte. Un mapa fidedigno para las manos que estaban ya cansadas de su miopía por el mundo. Teniendo el camino delimitado, también los dedos se atrevieron a nadar en otras pieles; iban saboreando las siluetas y recorrían cada borde como nuevo (lenguaje de fauna marina, por supuesto; peces, cangrejos y pulpos que aprendieron a vivir en las corrientes). Los más curiosos —dedos tercos e insaciables— terminaban con pequeñas cortaduras de papel sobre sus yemas, algunos incluso aprendieron a jugar con el fuego solo por las ansias de quemarse: se iban acercando poco a poco hacia la llama, buscando los umbrales de su cuerpo. Quien juega a juntar la punta de un fósforo con la punta de sus dedos no pretende nunca ganarle al fuego, más bien quiere perder para volver a intentarlo. De aquella antigua época aún conservamos los rastros de una avidez refundida que a veces nos electrocuta los nervios de la columna cuando menos se la espera.
Así fueron pasando los soles hasta que al fin las manos se cansaron del ensueño en sus ampollas y fueron a curar sus heridas entre paños de agua tibia. A medida que iban sanando, las manos empezaron a recordar la superficie de las piedras, del pasto y de la arena. No tardaron en revolcarse por la tierra y así aprendieron a cultivar todo tipo de frutas y de árboles. Las manos más hábiles pronto lograron dominar la jardinería para adornar las calles con pétalos de todos los colores. Los ojos empezaron a brincar, iban por ahí, bailando con los dedos por todas partes. La vanidad del mundo despertaba y con ella la memoria por la belleza y el cuidado. Entonces se alzaron todo tipo de tablas y ladrillos para intentar tocar el cielo y mostrar su retrato hacia los dioses que hasta ahora empezaban a inventarse; pero allá arriba solo encontraron moscas y pájaros, y el viento sacudía sus superficies. La memoria ambiciosa se había convertido en esas nostalgias que aún heredan mis manos, esos dedos que a veces visten el presente de pasado para volver a casa, después de tanto tiempo, y hundirse en el río como antes.
Sobre el autor:

Leonardo Rico Charry
Leonardo Rico. 22 años. Estudiante de filosofía y literatura. Escribe por falta de oficio y por si acaso, cuenta endecasílabos para matar el tiempo en Transmilenio.





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