Un cuento de Sofía Quintero

Ilustración: @_bluelain_

15 de mayo, 2024


La revolución de las locas parece un cuento, un sueño vestido de lentejuelas y plumas. Pero, no es cuento, es realidad pura de la que pocas veces tiene finales felices. Sofía Quintero (@sofiaquintero1) ensaya sobre el movimiento Drag Queen, más allá de lo que algunos piensan es un personaje, más acá de lo que otros piensan es una libertad.

La revolución de las locas

22 de abril de 2006, Bogotá, avenida Caracas con calle 33. “Pantera negra”, el bar a cargo del economista Félix Rodríguez, reluce como un rubí en bruto entre las tinieblas cachacas y los almacenes hegemónicos. En sus entrañas, se encuentran las Drags queens, quienes vienen por el show de esta noche, vestidas para llamar a la rebeldía: faldas bañadas con lentejuelas, brillantina en sus rostros y bufandas de plumas artificiales que abrigan sus risas. Las luces rojas y rosadas y el cartel que promociona la función le hacen desviar la vista a más de un transeúnte provocando muecas torcidas y comentarios escandalosos a los más conservadores de la localidad, pero despertando, cuál diamante fundido en la nebulosa de la inocencia, curiosidad a los jóvenes y niños que regresan de hacer el último mandado que les pidió su mamá. Y miran aquel cartel: “Esta noche, show de nuestra querida Lupe, reserva ya”.

Las paredes de Pantera Negra cobijan a unos cuantos hombres que le responden al machito inculcado desde niños, opresor de la cultura sabanera. Rechazan con sus sayas coloridas, arcoíris que enrolla sus piernas, la educación del hombre que no debe ser débil, que no debe tener la voz aguda y que mucho menos debe… maquillarse.

Se encuentra aquello que tantos padres y madres impusieron a gritos, pero ellos con fuerza resistieron, las acallaron y las ignoraron. Haciendo que pasen de ponerse zapatos negros, de cuero y oficina, a tacones rojos, altos y coquetos. Pasarón de la corbata, a la bufanda de plumas roja y morada, tan suave y acolchadita como sus almas. Pasarón de la mirada seria, calculadora, fría, de macho como debe ser, a levantamientos de ceja insinuantes que se la lanzan al ciudadano de turno y ¿por qué no? silbidos y puros “adiós” con una voz aguda, cantarina y delicada. Derrumbando cualquier perjuicio que les sembraron a punta de correazos, cachetadas o palabras hirientes, siendo estas las espadas que atravesaron los sueños del hijo diferente, el hijo que salió malo, el hijo que no se menciona en la cena de navidad.

Lupe está preparándose: aretes, maquillaje, tacones y el vestido. Es hora, hora de brillar, hora de sacar a la bestia, a “la loca” como le gritan cuando, después de terminar cada show, se regresa a su casa personificada como si estuviera en esa tarima negra y adornada con las luces rosadas y rojas, en esos momento siente que está sobre una nebulosa, la nebulosa de Orión. Cuando sube, se desconecta de Bogotá, de los madrazos y el prejuicio, y solo es ella. Orión la acaricia, la hace girar, sube y sube llegando al clímax, y las cadenas se quiebran, es libre por esos instantes y después vuelve el zarpazo del concreto duro y áspero como su lucha por ser quien quiere ser. Solo para responderle con su presencia, sin necesidad de abrir la boca, al machote acosador que lo madrea y le apuñala risas en su espalda cuando pasa. Porque para ellos, “el silencio es una fuente de gran poder”, como diría Lao Tzu.

Mientras tanto, Félix Rodríguez está agonizando en su apartamento a unas calles de ahí. Hay un asesino suelto dedicado a exterminar a la revolución, a las locas. Mientras el show en su bar explota de alegría y música, mientras que el maquillaje tapa las heridas y la brillantina alegra sus ánimas, la del fundador está a punto de extinguirse, y lo único que lo consume es el mareo y la agonía. Adiós a la brillantina, a los silbidos de coquetería, a las reuniones con sus socios. Hola a la sangre, a la incertidumbre y morgue.


Algunos dirán que el fenómeno drag es un juego, una broma. Un pasatiempo que solo los gomelos y los hijos que quieren dárselas de rebelde con su semental padre para llamar la atención, hacen; pero nada más alejado de la realidad.

Drag queen es una persona que se caracteriza y actúa a la usanza de un personaje de rasgos exagerados, con una intención primordialmente histriónica que se burla de las nociones tradicionales de la identidad de género y sus roles. Por ejemplo, el del maquillaje o la voz. ¿Quién dijo que solo una mujer puede pintarse los labios? ¿Quién dijo que ser hombre es no usar falda? ¿Quién dijo que lo que cubre nuestra desnudez condiciona a quien queremos llevarnos a la cama? No lo sabemos, solo sabemos que esa semiótica ha generado que más de un individuo en nuestra sociedad colombiana decida hacer actos como el asesino de Félix, quien solo por invitar a la liberación del típico macho, lo acallaron con su vida. No solo fue él. Andrés Rodríguez, médico del Instituto de Medicina Legal, y quien también se encargó del caso de Félix, encontró más de 68 casos de homicidios con características similares entre el año 2000 y 2006. Varias de las víctimas eran hombres mayores de 40 años con estabilidad económica, quienes eran atacados en sus residencias. Sin embargo, la policía no los tomaba en serio, decían que se la buscaban ¿Qué pa que daban papaya haciendo esas cosas? ¿para qué vestirse así, no ve que eso los lleva a problemas? Sembrando una brecha más alta de desigualdad e impotencia para cualquiera que en el día, era un hegemónico macho y en la noche, la luna testificaba sus bufandas emplumadas, base Vogue y labial ésika, yendo contra la corriente de lo que era “¡ser un hombre, hijueputa!”. A nivel Colombia, la violencia a los drags es como esa fotografía de 1967 donde un militar le apunta a una mujer hippie quien se opone a la Guerra de Vietnam y ella como respuesta le ofrece una flor. Los drags en Colombia son como esa mujer hippie, y la flor, sus personajes: Una ofrenda destruida por los rifles del machismo respaldado en látigos y correazos de odio. En un país tan machista, la sangre que borbotea de los pechos apuñalados por homofóbicos, como si nos devolviéramos a la dictadura de Pinochet contra los homosexuales en los años 80, hace que la reina viva con miedo, precavida y sigilosa, como un exiliado.

El Drag Queen puede ser de cualquier orientación sexual, ya sea heterosexual, homosexual, bisexual y demás diversidades. Sin embargo, muchas veces se confunde pues nuestra sociedad aún piensa que la ropa, maquillaje y ademanes físicos están clasificados y usados bajo la condición de género o identidad sexual. ¿La voz delicada es solo de las mujeres? ¿Acaso los hombres heterosexuales no pueden tener la voz aguda? ¿Los vuelve maricas automáticamente?

Drag Queen es una forma de personificación y transformismo en el que una persona altera su apariencia y los patrones de su personalidad para ajustarlos al comportamiento y apariencia de un personaje, exagerando las cualidades estéticas asociadas popularmente a la feminidad — esto puede cambiar— mediante la utilización de vestuario flamboyant, peinados exuberantes y maquillaje, originado de una intención primordialmente satírica. El drag no es un marica que quiere llamar la atención, es un rebelde, una manera de romper el yunque imponente y seco, duro como roca, e invitarnos a algo nuevo. Está inconforme y usa su arte para expresarlo. El drag es un artista, como un pintor, escritor u otro integrante del oficio, no es una loca escandalosa ni un sicario hacia las “buenas costumbres”.

Las lágrimas impotentes, como la serie de asesinatos en el 2006, las oyen los medios —Caracol o El Tiempo— que se limitan a informar y, por ende, capturar; pero la cápsula del odio y miedo sigue en las mentes de los ciudadanos. Seguimos gritándole “loca” a un hombre con falda, con delineado. Seguimos mirando de reojo y la mueca torcida al joven que se pone tacones en vez de tenis, porque estos últimos le incomodan. Nuestra heterosexualidad sigue temblando como un cristal en una cuerda floja si descubrimos que a nuestro amigo le gusta pintarse las uñas, usar cartera, acomodar su voz para volverla más aguda, como la de una doncella. Así que los rebeldes deben seguir refugiándose en la noche, en las paredes de Pantera negra u otro bar “gay” porque no hay donde más. Siguen recibiendo chiflidos y muecas extrañas, como balazos a sus corazones cada vez que alzan su voz y expresan lo que hacen cuando el sol se oculta.

Sobre la autora:


Sofía Quintero

@sofiaquintero1

(Bogotá, Colombia, 2002) Soy estudiante de séptimo semestre de Creación Literaria de la Universidad Central. Mis enfoques de escritura son la narrativa y la poesía, de vez en cuando los mezclo. Aunque como pueden ver también escribo ensayo, fue el primer género que empecé a escribir por allá cuando estaba en el bachillerato. Ejerzo de forma independiente como lectora profesional y editora.

Actualmente hago parte del comité editorial Letray-legal donde realizo labores de crítica, edición y difusión literaria. En su última publicación llamada Sueños me encargué de escribir la nota editorial, la cual se encuentra al inicio de esta.

También soy miembro del semillero de investigación Pedagogía de la escritura de la universidad Central y recientemente fui publicada en la revista Hojas universitarias No 84 y en la revista latinoamericana de poesía La raíz invertida por Los reflejos en las profundidades, ensayo donde abordo la obra Tómame antes que la noche llegue de la poeta colombiana Mary Grueso.

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