Columna de Jorge Caro (@cronopioescritor_6)

«Si en mis manos hubiera estado tu destino, yo te hubiera escrito un nuevo párrafo que narrara cómo fue que Verónica vestida de hombre pudo escapar antes de que llegaran los perros a comérsela, contaría que luego huyó a París dejando a un lado su vida de perra domada para vivir en los cabarets del arrabal parisino que tanto inspiró a artistas y poetas malditos del siglo XIX»

11 abril, 2024

Fotografía tomada por Jorge Caro

Inspirado en el personaje de Verónica de la obra de teatro
“Comida para Perros”.

Al final, Verónica se convirtió en comida para perros. Aquel ambiente Cabaret fue el escenario perfecto para que mi alma entrara en un estado de bohemia Baudeleriana envuelta en el éxtasis de la seducción y el erotismo proveniente de aquellas flores del mal, cuyos nombres eran Verónica y Derly, flores que pasaban repartiendo trago a aquellas personas que buscaban dejar atrás la aburrida racionalidad del día a día para sumergirse en el teatro dionisíaco de Juvenal Camacho.

De pronto se empezaron a oír:

Aullidos del Alcalde
Aullidos de Derly
Aullidos del Detective
Aullidos de Karla
Al final solo se oyeron los Aullidos de Verónica quien se había vuelto comida para
perros.

Vero… vero… verito…, después de ver la última escena mi mente no hacía más que susurrar su nombre. Atónito quedé mientras contemplaba su cuerpo recién devorado. En la ebriedad de mi psique las palabras fluían preguntándose: ¿por qué saliste de escena de esa manera tan trágica?, ¿dónde quedó la Verónica con nariz de payaso que empoderada se levantó a recitar un monólogo?, ¿qué le pasó a la Verónica domadora de alcaldes y detectives?

Todas esas verónicas se esfumaron, sólo quedó la Verónica que fue domada por Marcos, aquel hombre que llegó al pueblo en busca de un trabajo, sin sospechar que lo usarían de conejillo de indias para embaucarlo como un falso positivo, acusado por la muerte de un señor al que todos en el pueblo conocían como Bustamante.

Fotografía tomada por Jorge Caro

Mi mente le seguía susurrando a su cuerpo inmóvil desde la distancia. Vero, vero, verito…, sí ves a dónde te llevó tu filosofía de meretriz que decía:

“Soy Verónica y aunque te duele el alma, debes gemir, gemir como si fuera la última oportunidad que tendrías”.

Al salir de aquel cabaret, una vez terminó la función, pensé:

Si en mis manos hubiera estado tu destino, yo te hubiera escrito un nuevo párrafo que narrara cómo fue que Verónica vestida de hombre pudo escapar antes de que llegaran los perros a comérsela, contaría que luego huyó a París dejando a un lado su vida de perra domada para vivir en los cabarets del arrabal parisino que tanto inspiró a artistas y poetas malditos del siglo XIX; gozando allí de la mejor vida bohemia. No tuvo que preocuparse más por los prejuicios que la encasillaron como ¡Verónica la perra! o ¡Verónica la puta!

Vero, una antipoesía que con su belleza afrodisíaca y coquetería atrevida sería la musa de inspiración para los bohemios que iban todas las noches a ver sus shows de diva mientras bebían cerveza o se fumaban un cigarrillo. Verónica volvería a ser ese personaje empoderado que con sus monólogos dejaba a todos los hombres con la piel erizada y aullando como perros excitados, tal vez, solo tal vez en sus mejores sueños o en los míos o en los suyos si van a conocerla en la próxima temporada de Comida para Perros.

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