Texto: Manuel Zapata Olivella
En 1935, la revista Légitime Défense, fundada en París por los haitianos Étienne Léro, René Menil y Jules Monnerot, recoge el grito de rebelión negra que venía gestándose desde 1804 como una gran tempestad reivindicadora con los ejércitos de liberación nacional de Toussaint L’ouverture, Dessalines, Pétion y Christophe; el movimiento poético y antidiscriminatorio de Paul Lawrence Dumbar (1893); el Negro-Renacimiento de Harlem (1920); y el Negrismo de la poesía antillana (1926). Légitime Défense desata en 1932 los primeros rayos de la tormenta en Europa (Francia) al proclamar «la total liberación del estilo y la imaginación del temperamento negro; el escritor debe asumir su color, hacerse eco de las aspiraciones de su pueblo oprimido».
Dos años después (1934), Aimé Césaire, León-Gontran Damas y Léopold Sédar Senghor, considerados como los padres de la Negritud, editan L’Étudiant Noir. Para Senghor es «el patrimonio cultural, los valores y, sobre todo, el espíritu de la civilización negroafricana».
El movimiento tomó el carácter de un coro intelectual de los colonizados africanos dentro de las violentas voces de Breton, Sartre, Camus y Fanon.
Las luchas de liberación de los pueblos africanos avanzaban y se robustecían. Jomo Kenyatta nutría la rebelión de los mau-mau en las más puras fuentes de los pactos mágico tribales. Patricio Lumumba, un estudiante congolés sin antecedentes políticos ni filosóficos, sorprendía a los belgas con sus ardorosos discursos en los que se recogía el milenario grito de los ancestros contra los opresores; Sekou Touré, nutrido en el pensamiento marxista, imprimía a la revolución un salto audaz hacia el socialismo, acorde con el sentido comunitario de las tribus africanas.
La negritud desbordó el acento poético y romántico para convertirse en el ideario político filosófico de la descolorización. Al fuego combinado del poema y la guerrilla, del artículo político y el terrorismo, de las campañas electorales y la acción revolucionaria de los partidos nacionalistas surgieron las repúblicas independientes.
El coloquio de la Negritud y América Latina
El día 6 de enero de este año (1974), el presidente de la República del Senegal, Léopold Sédar Senghor, al instalar el Primer Coloquio de la Negritud y América Latina, recalcaba una nueva y trascendente proyección de la negritud fuera de África:
Será preciso también que, al lado de la investigación indianista que existe en casi todos los países latinoamericanos, haya africanistas que busquen el fondo negrista.
Por supuesto, la presencia india es en América Latina una realidad que no podemos ignorar, que es preciso integrar como una levadura. Pero la presencia negra, aunque menos visible, más secreta, no es menos real, se manifiesta en primer lugar dentro de las artes y por su ritmo.
Se trata de reencontrar medio siglo después el espíritu inicial de la Negritud en la proyección del africano en América, aquí donde había nacido. Asturias, como figura emblemática del indio, presidió las deliberaciones del coloquio. Había también otras voces: negros peruanos; mulatos y zambos brasileños; el negro multirracial antillano; y los triétnicos de Colombia, Panamá y Venezuela. También Europa –conciencia y proyección cultural– en españoles, portugueses, franceses. Un gran vacío, sin embargo, se hizo ostensible; estaba ausente el propio indio americano.
Las deliberaciones se orientaron hacia el testimonio de etnólogos e historiadores. Se hizo hincapié en los mecanismos de la transculturación: por vez primera se cuestionó en un solo contexto la significación que tienen para el hombre americano los conceptos de negritud, indianidad y mestizaje.
La Negritud
¿Qué significa para América Latina el ideario estético político de la Negritud? La respuesta se planteó desde distintos ángulos: étnico, geográfico, histórico, político, social y cultural. El esclavo africano, enucleado de su ámbito ancestral, configuró, por fuerza, el germen de un proceso ecobiológico y cultural, cuya repercusión escapó al esclavista: su proyección ecuménica. Por el camino de la esclavitud, el negro no solo fecundó a la América, sino al mundo. Hoy no es posible juzgar su eco dentro de los ámbitos restringidos de la colonización hispana, portuguesa, sajona, francesa o belga en nuestro continente. El bumerán negro, después de saltar por las sangres de América, se revierte con violencia sobre Europa y África a través de su etnia, música, poesía y ritmo.
Los mecanismos de la alienación y desalienación del negro en el contexto cultural de América y del mundo no han sido esclarecidos totalmente. Mientras hay una aquiescencia en admitir el influjo de Grecia en la raíz de nuestra civilización, del racionalismo francés en el pensamiento contemporáneo, de la filosofía alemana en el dominio de la abstracción pura, de la praxis rusa en la revolución marxista mundial, se soslaya el impacto emocional y religioso de África en la civilización contemporánea.
En el ámbito individual, estos prejuicios se manifiestan en un doble maniqueísmo: se acepta lo negro como un fenómeno extraepidérmico que no contamina el propio color y la sangre europea, o se asume la posición más hipócrita del paternalismo con la defensa y la exaltación del arte aportado por el pobre y mísero esclavo negro.
Pero si Europa no puede deshacerse de la negritud cultural, mucho menos los pueblos de América, cuya africanidad se encuentra en la propia mixtura genética. El problema para el mestizo americano es vital; la identificación negra es imprescindible para su plena autenticidad.
Tomado de la antología Manuel Zapata Olivella, Por los senderos de sus ancestros. Compilación de Alfonso Múnera, Ministerio de Cultura
Pieza gráfica de portada tomada de https://live.eventtia.com/es/manuelzapataolivella





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