Un cuento de Rodrigo Pérez Escayola

Ilustración: @wichar

5 diciembre, 2023


Una narrativa con hilos de realidad y ficción. En la emotiva historia de Emilia y Pedro, su amor floreció en medio de una pequeña casa campesina y cada palabra escrita de Pedro es un eco de valentía y amor en medio del caos mientras que las trenzas negras de Emilia le traen consigo el dulce aroma a fresias y el recuerdo de su amada.

Pedro y Emilia


Emilia vivía en una pequeña casa campesina con su padre Belarmino y Pedro, su esposo, quien se había enamorado de ella al verla caminar por la plaza de mercado del pueblo. Siempre recuerda que ese día tenía unas largas y brillantes trenzas en su pelo negro profundo, que al pasar batían el aire llenándolo con un aroma a fresias. De vez en cuando, Emilia hacía una infusión con las fresias de su jardín y enjuagaba su pelo en ella. Pedro dice que las mariposas que sintió en el estómago cuando la vio, estaban persiguiendo el aroma de sus trenzas.

Don Belarmino se autoproclamo vizconde al poco tiempo que le dio demencia senil. Todas las mañanas salía empeloto al frente de la casa de adobe y acto seguido se colocaba una sábana que pasaba por la entrepierna y se amarraba en el hombro, se subía a una piedra del pequeño reino de nueve hectáreas y ordenaba a grito herido, a diestra y siniestra sus mandatos, el burro rebuznaba, los dos escuálidos perros aullaban y ladraban, las treinta gallinas correteaban y cacareaban enloquecidas y las seis ovejas balaban, todo este circo duraba hasta que Emilia le echaba encima un balde de agua para comenzar a bañarlo, entonces todos los animales y el vizconde Belarmino huían despavoridos.

Una tranquila mañana de octubre de 1899 con algo de neblina baja y frío penetrante, mientras Emilia y Pedro, trabajaban en el cultivo, se oyó el rápido galopar de un caballo montado por un voceador que a viva voz pedía que todos los hombres mayores de edad se presentasen de carácter inmediato y obligatorio en la alcaldía porque la guardia nacional los requería para preservar el gobierno y la democracia de los rebeldes. Quienes no lo hiciesen, huyeran o fuesen a engrosar las filas de los rebeldes serían castigados con varios días encerrados en las mazmorras o el fusilamiento, dependiendo de su falta.

Antes de despedirse para ir a combatir en la guerra de los mil días, Pedro le susurró al oído a Emilia mientras la abrazaba con fuerza – sumercé linda regáleme ese par de trenzas pa’ recordarla siempre – ella, sin dudarlo, tomó las tijeras de esquilar y se las corto, las envolvió con mucho cuidado en un pañuelito con flores que ella misma había bordado y se las entrego con un beso. El viejo vizconde sacó una escopeta de fisto casi con tantos años como él y se la entregó junto con un machete y le dijo: cuando vuelvas te estaré esperando con una medalla y el honorable nombramiento de gran caballero.

El tiempo pasó y finalmente llegaron noticias de Pedro:

“ Mi muy querida Emilia, espero que todos estén muy bien, yo me encuentro sano y salvo pero lo que pasa día a día es completamente inhumano, la guerra nos convierte en las bestias más salvajes. Estuvimos en la batalla de los Obispos, un punto militar estratégico en el río Magdalena el cual debíamos recuperar del dominio de los rebeldes para garantizar la navegabilidad del comercio y las tropas. El combate se dio en medio de una noche oscurísima cubierta de pavorosas tinieblas y sobre las turbias aguas del Magdalena se encontraron las dos flotillas que comenzaron a bramar los cañones y las descargas de fusilería. Solo los barcos incendiados iluminaron aquella noche. Ganamos la batalla, nuestros barcos estaban mejor apertrechados y recuperamos el río Magdalena. Ahora todos celebraban, pero yo no sé por qué estar feliz, los cuerpos flotan en el río y son devorados por caimanes que se están dando un banquete de terror. Lo único que me ayuda en estos momentos es desenvolver tu pañuelo, poner entre mis manos tus negras y brillantes trenzas y aspirar profundo el aroma a fresias, entonces me pierdo abrazado a ti y me aferro a la vida, a nuestra hermosa vida juntos en el campo.

Tuyo para siempre Pedro”.

Emilia prometió dejar crecer sus trenzas hasta que Pedro volviera, mientras tanto los colibríes y las mariposas eran atraídos por el dulce olor de sus trenzas y la acompañaban revoloteando a su alrededor a donde ella fuera. Cuando las trenzas se hicieron muy largas, tejió un canasto con fique que colgaba de su espalda, donde quedaban cuidadosamente guardadas.

Pasaron los mil días de la guerra y el tiempo dejó de existir,

los minutos,

las horas,

no fueron más una medida,

ahora solo existe un lento transcurrir trenzado en negro, brillante y con olor a fresias.

Sobre el autor:


Rodrigo Pérez Escayola

@rodrigoperezescayola

Colombiano, bibliófago y sueñonauta, redactor creativo para publicidad, escritor de guiones para la televisión pública infantil. Participante del taller de Escritura Creativa de Idartes. Ganador del Premio Prix Jeneusse para la televisión pública infantil (2002), del concurso de cuento La Hoja, Villa de Leyva (2015) y de la convocatoria Filminuto Transmicable Bogotá (2018), seleccionado concurso de Cuentos Cortos para Esperas Largas de Casa Creativa (2022), Autor de La Tienda de las Historias Perdidas de Editorial Sultana del Lago (2023) y creador del taller de escritura terapéutica Paréntesis.

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