Cuento de Tatiana Cortes
Ilustración: @wichart631
Quienes viven en países en obra gris van a saber que tan duro es pañetar. Bogotá, la ciudad de todos, la ciudad de nadie. El desierto donde todo pasa, carros, buses, bicicletas, motos… todos intentando no estrellarse aunque las vías estén rotas y toque -por costumbre- sobrevivir. Bella como ninguna, solitaria como ella misma, podemos describir a la ciudad del caos desde tantos lugares que hoy viajaremos una vez más atreves de los versos de Tatiana Cortés (@cyberjunky2004) dándonos una mirada propia y colectiva de lo que podría -en sus miles de formas- ser Bogotá.

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Perder el centro en el centro
Así inicia, la luz cegadora entrando por mi ventana como un anuncio de lo que viene. Sensación de inminente catástrofe. Me es arrebatado el liviano consuelo del sueño, siento el peso de la vida caer sobre mí. Curiosamente, antes de dormir siempre está el vacío de la inevitable muerte, por lo que se podría decir que el sueño se presenta como un limbo en donde se descansa a punta de realidades delirantes y guiadas por el deseo. Mierda, las seis, voy a llegar tarde a la universidad. Tengo hambre, pero si desayuno ya no llego y la ropa toda sucia y la luz cegadora. Esta camisa está bien, no huele tan mal, al menos me veo linda. La falda y los zapatos. Ahora llaves, celular, bolso, sombrilla. Llueve. Las gotas caen como todo cae en esta vida. ¿Cuál es el peso de las cosas al caer? Son eso, vapor, rocío que se desvanece en el concreto. Odio levantarme por las mañanas, aún es muy temprano para ser. Hacer las cosas apenas despertar es un despropósito, debería ser ley tener tres horas de ocio para procesar que existo, eso es más humano. El día está opaco. La fuente, tan larga como mi camino, con su agua turbia refleja el gris del cielo, se muestra como un espejo de lo que soy en este momento. Quisiera que aparte del sueño hubiera algo para poder reposar, para poder descansar. Extraño casita, quiero volver a estar envuelta por los halos de luz picante que allí me abrazaban, o tener algo que me abrace del mismo modo. “Here she comes” en mis audífonos. Me gusta mucho esa canción, tiene la capacidad de fundir mis emociones con el paisaje. El ser humano contemporáneo vive en la fantasía perpetua de desear no estar, no estar en el mundo tal cual nos fue dado. La facilidad de crear escenarios ideales a través de la música portable… Dios mío, qué asco, acabo de volver mierda mis botas. ¿Por qué está regada toda esta basura así? ¿Esto es vómito? ¿Las palomas están comiendo de eso? ¡Hay una mochita! Pobres seres, animalitos empujados a mendigar y a comer carroña. Qué escenarios tan románticos me permite presenciar el centro de Bogotá: gotas de agua resbalan por mi sombrilla mientras palomas moribundas danzan al ritmo de la música de Slowdive, en el escenario puro y fétido de la putrefacción humana. ¡Qué adorable! Ciudad, ciudad, vida de ciudad. Intentaré limpiarme con el piso mientras camino. Que el agua de lluvia empiece a cumplir un papel práctico. Qué solo está todo a esta hora. La avenida Jiménez se presenta fantasmagórica. A pesar de la quietud, puedo sentir el ajetreo, la tensión del flujo incesante de personas y el caos que suele habitar este lugar de 10 de la mañana a 6 de la tarde. Y la plazoleta del Rosario siempre llena de estos hombres de panzas prominentes y de cabezas luminosas por la ausencia de cabello. Miradas que parecieran atravesarme la ropa. Aunque mi nombre sea Esmeralda, soy una persona, no una de esas piedritas verdes machacadas que se intercambian indiscriminadamente en papelitos blancos. No soy otro artefacto más objeto de su deseo. Ya es hora de sacar mi carné y la página de la universidad no carga cuando más la necesito. Voy tarde, creo que mejor me quito los audífonos y hablo con los vigilantes. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, escaleras en el claustro que me llevan al primer destino del día. La teoría de los capitales de Bourdieu y el poder de tener y el tener que confiere poder, el poder de llegar a ser. Quien no tiene no es, quien no tiene debe conformarse con lo que le dan, quien no tiene debe conformarse con dejarse moldear. Las mujeres indígenas y sus bebés en brazos al frente de la librería, con sus collares y manillas padeciendo la hostilidad de los ecosistemas de concreto; el hombre que vive la vida del escritor bohemio, que mendiga monedas y lectores, que deja la vida entera en hojas arrugadas como testigos de sus pasiones y temores; el señor harapiento y rodeado de bolsas negras sentado al lado del cajero esperando que alguien se apiade de su gastritis a causa del hambre —sin perder la mirada tierna que me mira y me acoge en la hostilidad de existir — capaz de revolcarle el ser a cualquiera que se dé la oportunidad de cruzárselo; la punki que amenaza con golpear a todo al que se le acerque a lo único que puede cuidar, —y aquello, no es ella misma— transpirando ira y rencor, defiende al último vestigio de su inocencia, lo único que esta sociedad podrida no le ha podido arrebatar, al conejito que siempre carga en su guacal. Qué pesado pensar en los que no son, siendo alguien que ha podido ser, estando rodeada de otros quienes también pueden ser ellos mismos todas las veces que lo deseen. Qué pesado saber que la vida no pesa todo lo que pudo haber pesado, pero aun así seguir deseando, seguir anhelando. Aspirar se siente como codicia cuando se es otro ente silencioso en una sociedad que nos enseña a ser cómplices del sufrimiento, que nos enseña a callar. Espirales y líneas sin rumbo cobran vida en mi cuaderno. Dibujo los nudos de mi mente como si en el proceso pudiera desenredarlos. Vuelvo a bajar los doce escalones, ya es la hora del almuerzo. Entra una llamada de mi mamá, su calidez maternal en la palma de mis manos, y en mi oído, su voz evocando todo aquello que siempre fui y de lo que cada vez me alejo más. Sigo esperando un mensaje de él, una señal de que aún queda algo de lo que alguna vez fuimos en aquel pueblito. Y es que mi pueblo parece estar atrapado en el tiempo. Cuando estoy en él me siento parte de algo eterno. Mientras el delirio de la ciudad me seduce y enreda en el perpetuo porvenir, los hilos del pasado tiran de mí como reclamándome el olvido inminente. ¿Cuál pesa más? ¿Quién ganará este vaivén ¿Qué lugar tiene más fuerza? Esme, ¿cómo va? La veo distraída. ¿Vamos polas después de almuerzo o qué?… Llega el personaje, mi amigo que expresa su ser a través de un performance que da cuenta de todo aquello que jamás quiere llegar a ser de forma genuina. El profundo deseo de estar, manifestándose mediante la necesidad del no estar, del no ser. Las personas que deciden enfrentar la vida de este modo, juegan de manera ágil con los elementos que nos da la sociedad para presentarnos ante otros. Tengo la intuición de que cargan con una sensibilidad aguda y profundamente herida a la cual le deben celosa protección. Me gustaría conocerlo, quisiera saber si de verdad soy su amiga, ya que cual gánster aficionado, convierte todas sus amistades en un negocio. No termino de comprender si intercambia amistad por droga o droga por amistad. Porro, pase, perico, nos susurran al pasar por museo del oro. Los otros camellos, los de verdad, los que no hacen esto por hobby. De manera deliberada escogen a sus posibles clientes para intentar endulzarlos con sus pociones mágicas ocultas en los rincones fétidos donde ningún tombo va a revisar: en las alcantarillas del parque o en sus genitales. Ya llegó la hora en que todos salimos, una cantidad ingente de personas caminando hacia sus destinos como impulsadas por fuerzas que pesan más que ellas mismas. Ni el personaje se escapa de estas, se va porque le salió una de sus vueltas raras. De nuevo sola. Aquí es cuando empieza mi búsqueda. Instintivamente me fijo en todas aquellas posibilidades de encontrar descanso, la posibilidad de recostarme para descargar el peso de la soledad. Sigo mi camino, miro hacia los lados. hombro izquierdo, hombro derecho. Busco una silueta, una figura que se asemeje a él, imagino que me viene a visitar, que sabe el lugar exacto en el que me encuentro. Solo encuentro cigarrillos. Puestos ambulantes que tienen a la orden mierda envuelta en papelitos capaces de calmar la ansiedad en bocanadas de humo. Inhalo. Uno, dos tres. Exhalo. La única forma de respirar en la ciudad de nubes grises. La plaza de la pola, ubicada al lado la Iglesia de Nuestra Señora de las Aguas, es también lugar de culto. La gente joven que se pasa por aquí, mediante el consumo de licor y drogas, ejercen su devoción al dios de la nada, que siempre les bendice con el don de perderse a sí mismos en espirales de gratificación instantánea. Sin darme cuenta aparece Sara ante mí. No nos buscábamos, pero nos encontramos. La muchacha de los ojos melancólicos que siempre fue habitada por el centro. Su infancia y adolescencia impregnada por el ímpetu de existir en lugar como este. Inocencia perdida gracias a monstruos que en múltiples ocasiones la envenenaron con sus pociones y la esperanza de una vida mejor en otro lugar. Cuando yo llegué, ella ya estaba empacando para escapar, aun así, me acogió con toda la calidez que ella siempre había deseado, me presentó Bogotá. No sabía lo caótico que sería cuando esta ciudad me empezara a habitar a mí también. Ella intentó huir, pero sus raíces tiraron más fuerte; sus ojos de melancolía se convirtieron en ojos de resignación. La ciudad de los deseos oscuros me ha empezado a dejar una fuerte intuición, gracias a ella pude ver que, en la cabeza de las personas, más allá de los anhelos y los sentires, hay una especie de caja negra. Caja negra que responde a los placeres inmediatos y otorga impulsos a ser o no ser realizados. En ella parecieran residir nuestras obsesiones, que salen a flote como insistentes murmullos y se escapan en forma de hilos para hacernos nudo la mente; la perturban y extasían a punta de fibras hechas por deseos inalcanzables. Este lugar se me hace sumamente interesante, ya que siendo de naturaleza ¿onírica? o más precisamente, que su existencia se caracteriza por su inmaterialidad, por no estar, por no ser, puede terminar por arrasar con todo aquello que sí está, que sí es. Esto en ocasiones termina por convertirse en un hoyo negro, en donde lo que se quiere, se lleva consigo aquello que sí se tiene, dejando la nada para aquel que vive. También creo que esto solo aplica para aquel que vive a través del deseo de vivir, y es este el lugar idóneo para vivir a través del deseo de vivir, para esperar cosas que nunca van a suceder. Los edificios de aguas como burbujas de realidades privilegiadas, apartamentos repletos de drogas y personas desinhibidas. En La Candelaria, ventanitas que dan a un sin fin de mundos posibles y cafeterías con luces cálidas que venden la ilusión de la bohemia. Bares de salsa, jazz, rock y hostales con personas de cuerdas que evocan las melodías más hermosas: Cerati, Spinetta y algunos boleritos. Pero todo esto para qué, si no hay con quien ser, si no hay a quien dar testimonio de que existo, de que aquí estoy. Incesante deseo de ser a los ojos de alguien más, en un lugar que nos prefiere solitarios y conectando entre nosotros como fríos engranajes para una máquina productiva que nos maneja. ¿Hemos perdido el centro en el centro del centro de un país al sur del mundo? Algo nos abandonó, e impulsados por su búsqueda vamos tensionados de un lado al otro tratando de no sentir en espacios públicos. De norte a centro, de sur a centro, de centro a centro. ¿Dónde está? ¿Dónde estoy? ¿Dónde estamos?
Sobre la autora:

Tatiana Cortés
Soy Tatiana Cortés (2004, Cúcuta) estudiante de sociología en la universidad del rosario. Me centro en la creación de literatura, ensayos académicos, artes plásticas, música y fotografía, unido a un profundo gusto por la moda y el diseño. Los temas que envuelven mis creaciones van desde la exploración psicosocial del ser femenino en escenarios oníricos que se sitúan en las urbes o el internet, hasta el ciberpunk y el concepto del “ciborg”.





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